20 febrero 1650.
Le agradezco los consejos que me da. Le escribo a esa persona y espero que se corregirá. Es una tormenta pasajera, levantada por la edad y las pasiones. Gracias a Dios, tiene buen fondo y merece que soportemos las debilidades de su naturaleza, como usted hace; le doy por ello gracias a Dios, cuya paciencia honra usted con la que practica ante las faltas de los demás, soportándolos como él soportaba la rusticidad de sus discípulos y soporta cada día a los mayores pecadores, como yo soy. ¡Cuánto me alegro al ver cómo trabaja usted incesantemente por la virtud! El amor que usted le tiene se demuestra en la pena que siente porque los demás no trabajan bastante. Cuando pienso en su frecuente aplicación al ministerio del evangelio, para ganar almas a Jesucristo, no puedo menos de estimarle y quererle cada vez más; y el cariño que le tengo desde hace tiempo me obliga a ofrecerle muchas veces a Dios, para que le santifique y salve por medio de usted a los pueblos que usted misiona.
La verdad, padre, es que resulta muy difícil encontrar superiores perfectos. El de ustedes carece de experiencia y quizás de presencia exterior; pero es prudente y virtuoso, como usted mismo sabe. Esto es lo que me ha hecho esperar siempre que Nuestro Señor suplirá el resto, esperando que la práctica le haga adquirir algo de lo que le falta. Le ruego, padre, que contribuya usted con su palabra y ejemplo a que la familia confíe en él y se muestre fiel al reglamento. Yo le recomendaré, de parte de usted, que actúe con más humildad y suavidad: estoy seguro de que así lo hará, dadas sus buenas disposiciones.







