Vicente de Paúl, Carta 1241: Alano De Solminihac A San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

CREDITS
Author: Vicente de Paúl .
Estimated Reading Time:

Mercuès, 15 febrero 1650.

Padre:

Después de agradecerle con todo afecto el interés que ha puesto por nuestro asunto de Santa Genoveva, y tras suplicarle con toda humildad que nos siga prestando su ayuda en ello, acepte que le diga aquí en secreto y confiadamente que el padre Vitet, síndico de Chancelade, tiene unas ganas tan violentas de ver pronto [el final de] este asunto que no hay nada que no haga ni mueva para ello; y como ve que el camino de Roma se resiste y que la denuncia como abuso al parlamento es un medio adecuado para salir adelante, se ha decidido a llevarlo ante él a cualquier precio que sea. Por ese motivo los de Santa Genoveva empezaron intimándonos la apelación interpuesta por ellos de la sentencia de Beauvais, y que firmaron en Grosbois; luego el padre Vitet me la mandó junto con varios memoriales que contenían diversas causas de apelación contra abusos, y me escribió que había que apelar al parlamento contra la obtención del breve dirigido al abad de Grosbois, junto con las ordenanzas del señor cardenal de la Rochefoucauld. Yo envié la copia de ese breve, con todos esos memoriales, a París, para que los consultaran los señores Camus y Montelon, y aquí los consulté con mi abogado de Cahors, que es un ilustre personaje. Todos ellos estuvieron conformes en que no había lugar para apelar como de un abuso contra el breve obtenido por los de Santa Genoveva dirigido al señor abad de Grosbois, sino que, al ser obrepticio y subrepticio, había que dirigirse a Su Santidad para obtener su anulación y, presentándose ante dicho abad de Grosbois, requerirle a que nos remitiese a Su Santidad, dada la nulidad de dicho breve…, que le encomiendan, y en caso de negarse, protestar que se había apelado contra él y pedir la nulidad de esos documentos.

Le envié al padre Vitet el parecer de dichos abogados, tanto de París como de Cahors, con órdenes de que siguiera puntualmente ese parecer. Me respondió que lo había recibido, pero sigue insistiendo en que hay que apelar como de un abuso ante el parlamento. Mi vicario general le escribió por orden mía a él y al padre prior de Chancelade que yo veía muy extraño este parecer y que me extrañaba que no siguiera mis órdenes, que entre otras cosas decían que no hiciera nada ante el señor abad de Grosbois, según el parecer de mis consejeros. Pero él fue a hacer la requisitoria a dicho abad, que no admitió su protesta sino que ordenó que comparecieran las partes en el término de tres días, mientras que el padre Vitet debería en el plazo de estos tres días haber levantado acta de protesta de la apelación según las órdenes que había recibido y el consejo de los abogados. Pidió un decreto del Consejo contra la prohibición expresa que le había hecho, y se fue de allí a la Corona a notificar a los de Santa Genoveva las protestas de apelación, en el caso de que dicho señor abad de Grosbois pasase más adelante, y luego se volvió a Grosbois, donde se encontró con que dicho señor abad había pronunciado la sentencia.

Al volver a Chancelade, me lo comunicó acá el padre prior. Le respondí que me extrañaba mucho la manera de proceder del padre Vitet, al haber prescindido del parecer del consejo para seguir sus impulsos, y de haber procedido legalmente en contra de la prohibición expresa que tenía. Se excusó por carta, diciendo que no podía obrar de otro modo, ya que era preciso más bien intimar estas protestas a los de Santa Genoveva que a dicho abad; lo cual me parece una cosa muy impertinente y ridícula.

Le dije que viniera a verme, y cuando vino le dije por qué afirmaba que era preciso intimar más bien las protestas a los de Santa Genoveva que al abad de Grosbois, y por qué no había seguido mis órdenes. Toda la respuesta que me dio fue levantar los hombros y agachar la cabeza. Y como él solo ha llevado este asunto y es el único que tenemos que lo entiende bien, no quise darle la reprimenda que se merecía y le traté con toda amabilidad después de aquella falta, diciéndole que tenía que ir a París para responder ante el consejo privado contra esta sentencia. Mientras estuvo aquí, estaba siempre pensando y hablando con frecuencia de su apelación como de abuso, tanto contra la sentencia dada por el abad de Grosbois como contra la del señor cardenal de La Rochefoucauld. Yo le alegaba lo que él mismo me había referido cuando regresó de París, después de haber obtenido nuestro decreto de julio de 1647, o sea, que todos nuestros amigos de París le habían dicho que no acudiese al parlamento, dadas las grandes influencias que en él tenían los de Santa Genoveva, debido al gran número de religiosos y pensionistas que tienen, parientes de los que tendrían que juzgarnos, como es verdad. Antes de partir, le mandé escribir ciertas órdenes y avisos que le di para servirse de ellos en la prosecución de este asunto, y le dije que no hiciera nada sin pedir consejo y sin seguirlo, añadiéndole al mismo tiempo que no acudiese al parlamento, adonde él mismo me dijo que nuestros amigos de París nos habían aconsejado que no acudiéramos, y le indiqué algunas razones que me atañen en particular y que me obligan a no recurrir a él.

Al llegar a París, consultó como le habíamos ordenado con los señores Camus y Montelon, que vieron que teníamos buenos fundamentos para apelar ante el Consejo contra la sentencia del abad de Grosbois. En el correo siguiente me dijo, por el contrario, que el señor Montelon aconsejaba apelar al parlamento, mientras que el señor Camus no estaba aún decidido. En otro correo me escribió que los dos estaban de acuerdo en apelar como de un abuso ante el parlamento de París, tanto contra la sentencia de Grosbois, como contra las ordenanzas del señor cardenal de La Rochefoucauld, y que había que presentar cartas de apelación para ello, anticipándonos incluso a una disposición que los de Santa Genoveva habían hecho dar a dicho parlamento.

Ya puede usted imaginarse como me sorprendió esta noticia. Envié en seguida a mi vicario general a Cahors a ver con nuestros consejeros lo que había que hacer; él se quedó tan asombrado de la cosa que no puede uno imaginárselo. Inmediatamente levantó acta de desaprobación contra este proceder, y se la envié al señor Lefevre, mi procurador en París, para que se la intimase a los de Santa Genoveva, y escribí una carta larga al padre Vitet, indicándole que me extrañaba mucho de que en contra de lo ordenado llevara este asunto al parlamento. Me respondió excusándose y diciendo que por tres veces le había escrito por medio de mi vicario general que siguiera el parecer de mis consejeros, y que yo mismo así se lo había indicado;.es verdad, aunque también lo es que le prohibí expresamente recurrir al parlamento. Le ha escrito a mi vicario general una carta toda llena de quejas, todo confuso, al ver cómo se contradice él mismo en sus cartas y, después de mucho hablar, le dice que le envíe un poco de dinero para retirarse, ya que no se atrevería a aparecer por aquí después de la desaprobación que yo he hecho de su conducta. Verá usted cómo las cartas que se habían decidido a presentar al parlamento como apelación y anticipación no han sido presentadas todavía, ya que los consejeros han sido del parecer que conviene esperar a que caduque la asignación dada por los de Santa Genoveva; por eso no ha habido que revocar ni desdecir nada, ya que todavía no se había actuado ante el parlamento.

Pero en vez de callarse sobre esta desaprobación, se ha ido a publicarla y ha enseñado mis cartas y las de mi vicario general a dichos señores Camus y Montelon, y dice que a ellos les ha parecido muy mal que yo haya preferido a su parecer el de un abogado de Cahors. Le he escrito, al enviarle dicha desaprobación, que tomase letras cuatrimestrales del parlamento, solicitando cuatro meses de plazo para que acudiéramos a Su Santidad, con la prohibición a ambas partes de tomar ninguna medida, y que se les avisase a los de Santa Genoveva. No nos ha contestado a nada de esto, de forma que actualmente me encuentro sin saber qué hacer y necesito la ayuda y el consejo que usted me pueda dar, ya que, como le dije, no tengo a nadie que entienda de este asunto tanto como él. El padre Parrot, su compañero, también tiene delegación para esto, pero no lo entiende tan bien, ya que siempre lo ha llevado él solo, sin dejar que se metiera en ello el padre Parrot; también es él el que tiene todas las actas.

Le ruego, en nombre de Dios, que trabaje por atraerse a su espíritu y que, si puede, le convenza de que no acuda al parlamento, ni tampoco al Consejo por ahora, ya que éste nos remitiría al parlamento, sino que actúe por la vía de Roma, según las órdenes expresas que le di, hasta que el Consejo recupere su autoridad.

El le ha sorprendido a usted, dándole a entender que el decreto para registrar la erección de la congregación de Santa Genoveva indicaba que dicha congregación no se podría establecer en más casas sin el consentimiento de los obispos diocesanos, junto con el de los abades y religiosos de ellas, como usted me escribía; pero no es así, como verá usted por la copia del decreto que le acompaño, en donde le ruego que observe lo que se dice sobre las casas que hay actualmente en dicha congregación. Pues bien, por la sentencia del abad de Grosbois, nuestras casas están comprendidas allí y, aunque seamos apelantes, subsistirá hasta que lo hayamos hecho cesar; nuestro consejero de Cahors, que es muy hábil y prudente, ha creído siempre que se trataba de un cebo. En cuanto a mí, le confieso que siempre he creído que este decreto nos era perjudicial; y todos a los que se lo he enseñado opinan lo mismo. Sin embargo el padre Vitet se ufana de ese decreto y lo publica como una conquista nuestra, y con ese pretexto quería obligarme a acceder a que el asunto se llevase al parlamento. Si no se hubiera dado, como se ha hecho, la sentencia del abad de Grosbois, parece que el decreto nos habría sido favorable; pero en el punto en que están las cosas, nadie me convencerá de que lo es. Y aunque no estuviera por medio la sentencia de Grosbois, me guardaría mucho de acudir al parlamento, ya que, como se trata de cláusulas añadidas al decreto proprio motu, el parlamento las quitará o las interpretará como le parezca, tanto contra el general como contra los particulares.

También le ha sorprendido a usted en lo que le dijo que nosotros habíamos interpretado como abusivo; no es así, pues se trata de un simple acto de protesta. Se necesitaría para ello una instancia por nuestra parte y un decreto del Consejo para citar a las partes. Y si se tratase del parlamento, se necesitarían cartas suyas. Pero no hay nada de todo eso, de forma que podemos con toda libertad acudir a Roma, como hay que hacer, como yo lo dije anteriormente y como le ruego a usted que le ordene absolutamente, con prohibición expresa de recurrir al parlamento. Y si desea usted indicarle las razones para ello, son las siguientes: sus buenas relaciones con los de Santa Genoveva por medio de los muchos religiosos y pensionistas con parientes en el parlamento, a quienes moverían contra nosotros; y además las dificultades típicas de esta clase de asuntos, sus circunstancias y ramificaciones. La mayoría de las cosas que nos obligan a recurrir a los tribunales son de tipo espiritual, observancia de regulares o espíritu de las reglas, y no hay abogado en Francia capaz de llevar este asunto, ni siquiera el abogado general, ni hasta creo que puedan entenderlas los jueces; sus asuntos que necesitarían más de dos audiencias para que quedaran claros, ya que los de Santa Genoveva los exagerarían y embrollarían a su gusto.

Por mi parte hay varias razones para no acudir al parlamento: ya conoce usted mi censura del libro sobre las Libertades de la Iglesia galicana, de cuya censura fui yo uno de los comisarios junto con el arzobispo de Sens y el obispo de Uzes; en esa condenación ya sabe usted lo que hice en este país por el servicio del rey. Pues bien, un intendente de hacienda me ha escrito desde París que todos me conocían. Además hay otras muchas razones. Si después de todo esto no pudiera usted lograr que se sometiera su espíritu, le ruego que me lo comunique y que avise entretanto al señor Lefevre hijo, mi procurador ante el Consejo, para poder sacar en el parlamento las mencionadas letras cuatrimestrales cuanto antes y acudir a Roma.

Me gustaría mucho hacerle saber la finalidad que mueve a aquel espíritu a ver acabado cuanto antes este asunto, de cualquier manera que sea, buena o mala, y urgir las cosas para ello. Pero se trata de un secreto que se me ha manifestado reservadamente y que no le he dicho más que a mi vicario general, que le escribe esta carta en mi nombre; no puedo encomendar estas cosas al papel, sino que me gustaría decírselo al oído; todo tiene su origen en algo que pasó hace dos años. Por eso le ruego que tenga mucho cuidado con dicho padre y que de vez en cuando le pida cuentas de cómo lleva este asunto, y que no le dé permiso para partir hasta que haya obtenido las letras cuatrimestrales y las haya enviado a la corte de Roma para que venga el breve que busque los comisionados que le indiqué y que espere todavía algún tiempo para ver si los de Santa Genoveva remueven algo las cosas en el parlamento.

Le escribo otra carta por medio de dicho padre Vitet. Cuando él se la presente, le ruego que le hable como el Espíritu Santo le inspire, y que tenga cuidado, al hablar con él, para que él no sepa que yo le he enviado a usted otro memorial.

Me han asegurado que el famosísimo doctor regente de la universidad de Toulouse ha empezado a enseñar la doctrina de Jansenio por el primer artículo de sus errores. También me han dicho que el señor obispo de Comminges ha tenido tres sermones con esta doctrina. Al día siguiente, un anónimo le escribió una carta refutando todo lo que había dicho.

Hace poco un padre del Oratorio ha predicado que Jesucristo no había muerto por los réprobos y condenados. Esa ciudad nos dará que hacer. Ruego a Dios que tenga piedad de su iglesia. Nunca admiraré bastante la bondad de Dios con mi diócesis, pues, a pesar del frecuente trato que hay con los de Toulouse, los que vuelven de allí o de París no sólo no vienen contagiados sino que lamentan que haya allí una nueva religión que divide los ánimos. Con todo ello se sienten horrorizados y, gracias a Dios, no conozco uno sólo de mi diócesis que no piense y hable siguiendo por completo mis sentimientos, en lo que se refiere a la fe y a la doctrina de la iglesia. Alabo mucho a Dios por todo esto y le ruego que le conceda a usted otras tantas gracias como yo le deseo.

Me siento avergonzado de haberle escrito una carta tan larga; la necesidad me ha obligado a ello. Creo, después de lo dicho, que es mi deber manifestarle el secreto, que la gran pasión que tiene el padre Vitet por acabar cuanto antes bien o mal nuestro asunto, no es porque tenga alguna inclinación por los de Santa Genoveva; al contrario, los ve con mucha antipatía; sino que, en el caso de que la cosa salga bien, pueda llevar a la práctica el misterio de que le hablo y que no puedo confiar al papel, pues necesitaría mucho tiempo; mientras que si sale mal, está seguro de tener un buen retiro con un beneficio seguro. Por eso procura terminarlo cuanto antes. Creo que es conveniente que, después de haber leído mi otra carta, que le entregará el padre Vitet, se la enseñe usted o la lea en voz alta, para tomar allí ocasión de hablarle.

Soy, padre, etcétera,

ALANO, Obispo de Cahors.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *