3 de abril de 1650
Cuando le escribí que había que obedecer al señor obispo de Luçon, me refería a todo lo concerniente a su servicio y a sus deseos Pues bien, no puede verse atendido en ninguno de estos dos conceptos por los ajetreos, enredos y gastos que usted ha realizado, sin tener medios para soportarlos por sus propias fuerzas. Y si le rogué que no hiciera usted nada sin órdenes nuestras, fue para que no se comprometiera en gastos mayores de los que usted puede hacer; le pido expresamente que se atenga a lo dicho. Temo que estas preocupaciones y líos acaben con la disciplina y la práctica de las reglas en esa casa, que es lo que más debe de preocuparnos y a lo que debe usted dedicar particularmente sus cuidados y su ejemplo. Ahí es donde encontraremos la paz, la unión, el progreso en la Virtud y las gracias para desempeñar bien nuestras funciones. Por consiguiente, hemos de aplicarnos a ello por encima de todo lo demás, sin descuidar lo restante. Esa es la máxima que usted tiene que seguir. Pide usted que se le descargue del hermano o del criado. Tiene usted que considerar que uno es hermano nuestro y que el sirviente no tiene por qué estar siempre en la casa; por eso le ruego que prefiera al hijo de casa más bien que al mercenario, que guarde al hermano para servirse de él y que se desprenda de Juan. Espero que poco a poco irá gustándole Vicente.
Siento mucho la indisposición del padre… Le ruego que le diga que su enfermedad me ha dolido mucho y que le pediré al Señor que le devuelva la salud o le dé fuerzas para aprovechar bien su enfermedad. No tengo necesidad de recomendárselo a usted, pues sé muy bien que no ahorrará ningún esfuerzo por atenderle. Los obreros del evangelio son verdaderos tesoros que merecen ser conservados con todo cuidado.







