París, vigilia de Pascua [1650]
Padre:
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
Hace unos días recibí su carta escrita desde el sitio en que están misionando, que me consoló mucho, como todas las demás, especialmente por la buena obra a la que desde hace tiempo está usted dedicado con todos los suyos. ¡Ay, padre! ¡Qué buen servicio le hacen ustedes a Dios cuando asisten de ese modo al pobre pueblo que sufre, con una ayuda tan oportuna y tan saludable! Es una señal de la bondad de Dios sobre él y de la predestinación de muchos, cuando en lo más recio de sus miserias corporales los consuela con su palabra y les previene con sus gracias, como un pan santificante que da la verdadera vida. Es el pan de cada día y el pan de los elegidos, que hemos de pedir muchas veces y procurar partírselo y distribuírselo a todos los hijos de la casa, que son los pobres, para que hagan un buen uso de su pobreza y no pierdan el reino que les pertenece.
El padre Desdames me ha escrito dos veces en ausencia de usted. Creo que él, lo mismo que usted, se preocupa de los asuntos y tiene mucho interés en que todo vaya por el buen camino; si así se hace cuando usted está fuera, se hará mucho mejor cuando esté presente, ya que tratarán juntos las cosas y actuará cada uno por su lado para consuelo mutuo y para el bien común de todos. Pido a Nuestro Señor que le dé a todos ustedes el espíritu de unión y de paciencia y que aumente en usted el de gobierno, especialmente a propósito del jaleo tan enorme en que nos va a meter el señor Plenevaux. Ya ha pasado el tiempo de la tregua y se acerca el del combate; creo que nos tratará bien; ¡que así sea! Estamos en manos de Dios y de su providencia, dispuestos a cumplir sus órdenes apenas nos sean conocidas. ¡Quiera Nuestro Señor dárnoslas a conocer cuanto antes!
Todavía no ha llegado el señor arcediano Le Lièvre; al menos, no nos hemos enterado de su llegada.
No puedo menos de extrañarme de ese exceso de guarnición que está cayendo sobre la ciudad de Toul; comparto sus sufrimientos y ruego a Dios que atienda a su pobre pueblo, que nos dé la paz o la fuerza para soportar el peso de su mano.
Abrazo muy cordialmente a su pequeña comunidad, a la que ofrezco muchas veces a Nuestro Señor, así como a su alma de usted, que ya es toda suya y de la que soy, en su amor, su muy humilde servidor.
VICENTE DEPAUL
indigno sacerdote de la Misión
Dirección: Al padre Delespiney, superior de los sacerdotes de la Misión de Toul.







