6 febrero 1650.
Estoy seguro que lo que le han contado a propósito de los padres jesuitas no es más que una calumnia, y que no le gustaría a usted chocar con una congregación tan santa y tan útil a la iglesia de Dios como ellos. Le doy a Dios gracias porque se ha reconocido la verdad. Espero que lo que ha ocurrido servirá para que se una usted más íntimamente con esos padres, a los que le ruego demuestre mucho aprecio, afecto y respeto, como yo procuro hacer aquí. Será para mí un gran consuelo.







