París, 23 febrero 1650.
Mi buena hermana:
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
Me ha alegrado mucho recibir su carta, pero por otro lado me apena ver esas continuas molestias por el alojamiento que están padeciendo. Si Dios no lo remedia, no se podrá buscar otro sitio. Vea, sin embargo, al señor de Annemont, expóngale los inconvenientes de estar tan estrechas y con tantos enfermos, para que se lo advierta a los administradores y vea con ellos si es posible acomodar algún lugar cercano, o quizá por encima de las salas, para darles un poco más de libertad.
También me alegra saber que ha solicitado usted que la descarguen de la preocupación principal, puesto que toda persona que dirige hace bien en pedir de vez en cuando que la depongan, aunque tiene que permanecer en la indiferencia, como usted hace, gracias a Dios. Siga usted en su puesto, confiando siempre en el cuidado de la Providencia, que la sacará de este empleo cuando convenga, y le dará las gracias necesarias para cumplirlo debidamente, mientras esté en ese cargo. Sí, hermana, esté usted segura de que, al permanecer en el lugar en que la ha puesto la obediencia, el mérito de esa obediencia se extenderá sobre todo lo que haga y le dará a cada acción un precio inestimable, aunque las cosas no vayan como a usted le gustaría.
Tiene usted razón al decir que la dirección espiritual es muy útil; es un lugar de consejo en las dificultades, de ánimo en los sinsabores, de refugio en las tentaciones, de fuerza en los desánimos; en fin, es una fuente de bienes y consuelos, cuando el director es caritativo, prudente y experimentado. Pero no sabe usted que donde los hombres fallan, allí empieza la ayuda de Dios? El es el que nos instruye, nos robustece, nos es todo y nos lleva hacia él por sí mismo. Si no permite que tenga usted un padre espiritual a quien acudir en todas las ocasiones, cree usted que es para privarle del beneficio de la dirección de tal padre? Ni mucho menos. Al contrario, es Nuestro Señor el que ocupa su lugar y el que tiene la bondad de dirigirla. Así lo ha hecho hasta ahora y no dude usted de que lo seguirá haciendo hasta que no provea otra cosa. Siempre he notado este cuidado especial de la Providencia en muchas personas piadosas, privadas de semejante ayuda por parte de los hombres, y podría ponerle muchos ejemplos elocuentes y decirle cosas admirables sobre este punto; pero no lo necesita usted, que no duda de ello y que experimenta continuamente los efectos de la protección divina.
Todavía no ha llegado la ocasión de retirar a sor Enriqueta; le pido que tenga paciencia con ella.
Es muy de desear que tengan todas ustedes el mismo confesor; creo que el señor Cheneau es muy capaz de ello y muy buena persona; por tanto, siga de vez en cuando aconsejando a esa hermana que se confiese con él, para que, si acude a otro, el señor obispo de Nantes sepa que no es por orden de usted, ni con su consentimiento.
Creo que lo que les ha impedido a ustedes seguir el pequeño reglamento y los avisos que les dejé son esos pequeños jaleos que han sufrido ustedes hasta ahora; espero que la bondad de Dios les dé en adelante más paz y más gracia para ser muy fieles y exactas, y que usted dará ejemplo a las hermanas.
Si la entrada de mozos en su cocina es un mal necesario, habrá que soportarlo por amor de Dios, que lo permite; si es posible evitarlo, que se encarguen de ello los administradores; para ello, hable usted de vez en cuando con el señor Truchart, aunque sometiéndose a lo que decida.
Dice usted que les han puesto un espía, que les molesta. Confieso que esto no resulta muy agradable; pero después del esfuerzo que ustedes han puesto por librarse de esta sujección, hay que tener paciencia. ¡Ay, hija mía! ¡Yo no sé de nadie que no tenga vigilantes! Los grandes los tienen incluso en sus habitaciones, y la miseria es hoy tan grande en el mundo que casi todas las personas que vemos son otros tantos espías; de ello hemos de sacar la conclusión de que hemos de obrar siempre con mucho recato y presencia de Dios. Creo que usted y las demás hermanas obrarán así; esto hará que los que se fijen en sus acciones no tengan más remedio que publicar su virtud.
¿Ha mandado usted ya hacer en su habitación la clausura que debería servir para sus reuniones, tal como lo vimos conveniente cuando estuve en Nantes? Si ya está hecha, ¿no podrían tener todos los días un rato de recreo? Le ruego que me lo indique. Entretanto, apruebo su discreción al dar un poco de libertad a las hermanas para reír y hablar cuando se presente la ocasión, si es que no pueden disponer ustedes de un rato para el recreo en común. Necesitan relajarse en medio de sus continuas ocupaciones.
Doy gracias a Dios por la mejoría de la hermana enferma y por la buena salud de todas, especialmente de la suya.
Les saludo a todas en general y en particular con todo el afecto que me es posible. Les ruego que pidan a Dios misericordia para mí; yo las ofrezco frecuentemente a él, para que les dé fuerza y generosidad de espíritu a fin de superar las dificultades con que tropiezan en el servicio a Dios y a los pobres, hasta que les dé la eterna recompensa en el cielo. Soy en su amor su muy querido servidor,
VICENTE DEPAUL, i. s. d. l. m.
Dirección: A sor Juana Lepeintre, sierva de los pobres y de las hijas de la Caridad del hospital de Nantes.







