[Abril de 1650]
Mi muy venerado padre:
Tuve ayer el honor de ir a ver a la señora de Lamoignon. Su hija me preguntó qué es lo que habían hecho las damas en Bicêtre y, al conocer la resolución que habían tomado de poner a los niños en un edificio aparte para conseguir la separación necesaria, me dijo que no era eso lo que usted había mandado que hiciesen y que ella se daba perfecta cuenta de todos los inconvenientes de dejar allí a las niñas, tanto por los niños como por las nodrizas, las cuales, a pesar del interés que se tiene en escoger a mujeres buenas, parece ser que la mayoría se retiran, no porque les obligue la necesidad de los tiempos, sino por mala conducta, ya que todas esas mujeres, reunidas de todas partes, abundan en malas palabras y se toman demasiadas libertades. También me dijo esa buena señorita que era preciso que usted se mostrase firme en hacer que se ejecutara la determinación que con tanta energía sostuvo de que se probara ya este año del jubileo, sin dejarlo para otra ocasión. Añado que estas dilaciones dan lugar a que la gente ande en comentarios y que, si esta vez falta usted, me dijo ella, ya no habrá forma de volver más sobre este asunto. Yo también creo, venerado padre, que es preciso insistir en que se tomen todo lo más una o dos de sus casas, para salvar el alquiler; de lo contrario, si eligen según yo creo, se les dará para siempre la dirección a otras personas, y en esta ocasión se descubrirá completamente su designio. Se me ha ocurrido que ellas creen que nosotros no seríamos capaces de dejar el servicio de los niños y que estamos obligadas a ello por las mil libras que recibimos. Ya sabe usted las quejas que entonces nos presentaron, a pesar de que la intención de las personas donantes era de que nos quedáramos con la mitad pura y simplemente para sostén de la compañía, y no para obligarnos al servicios de los niños además del que les hacemos a los pobres y a los forzados. Sería conveniente que si algún día nos las quisieran disputar, fuera más bien ahora que luego.
Ayer pude hablar casualmente con el señor procurador general 2; me atendió muy cortésmente y le dije que precisamente entonces estaba preocupada por un asunto que él llevaba entre manos. Le dije que era para refrescarle la memoria. Me preguntó si pretendemos ser regulares o seculares. Le di a entender que pretendíamos ser esto último. Me dijo que no había ejemplos de ello. Le alegué entonces el ejemplo de las hijas de la señora de Villeneuve 3 y le demostré que ellas iban por todas partes. Me dijo que no desaprobaba nuestros proyectos, hablando muy bien de la compañía, pero que una cosa de esta importancia merecía bien que pensara en ello. Le demostré mi alegría de que él pensara de ese modo y le rogué que, si la cosa no valía la pena de continuar, la destruyese por completo, pero que si era buena, que le suplicábamos que la estableciera con toda solidez, ya que habíamos ido madurando este pensamiento al menos durante doce o quince anos, durante los cuales, gracias a Dios, no había surgido ningún inconveniente. El me dijo entonces: «Déjeme pensar en ello, no ya durante algunos meses, pero sí por algunas semanas por lo menos»; se molestó en acompañarnos hasta la carroza, a pesar de estar en su corte; nos demostró toda su buena voluntad; nos encargó que le saludáramos a usted con toda humildad de su parte y nos dijo que sería un verdadero usurero si exigiese nuestra gratitud por el honor que les hace a nuestras hermanas, cuando se atreven a acercarse a él en sus necesidades tanto en el caso de los pobres forzados como en el de los niños.
La señora marquesa de Maignelay se contentó con responderme ayer de palabra; envió a nuestra hermana a casa del señor párroco de San Roque 4, el cual, junto con la mencionada señora, le aseguraron que no había habido ninguna falta en las hermanas que había despedido, sino que la mera consideración de que una de las hermanas que allí servían no era idónea para la compañía hizo que el señor párroco despidiera también a la otra, para que la acompañara; que actualmente se ha casado y que las que están en su lugar continúan su ejemplo.
Dicha señora pide para mañana dos hermanas. A ello se oponen dos dificultades: una, que es necesario proponerle a usted a quiénes hemos de enviar y dárselas a conocer, y además tendrán necesidad de hacer antes el retiro; y la otra dificultad es que aquella joven que se quedó allí y que ahora se ha casado sigue estando en la casa en donde tienen que residir nuestras hermanas, y es una vecindad peligrosa para nosotras. Le ruego humildemente que haga el favor de indicarme lo que he de hacer en esta ocasión para no descontentar a la señora marquesa y para no equivocarme.
Déme su santa bendición para todas nuestras necesidades y concédame el honor de considerarme siempre, mi venerado padre, su muy humilde y obligada hija y servidora.
- DE MARILLAC
El viernes.
Dirección: Al padre Vicente, general de los venerables sacerdotes de la Misión.







