20 febrero 1650.
No puedo menos de testimoniarle mi alegría al verle casi siempre dedicado a la salvación de las almas y que la suya avanza de este modo en el amor de Dios. Ruego a su infinita bondad que bendiga sus trabajos y le doy gracias por todo lo que hace por medio de usted, a quien tanto quiero y aprecio.
Le escribo además por otro motivo: es que no me acuerdo si le respondí a la carta que usted me escribió hace algún tiempo Por un lado, sé que tuve intención de contestar, y que sólo el gran ajetreo que tengo pudo hacerme faltar a esta obligación; pero por otro, al ver que, a pesar de mi esfuerzo, con frecuencia tardo en algunas respuestas, temo haber cometido esta falta con usted. Si así es, padre, le pido perdón por ello; si no, ruego me lo indique.
Me hacía usted su comunicación interior en aquella carta, en la que encontré motivos para alabar a Dios por el celo que le da en corregir los defectos que hay en la comunidad y espe-cialmente por las buenas disposiciones con que trabaja usted en su servicio. Pero como el estado del hombre cambia todos los días, sobre todo en los que trabajan como usted en su propio progreso, le ruego, si sigue usted con la misma devoción de comunicarse conmigo, que me diga cómo se encuentra actualmente asegurándole que le responderé, no sólo en lo que respecta a su interior, sino a todo lo demás, y siempre que me escriba usted. Gracias a Dios, procuro hacerlo con todo el mundo; mucho más con usted, que es para mí lo que el Señor sabe, y para el que soy todo lo que soy; esté seguro de ello.
Pero si prefiere usted comunicarse con el padre Watebled, para no apartarse del camino ordinario, me parecerá igualmente bien y quedará usted satisfecho, según espero, ya que Nuestro Señor aprueba la confianza que se tiene en los superiores, como representantes de su divina persona, y le inspirará todo lo conveniente. Y aunque no tenga la experiencia que yo tengo, ni otras cualidades que son de desear en una persona de gobierno, no se aparte usted por ello de esta santa práctica ni de todas las que la voluntad de Dios nos impone en nuestra condición; todas son muy dignas de aprecio, si se hacen con espíritu de amor y de obediencia; y va sabe usted que es peligroso seguir otras luces. No le hablo así más que para excitarle al reconocimiento de la gracia que Dios nos ha hecho, al darnos la decisión de caminar tras las huellas de Nuestro Señor y de los santos. Pidámosle fuerzas para llegar hasta el fin. Quiero creer que la naturaleza le presente muchos pensamientos contra la estima y el respeto que le debe al padre Watebled; pero también creo que pasa usted por encima de esos sentimientos corrompidos y que se aprovecha de esas repugnancias para acrecentar el mérito de su fidelidad. Es verdad que todavía es nuevo en el cargo y que quizá no tenga las dotes, ni acaso la mansedumbre, que se necesitan; pero puedo asegurarle que es un alma de Dios y que hemos visto siempre en él mucha virtud. No es fácil encontrar hombres perfectos, en los que no haya nada digno de censurar. Lo que le falta a ese siervo de Dios no es tan considerable, al lado de lo que tiene; Nuestro Señor suplirá a lo que le falta, en cuanto a usted se refiere, si usted ve en él a Nuestro Señor, tal como se lo pido con todo el corazón.







