Vicente de Paúl, Carta 1242: Carlos Nacquart, Sacerdote De La Misión, A San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl .
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Fuerte Dauphin, 16 febrero 1650.

Su santa bendición, por favor.

Después de escribir las cartas anteriores, ésta le dirá que ha habido algunos cambios que hacer. Sabrá usted que el día de septuagésima, al leer durante la misa el evangelio de los obreros enviados a la viña, esta viña adonde me han enviado me pareció tan grande y vi tanta necesidad de obreros que durante toda la misa me vi impresionado hondamente al ver que no era posible dejar que siguiera languideciendo por falta de obreros, ya que hace mucho tiempo que el señor increpa a los perezosos: quid hic statis tota die otiosi? Ite in vineam meam. Esto me ha hecho pensar que seguramente Dios me pedía algo para contribuir a ello más que lo que he hecho hasta ahora. Pues bien, según creo, aparte de que lo recibí como una inspiración, al pedir a Nuestro Señor que tuviera su efecto, vi que esto provenía de la tristeza que sentía por haber avanzado tan poco y al ver que todavía conseguiría menos en el futuro. Y al examinar la causa por la que me había enviado, para los franceses y para los negros, yo hacía lo primero con tan poco fruto, y lo segundo no podía hacerse, por estar solo, aparte de mi negligencia, ignorancia e incapacidad, entonces vi que no tenía la ayuda necesaria y posible en lo temporal, viendo que el señor de Flacourt, viéndose impedido en el gobierno temporal sin ayudar para nada en lo espiritual, al saber que, ya a punto de partir o de escribir a Francia, había cambiado de opinión, noté que no me hablaba de ello, a pesar de que le había indicado mis deseos de restablecer al rey bautizado, poniendo una residencia en Fanshere y manteniendo un seminario, y que seguramente me habría dicho que eran muchos gastos para la Compañía y que era una empresa del rey. Aunque por otro lado él y todos esos señores de París hubieran deseado contribuir a ello, prescindiendo de todas las demás personas, yo no veía ningún motivo, aparte de las pequeñas quejas que pudiera tener contra mí sin causa alguna, para que no quisiera darme un intérprete aunque sólo fuera para traducir mis instrucciones, que he tenido que hacer con mucho esfuerzo, valiéndome del que insistió en quedarse conmigo gratis y sin recompensa. Veía además la necesidad de que él tenía, pues no podía prescindir de él, ya que yo solo no podía escribir las instrucciones en esa lengua, para mí y para los que me sucedieran, mientras que ese mozo es el que mejor habla la lengua y tiene gracia de Dios para entender estas materias, que al principio le eran difíciles por falta de costumbre, pues nunca había hablado antes de ellas. Yo solo no podía instruir a los negros de la residencia pues, aunque supieran de memoria los misterios, necesitan que se les expliquen otras cosas necesarias para la salvación, pero yo no sé decírselas ni entender lo que me dicen sin intérprete. Todo esto angustiaba tanto mi corazón que, al ver que era tan inútil que me quedara yo solo, y temiendo que mis cartas fueran sospechosas y las retuviesen para impedir la ejecución de lo que propongo hacer en este país, me dije: es menester que, lo mismo que el fuego encerrado en una nube produce su efecto, yo estalle también en gemidos y lágrimas. Hacía tiempo que tenía miedo a disgustar a la persona a la que, por cobardía y respeto mal entendido, no me atrevía a exponer libremente mis sentimientos y estropear las cosas en un asunto tan importante, perdiendo además el honor de que la compañía pudiera seguir en una ocupación tan hermosa, como les ha pasado a los padres capuchinos de la isla de San Cristóbal; de modo que, entre estos dos extremos, vi que no había más que dos o tres medios de poner remedio, que se me ocurrieron en presencia de Nuestro Señor y les comuniqué a tres personas que me parecieron de mejor consejo.

Tomé al capitán Le Bourg por mediador, que lo dispuso todo. Inmediatamente se llenó mi corazón de confianza en que Dios resolvería bien todas las cosas. Y me preparé con todo el respeto posible a hablar con el señor de Flacourt, al que prometí seguir la decisión que él tomase: «Señor, usted conoce los designios de Dios, de los directores de la Compañía y de mis superiores en esta Misión, que son trabajar por dos fines: primero, servirles a ustedes como sacerdote, y a toda la colonia francesa; segundo, atraer a los negros y habitantes de este país. Para estos dos fines han de buscarse los medios. Para el primero ya ve usted cómo hago todo lo que puedo, aunque sea malo,para realizarlo; y en esto sólo puedo quejarme de mi negligencia e incapacidad, que me hace desear otro más digno. Por lo que se refiere al otro fin, aunque tengo voluntad de hacer todo lo posible, al ser nuevo e ignorar la lengua, no puedo hacerlo sin un intérprete dedicado solamente a eso, sin que se le interrumpa, como se ha hecho hasta ahora, enviando a la trata y a los campos al que es más indicado y que sólo pide poder entregarse a Dios para ello, pues me ha dicho muchas veces que no podía servir a dos señores. Usted puede tener otras personas distintas de él para que le sirva en las cosas temporales, pero yo sólo le tengo a él al que Dios lo ha dispuesto; sin él perderé el tiempo esperando sacerdotes, que no encontrarán nada preparado, como yo creía que podría decirles en este primer viaje de regreso, pero no puedo hacerlo. Por otra parte, aquellos que puedan enviar no están informados de las necesidades de este país, y esto no se puede escribir lo mismo que se dice. Aunque escribiese, resultaría sospechoso lo que dijera; sin embargo, es menester que yo exponga libremente mi parecer al superior, al que es preciso que comunique mis problemas internos y le pida consejo para mi conducta y para la de los que me han confiado. Sólo hay dos caminos para ello, y le pido que incline usted la balanza hacia donde le parezca mejor; o que yo vaya a dar una vuelta por Francia, para decir lo que creo que es necesario para la gloria de Dios en este país, o que escriba con todas las garantías de que no sospecharán de mi y que, si me quedo aquí, pueda disponer de lo necesario, que usted me pueda conceder; esto es, que como yo tengo confianza en usted, la tenga usted conmigo; que su brazo me ayude a mí y el mío al suyo; en una palabra, que me permita usted retirarme a cien pasos del fuerte, lejos del bullicio, con este intérprete, para vivir en privado y dedicarme a las funciones que corresponden a un pobre misionero».

Su decisión por entonces fue que me fuese a Francia. Aunque este buen sacerdote tenía muchas ganas de regresar, al saber mi intención, que era para avanzar más y buscar todos los obreros que pudiese, a fin de procurar el bien de todos, accedió a ello y le pareció bien al señor de Flacourt. Ya estaba todo decidido. Lo dejo todo preparado; hago mi maleta con lo más indispensable; el señor de Flacourt me manda despedirme de los franceses después de vísperas, aquel mismo domingo de septuagésima; así lo hice, exponiendo los motivos. Hecho esto, las cosas cambian tanto en su opinión como en la mía, que sentía mucha pena de tener que dejarlo todo y emprender de nuevo el ir y venir, que es tan largo y peligroso. A los del barco les gustaba que yo les acompañase; los de la residencia deseaban por una parte retenerme para su servicio, pero por otra comprendían las razones del evangelio, que pedía pronto obreros, que yo iba a buscar para poder atender a aquella viña, a pesar de que tuvieran que sufrir el trabajo y el calor de muchos días. Y allí estaba este pobre sacerdote llevado y traído por sentimientos tan dispares de unos y de otros. Sin embargo, a pesar de que se tomó aquella solución y la aceptaron todos, yo me mantenía indiferente, suplicando al señor de la vid que me indicase su voluntad: vete a la mañana, o espera al mediodía, para no perder el precio de la obediencia a su única voluntad. Deus scít quia non mentior, que no sabía lo que hacer, sino que haría todo lo mejor que fuese, y que no tenía recursos ni modos de hacer que se lograran los designios de su providencia, que eran infalibles e imposibles de resistir.

Al día siguiente lo encomendé todo esto en la santa misa. No tuve respuesta. Envié mi maleta al barco; me preparaba para ser el portador de mis propias cartas. Y de pronto todo cambió: me dijeron que me quedase para contentar a los que no estaban contentos del sacerdote que quedaba, a pesar de que él podría atender pasablemente a todo lo necesario en la residencia. Los mismos negros vinieron a buscarme. «¡Cómo! ¿Te vas? ¿Quién nos enseñará a rezar a Dios?». Y esto puso los hierros a los pies de mi voluntad, que se quedó prisionera de la de Dios en la voz del pueblo.

Me concedieron lo otro que había propuesto, quedarme a vivir solo con el intérprete, sin que ello fuera en contra del respeto y la amistad del señor Flacourt, sino más bien para aumentarlo y darle menos motivo para portarse mal conmigo. Nuestros corazones se habían unido finalmente, con promesas por una y otra parte, para la mayor gloria de Dios. Me harán un pequeño presbiterio al lado de la iglesia. Este pobre compañero, que va a servirme de intérprete, estaba enfermo de pleuresía, que me ha dicho le ha venido de tristeza de estar separado de mí. Pero la noticia de que me quedaba según sus deseos, unida a la sangría y al buen trato que le he dado, ha hecho desaparecer más de la mitad de su mal, pues me ha dicho que había desaparecido la causa. ¡Quiera Dios que no cambie de opinión! Pues parece ser que este país vuelve a la gente voluble y los hace cambiar de color más que a los camaleones, alterando su humor y su forma de pensar; a veces van bien y a veces mal; lo ordinario es esto último. Y a pesar de las buenas apariencias, me sigo creyendo sospechoso al haberme quedado con este intérprete a costa de dichos señores. Pero ¿qué podía yo hacer sino dedicarme totalmente con él a la lengua y a la instrucción de los negros, con lo que el honor recaerá sobre esos señores, lo mismo que pasó en el Canadá con el señor de Montmagny? ¡Ojalá hubiera aquí muchos como él! Pero tengo mucho miedo, por lo que he visto tantas veces, de que estos señores se contenten con hacer propuestas muy bonitas para la conversión de este país y que nos entretengan retrasando lo que podría hacerse sin demora. Si no ve usted la manera de que se puedan tener una o dos residencias, como le he dicho, bien sea por medio de ellos, o bien de otra forma, ¿valdrá la pena enviar a unos pobres sacerdotes, con tanto esfuerzo, sacándolos de otros lugares para que vengan a morir aquí sirviendo en unos lugares tan disipados? ¿No tenemos ya bastantes franceses ante nosotros? ¿No les basta con tener un sacerdote, viviendo más o menos bien a sus expensas, y que nosotros nos sintamos presos e impedidos para ir a trabajar como es debido por la conversión de los negros, que no esperan más que esto?

Vea usted la última carta que les dirijo a esos señores, proponiéndoles unos medios, quizás con demasiada ventaja para ellos y carga para usted; haga con ella lo que le plazca; mi conciencia queda tranquila después de haber dicho todo lo que sé, y haber hecho todo lo que puedo.

Si desea usted molestarse en escribir a la señora Gondrée, dirija la carta a Dieppe, a casa del capitán Le Bourg. Y si le parece bien poner unas letras a mi pobre padre, si todavía vive, verá la dirección en la carta que le mando.

No deje que se enfríen los planes de Dios sobre este país, aunque esos señores los miren con indiferencia. Su providencia le proporcionará medios para emprender su obra por otros medios, que puede usted consultar con el capitán Le Bourg. Quizá sea eso lo mejor, si es posible.

Todo cuanto le he contado de este país, ¿no bastará para animar a toda la compañía, sobre todo a los seminaristas, a aprender el oficio de san Pedro y a preparar las redes para la pesca de tantas almas? Usted me envió a echar las redes; sólo he pescado hasta ahora a 57 peces, todos ellos pequeños, excepto tres mayores, pero hay tantos por coger que estoy seguro mandará usted al mar las personas suficientes para recoger las redes hasta que revienten.

No le digo nada del padre Maillard, que tantas veces le había pedido venir. Tiene las debidas disposiciones de espíritu y salud de cuerpo. Me parece que tiene la voz algo débil y que es propenso al estreñimiento; pero es muy hábil para enseñar a los niños y es buen administrador. Lo dejo todo en sus manos, no deseando más que a los que Nuestro Señor haya dispuesto para ser pescadores de hombres, que sepan lo que hay que hacer en la dirección de esta obra y que sean capaces de resolver las dificultades que aquí se presenten, donde no resulta tan fácil escribir en busca de consejo.

Tengo muchos motivos para echarme a los pies de Nuestro Señor como un gran pecador y un pobre pescador. Le ruego que le pida que no se aparte de mí, como tantas veces le he dado motivos para hacerlo. Y si le parece bien quitarme de encima la carga que me aplasta y tengo que volver a hacer penitencia de mis faltas, le pido que sea al seminario, para reformar a este monstruo con el ejemplo y el fervor de aquellos a los pies de quienes hago humillaciones, para obtener, por medio de ellos y de usted, la esperanza en la misericordia y la gracia de Nuestro Señor, al que ruego que incite nuestros corazones para ejecutar los designios que tiene sobre la compañía, y en cuyo amor soy, mi veneradísimo padre, su muy humilde y obediente hijo,

NACQUART,

Muy i. s. d. l. Misión de Madagascar.

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