Vicente de Paúl, Carta 1233: Carlos Nacquart, Sacerdote de la Misión, a San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl .
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Señor y mi muy honorable padre.

Le pido su bendición.

Ya que el largo trecho de mar que nos separa me impide darle cuenta oralmente de mi misión, he recurrido a la presente para presentarle y por medio de usted a la sagrada Congregación de Propaganda Fide, la relación que espera de un explorador enviado a estas tierras, para saber si son de promisión y capaces de animar a los hombres evangélicos a conquistarlas para Nuestro Señor Jesucristo. Sé muy bien que la humildad debería cubrir mi rostro de confusión y cerrarle la boca a un instrumento tan ruin como yo soy, al verme empleado en una obra de tantas consecuencias y de la que me considero tan indigno como incapaz. Pero mi deber y la caridad, juntos con los deseos de la sagrada Congregación, me obligan a imitar la sencillez de los que escriben lo que Dios hace por ellos y en ellos en semejantes cargos, como veo que hizo el gran san Francisco Javier con sus admirables cartas, reconociéndome obligado a seguir sus pasos en consideración de que él fue mi precursor, no de hecho, pero sí en voluntad, ya que él tuvo grandes deseos de venir a esta isla, aunque se vio impulsado y conducido a otros lugares por los vientos contrarios, o mejor dicho por el Espíritu de Dios.

Le expondré con toda sencillez y sin retóricas cuáles fueron nuestras ocupaciones antes de embarcar, por tierra y por mar, con una breve descripción de este país, de los habitantes y de sus costumbres y ceremonias supersticiosas, y lo que la bondad de Dios ha hecho por medio de nosotros en este país. La gloria de todo esto corresponde a Dios, y a mí el perdón y la misericordia por el mal cometido y el bien que he dejado de hacer.

1. De lo que pasó antes de embarcar.

El padre Gondrée, mi compañero, y yo partimos de Richelieu, lugar de nuestra residencia, el 18 de abril de 1648 para La Rochelle, enseñando por el camino, según costumbre de nuestra congregación, la doctrina cristiana a la puerta de las hosterías y en otros lugares, cuando se presentaba la ocasión.

Llegamos a La Rochelle el viernes santo; como no estaba aún presto el barco, estuvimos allí cerca de un mes, aunque no sin trabajo; pues, habiéndonos presentado al señor obispo de aquel lugar, nos dio permiso para dedicarnos en la ciudad y en sus alrededores a lo que creyéramos más conveniente para la gloria de Dios. Lo aceptamos agradecidos, a imitación de san Francisco Javier, a quien nos dio usted por modelo para nuestro viaje, y escogimos los hospitales, en los que pasábamos gran parte de la mañana, aun sin alojarnos en ellos, visitando y sirviendo a los enfermos, con permiso de los padres de la Caridad, que nos hicieron el favor de utilizarnos a su lado.

Los presos fueron nuestros feligreses durante el tiempo pascual; después de administrarles los sacramentos, les servimos de pies para ir a visitar de su parte a aquellos de quienes esperaban su liberación.

2. De las cosas más notables de nuestra navegación.

El 21 de mayo, día de la Ascensión de Nuestro Señor, por la mañana, levamos anclas, y en la misa que celebramos a continuación exhorté a todos a poner nuestro viaje en manos de la providencia de Dios, que haría el mar y los vientos favorables a nuestra navegación en proporción con el cuidado que pusiéramos en mantener nuestros corazones en la pureza de la gracia y en la fidelidad a su servicio.

Al acercarse la fiesta de Pentecostés, dispuse a nuestro rebaño, compuesto de ciento veinte personas, a recibir el Espíritu Santo por la penitencia, y abrí el jubileo que Su Santidad había concedido por entonces a los fieles para obtener la paz. Todos hicieron la confesión general. En ello nos ocupamos hasta el día del Corpus, pretiriendo prevenir, en medio de los peligros del mar, antes que aguardar con incertidumbre a llegar al sitio adonde pretendíamos ir.

Un barco pequeño de Dieppe, que iba a San Cristóbal, ancló en San Vicente de Cabo Verde la víspera de san Juan Bautista, en donde nosotros estábamos detenidos para la provisión de agua. Gran parte de los pasajeros ganaron el jubileo en tierra, en donde celebramos la misa.

Al día siguiente, tiesta de san Juan Bautista, vinieron a oír misa doce portugueses negros, buenos cristianos, y al final cantaron con música el Te Deum y pidieron los sacramentos, que no les pudimos administrar por no entender su lengua. Le escribí a usted desde allí y le indiqué la necesidad de sacerdotes que había en el país de Senegal, cerca del Cabo Verde, en donde los habitantes, que son negros, muestran muy buena disposición para recibir el evangelio. El único peligro que hay allí es que durante una estación el aire es un poco malsano. Si se desease Conocer la forma y los medios de establecerse en aquel país, habría que dirigirse al señor Rozée, residente en Rouen, que es uno de los directores y señores a quienes se les han confiado aquellas tierras y que mandan allá barcos.

Después de permanecer allí seis días tomando vituallas, nos hicimos a la mar y, con viento contrario desde principios de julio hasta el 16 de agosto, nos vimos casi en peligro de tener que volvernos, a pesar de que ya estábamos cerca de la línea. Pero recurrimos a Aquel que saca los vientos de sus tesoros y a la Estrella del mar, la santísima Virgen, en cuyo honor hicimos voto público a Dios de confesar y comulgar la semana anterior a su gloriosa asunción y construir una iglesia en Madagascar bajo la invocación de esta reina del cielo; a ello se añadió una limosna. a voluntad de cada uno. Apenas echamos a Jonás en el mar de la penitencia, cesó la tempestad y el viento se volvió a nuestro favor, de modo que la víspera de Nuestra Señora llegamos a la línea.

La misma ayuda del cielo experimentamos también cuando la fiesta de Nuestra Señora de septiembre: el viento, que estaba en contra nuestra, se hizo favorable inmediatamente después de las oraciones públicas que hicimos en honor de la santísima Virgen, cuya asistencia hemos experimentado en otras muchas ocasiones.

Cuando llegábamos ya al cabo de Buena Esperanza, Dios nos preservó del peligro de chocar contra una roca que estaba oculta a dos leguas de tierra; la descubrió un marinero y se pudo evitar fácilmente. Al acercarnos a la costa para anclar, nuestro barco chocó con otra roca, y estuvimos seis o siete horas con el temor de tener que quedarnos en un país estéril y desconocido; finalmente subió la marea, sin que recibiéramos daño, y echamos el ancla en el puerto que se llama bahía de Saldaña.

3. De la bahía de Saldaña y de sus habitantes.

Por lo largo del viaje y el uso de carnes saladas y del agua que se va corrompiendo por el tiempo, muchos habían contraído una enfermedad en los nervios y en las coyunturas, que se llama escorbuto. En tierra se cura esta enfermedad. En aquel lugar, al ir a tomar agua, vimos algunos negros, habitantes del país, vestidos con pieles de animales, armados con arcos y flechas que utilizan para cazar, muy delgados y tan hambrientos que se echaban como perros sobre la carne que se les tiraba. Me llené de compasión al ver a aquella pobre gente en la ignorancia de su Creador y, postrado en tierra, rogué a Aquel que quiere que todo el mundo se salve y llegue al conocimiento de la verdad que les dé los medios necesarios para su salvación. Ellos observaron mi conducta y se dijeron entre sí: «Esos son saterons», esto es, grandes sacerdotes; esto me hace creer que hay entre ellos personas destinadas a una especie de culto, aunque no observé ninguna señal del mismo, a no ser que los hombres estaban circuncidados y que las mujeres se cortan una juntura de un dedo cuando nace su primer y segundo hijo; pero creo que estas cosas se observan más bien por costumbre que por motivos religiosos. Observé entre ellos cierto orden, pues en las comidas estaban separados los hombres, las mujeres y los niños, comiendo cada uno con sus semejantes. El medio para ayudar a aquellos pobres bárbaros sería, según creo, procurar de pasada conseguir amigablemente uno o dos muchachos de doce o quince años y enseñarles nuestra lengua. Si algunos de los nuestros pasan por allí, les ruego que intenten este medio o algún otro mejor.

Después de permanecer ocho días en el cabo de Buena Esperanza, salimos y llegamos a alta mar; pero inmediatamente el viento contrario nos obligó a echar el ancla, quizás porque Dios quería castigar nuestra negligencia o frialdad en agradecerle las comodidades que acabábamos de encontrar en tierra; pues, habiendo celebrado la santa misa por esta intención, tuvimos un viento tan bueno que al poco tiempo pasábamos el cabo de las Agujas, que ordinariamente es muy difícil y peligroso.

En lo que he admirado mucho la sabiduría de Dios durante nuestra navegación ha sido en la innumerable multitud de peces diferentes muy parecidos a los animales de la tierra, entre los que hemos visto algunos con alas, con las que pueden salvarse cuando los persiguen los otros peces. Algunos de ellos vinieron incluso a nuestro barco.

En fin, después de seis meses de navegación, descubrimos la tierra de Madagascar. Exhorté entonces a todos los del barco a perdonarse mutuamente las pequeñas ofensas que se habían cometido durante un viaje tan largo y molesto; todos prometieron hacerlo así. Y el cuatro de diciembre echamos el ancla en el puerto tan larga y ardientemente deseado.

Al llegar al puerto, fui de los primeros en pisar tierra y, apenas llegar, me arrodillé para ofrecerme a Dios en el cumplimiento de sus designios y tomar posesión espiritual de esta isla y de todas las demás, en su nombre, por la autoridad de nuestro santo padre el papa, a fin de establecer el imperio de Jesucristo destruyendo el del príncipe de las tinieblas. Fui inmediatamente a la capilla del fuerte para celebrar misa, que llevaba ya cinco meses sin-poder decir por falta de materia para la consagración. Al día siguiente, cinco de diciembre, el señor de Flacourt, nuestro conductor y gobernador enviado a la isla, junto con mi compañero el padre Gondrée y todos los del barco que vinieron al fuerte, celebré una misa solemne en acción de gracias y cantamos el Te Deum, tal como habíamos hecho voto cuando estábamos en el mar. Los franceses que allí estaban nos recibieron con gran alegría. Cada cual se alojó donde pudo y nosotros tomamos una pequeña choza que quedaba.

4. De nuestra ocupación en el barco.

Estoy seguro, padre, de que desea usted saber con qué ejercicios, durante los seis meses y medio que estuvimos en el mar, intentamos procurar la gloria de Dios. Se los referiré con toda sencillez. Desde que embarcamos hasta llegar a Madagascar, cuando el tiempo lo permitía, decíamos la santa misa y teníamos por la mañana y por la tarde las oraciones públicas de la forma que nuestra congregación observa en las misiones. Había mandado imprimir unos folletos para ello y se los distribuí a los del barco.

Los dispusimos a ganar el jubileo y procuramos que hiciesen la confesión general con este fin. Desde nuestra partida de Cabo Verde, que fue unos días después de san Juan Bautista, al ver que había a nuestro lado mucha gente apiñada, tanto marineros como pasajeros, que necesitaban instrucción, teníamos tres o cuatro veces por semana pláticas sobre los principales misterios de la fe y otras materias más necesarias, de la forma que observamos en las misiones de Europa, preguntando después del exordio a los jóvenes las cosas principales que se habían tratado en la instrucción anterior y prosiguiendo luego con una charla larga sobre otro de los puntos importantes para la salvación; después de haber proseguido así durante seis semanas con mucho fruto, lo dejamos para no ser pesados y concederles algún descanso. Nuestra ocupación durante el día era más o menos como en nuestras casas, excepto que algunas veces teníamos que acomodarnos a las circunstancias, al lugar y a las personas.

Después de la oración mental y del oficio divino leíamos un capítulo de la sagrada Escritura y nos comunicábamos las ideas que habíamos tenido, para aplicarlas tanto a nuestro provecho como al del prójimo. Y como en un barco se está tan estrecho, nunca faltaban enfermos, que visitábamos uno por la mañana y otro por la tarde.

A las nueve y media leíamos juntos las cartas de san Francisco Javier y señalábamos lo que nos podría ser útil. Teníamos las conferencias sobre nuestras necesidades y las de los del barco, para remediarlas.

A fin de pasar provechosamente el tiempo, que resulta aburrido en medio de la ociosidad, habíamos invitado a nuestro pueblo a reunirse tres o cuatro juntos, y uno les leía a otros la Introducción a la vida devota del siervo de Dios Francisco de Sales, y la Imitación de Cristo; todo esto resultaba muy edificante. Logramos convencer a muchos para que tuvieran conferencias espirituales dos o tres veces a la semana sobre diversos temas, especialmente sobre las ocasiones de ofender a Dios y los medios especiales para resistirlas. Palpábamos claramente, por las respuestas de los pasajeros y de los marinos, que Nuestro Señor estaba en medio de nosotros, y al final, recogiendo las ideas que se habían dicho, añadíamos las nuestras familiarmente y concluíamos con una historia de la sagrada Escritura o algún ejemplo de la vida de los santos.

Después de cenar, uno se juntaba con un grupo de gente y otro con otro para cooperar a las buenas conversaciones, acabando con las malas e inútiles. Con este mismo fin introdujimos la práctica de que, cuando uno juraba o pronunciaba palabras poco honestas, extendía la mano y recibía un palmetazo después de prometer enmendarse. Esto se hacía sin severidad y con el consentimiento de cada uno. Después de haber concedido algún tiempo a la conversación nos retirábamos a nuestras pequeñas cabinas, adonde iban a buscarnos cinco seis niños para tener con otros coloquios espirituales con historias que les contábamos aplicándolas a su inteligencia; luego rezábamos juntos alternando el rosario.

Así es, padre, como ocupábamos el tiempo durante nuestro viaje; puede usted creer que, si Dios nos dio la gracia de cooperar de este modo a un orden mejor durante la navegación, contribuyó mucho a ello el celo del señor de Flacourt, nuestro gobernador y comandante, ya que las cosas no habrían podido marchar así sin el apoyo de su autoridad, y la verdad es que debemos a su piedad la mejor parte de lo bien que resultó nuestro viaje.

5. Breve descripción de la isla de Madagascar y de sus habitantes.

Antes de decir lo que hemos hecho en este país. me parece necesario hacer una breve descripción de la isla, de sus habitantes, de sus normas y costumbres, para que sepa usted en qué situación hemos encontrado las cosas de la religión.

Esta isla de Madagascar recibe también el nombre de San Lorenzo, por haber sido descubierta en ese día. Su longitud es de seiscientas millas italianas; su anchura es de doscientas millas en unos lugares y de cuatrocientas en otros; tiene un circuito de mil cuatrocientas millas. Hace mucho calor, pero no es intolerable.

Está dividida en varias regiones separadas por montañas muy altas. Los que conocen mejor el país dicen que habrá más de cuatrocientas mil almas. Nosotros residimos en un extremo de la isla llamado Tholanghare. Estamos cerca del trópico a 25 grados de latitud, por lo cual tenemos las estaciones al revés que en Francia.

En cada región hay un principal, al que se le reconoce como jefe y es como un reyezuelo. Cada reyezuelo tiene unos tres mil o cuatro mil hombres. Su riqueza consiste en tres o cuatro mil bueyes, que tienen en propiedad, y en el tributo que les paga la gente, o sea, la quinta parte de sus reservas de arroz y de raíces. No les conviene el nombre de rey, ya que no son absolutos y por otra parte viven tan pobremente que no hay ningún señor en Francia por pequeño que sea que no viva con mayor honor que el más grande de Madagascar. Los hijos no heredan la realeza, si no son lo bastante mayores cuando muere su padre. Sobre estos reyezuelos hay otros mayores casi tan poderosos y ricos como ellos. Todos esos jefes son carpinteros.

Hay dos clases de habitantes. Unos son negros, con los cabellos rizados, como el que se bautizó en París, que está al servicio de los franceses y continúa siendo cristiano. Hay otros que son blancos, con cabellos largos como los franceses; éstos vinieron de la costa de Persia hace unos quinientos años. En algunas regiones se han hecho dueños de los negros, como en este sitio en que estamos; en otras, están sometidos a los negros, como entre los Matatanes y en otras partes. Dicen que su genealogía se deriva de cierto Ramini, engendrado de la espuma del mar, y que ese gran personaje era amigo de Mahoma.

En la isla la mayor parte viven en aldeas, al pie de las montañas, de las que brota el agua en tal cantidad que se forman ríos que desembocan en el mar cercano. Hay algunos hombres nómadas llamados Ombilambo, que son un poco salvajes y viven en el bosque robando a los que pueden y huyen apenas ven a una persona desconocida. No hay ciudades, ni fortalezas, ni hospederías. Todas las casas son de madera, cubiertas de hojas y muy bajas. Apenas se puede entrar y salir por las puertas, de pequeñas que son. El fuego y la cocina se encienden dentro de casa, sin chimenea. No tienen más camas ni sillas que el suelo de madera, donde duermen; comen y beben sobre un mantel de juncos,

Los alimentos del país son el arroz, los bueyes, los corderos y las cabras en pequeña cantidad. En el sitio en que estamos hay en abundancia. Más lejos, adonde van los negociantes, hay también aves. No hay trigo ni vino, pero hacen cierta bebida con miel. Hay raíces, habas, melones, limones y naranjas en cantidad. No hay animales de caza, a no ser algunos jabalíes, bueyes salvajes y unas cuantas aves acuáticas.

Los ríos llevan muchos peces, pero casi siempre resulta peligroso pasarlos, por causa de los cocodrilos, que son muy abundantes y peligrosos.

Todos los habitantes van con la cabeza desnuda y los pies descalzos. Sus vestidos son diferentes de los nuestros, pues van cubiertos con un manto, que es de una vara y media de largo y tres cuartos de ancho; las mujeres van también vestidas de esos paños cosidos, desde las espaldas hasta los talones. Aunque la forma de los vestidos sea parecida, su calidad es distinta en unos y otros, pues cada uno va vestido según su condición: los jefes van vestidos de seda y los demás de algodón. Los niños van desnudos hasta los siete u ocho años. Llevan todos las orejas agujereadas con un hueco muy ancho, que llenan con un trozo de madera hecho expresamente para eso, que adornan según su dignidad con placas de oro o con conchas orientales. También suelen llevar brazaletes.

Viven muchos años. Se ven muchos ancianos, que dicen que tienen tantos años que no se pueden contar.

6. ¿Cuál es la secta o religión del país y sus ritos supersticiosos?

Aunque no hay en este pueblo ninguna religión estable, y determinada, ya que no se ve en toda la isla ningún templo ni sacerdote, hay sin embargo algunos ritos y ceremonias supersticiosas que se introdujeron hace quinientos años, cuando los blancos, que son propiamente cafres, llegaron desde las costas de Persia para seducir a los naturales del país, pues al ver que eran sencillos por naturaleza, sin ley y sin religión, les atrajeron fácilmente a las supersticiones del mahometismo, de las que unos y otros observan todavía algunas, como no comer carne de cerdo, sacrificar los bueyes antes de comérselos y otras cosas de los que luego hablaré. Hay también una especie de idolatría.

En primer lugar, ellos dicen que Zanahary, esto es, Dios, es señor de todo el mundo; pero lo dejan encerrado en el cielo, en donde está, según dicen, como un rey en su reino. En algunos sitios, sin embargo, como no conocen ni a Dios ni al diablo más que de nombre, le dan la preferencia al diablo en sus sacrificios concediéndole la primacía. «Esto, dicen, es para Andian Rabilo, esto es, para el señor diablo; y esta otra parte es para Zanahary, o sea, Dios». No sé por qué será, a no ser que teman más al uno que al otro, ya que hay entre ellos algunos posesos, o por lo menos, atacados, según dicen ellos, por Zechare y Drimi, que son nombres de diablos en este país.

Los jefes se dejan llamar dioses, y cuando quieren alabar a los franceses los llaman Zanahary, aunque no se les tolera. Los más inteligentes de entre los blancos tienen cierto conocimiento imperfecto de las cosas que se refieren a la creación del mundo del pecado de nuestros primeros padres y de otras cosas semejantes. Dicen que los malos, generalmente hablando, irán al fuego, sin saber dónde ni por cuanto tiempo.

Hay Ombiasses: esta palabra significa escribanos. Y son llamados así porque saben leer y escribir en árabe. Son respetados entre ellos como los sacerdotes entre nosotros. Son los maestros de ceremonias, costumbres y supersticiones del país. La población los teme por causa de su escritura y de sus libros, en los que no hay ninguna lógica, ni razón, ni doctrina, sino solamente por una y por otra parte que Dios es grande, y algo del Corán, que ellos llaman Ala Koran. El resto del contenido de esos libros no consiste más que en ciertas figuras mal trazadas, que esos escribanos hacen creer que son apropiadas para vencer las enfermedades, adivinar las cosas futuras y encontrar las perdidas.

La costumbre de circuncidar a los niños es general por toda la isla, no por principios religiosos, sino por un motivo puramente humano; no lo hacen al cabo de ocho días, sino que en unos sitios esperan a hacerlo un año, en otros dos, tres, cuatro, cinco, seis y hasta siete años después del nacimiento.

Esta ceremonia se realiza por medio de los Ombiasses en unas reuniones. Los padres y las madres llevan a sus hijos con provisiones y alimentos para los escribanos, como bueyes, capones, etcétera. Apenas se ha circuncidado al niño, se pone sangre de un buey y de un capón degollados sobre la herida del circuncidado. La circuncisión general y más importante se hace el año del viernes: porque ellos distinguen los años como nosotros los días de la semana, y ahora estamos en el año del viernes.

Los blancos observan una especie de ayuno en dos meses diferentes, que consiste en no comer de sol a sol, durante la noche toman lo suficiente para el día. Se abstienen de comer carne de buey y de beber vino, pero no les está prohibido comer capones y tomar aguardiente; si alguno no quiere ayunar, puede hacer ayunar a otro en su lugar. No dan ninguna explicación ni señalan ningún origen de esta superstición, sino que es una costumbre de sus antepasados y que sus libros dicen que los que falten en esto irán al fuego.

Observan otra superstición que llaman Missanath, esto es, reunión de banquetes, que se hace cuando un jefe construye una casa nueva o restaura una vieja, y es una de sus fiestas principales, que relataré a continuación para que se entienda mejor lo que luego diré. He aquí cómo se realiza esta ceremonia. Cuando llega el tiempo de entrar en la casa nueva o restaurada, los súbditos de ese jefe se reúnen y acuden a él con presentes, unos con bueyes,-otros con vino de miel, vasijas de barro y otros utensilios de cocina, según la moda del país. En jefe recibe esos donativos por medio de uno de sus fieles, que le va señalando con el dedo cada una de las piezas que le han traído; luego, a la puerta, les dirige a todos un discurso deseándoles felicidad temporal, que puedan prosperar y vivir por mucho tiempo, y les anima a vivir y a proseguir sus servicios y regalos. Los otros Roandries, o jefes, que están por debajo del rey, o los principales de la región, acuden también en esta ocasión con parte de sus súbditos para traerle ofrendas. Al llegar, hacen sus ejercicios con las armas del país, que son partesanas y lanzas de hierro; luego sale a su encuentro el dueño de la casa y, señalando con una lanza su corazón, los abraza a continuación con gritos recíprocos de alegría.

Se pasan dos o tres días recibiendo al pueblo y sus obsequios, y el día destinado a hacer la entrada en la casa se traen quince o dieciséis bueyes, agarrados por unos cuantos hombres para calmar su furia, se les derriba y se les ata las patas, se les plantan los cuernos en tierra y se les prepara para el degüello, acariciándoles el cuello. Entretanto los Ombiasses, en número de tres o cuatro, revestidos de ropajes con un rico cinturón atado con un lazo a la espalda, se acercan solemnemente, con un gran cuchillo en la mano, hasta el lugar donde están los bueyes y dan tres vueltas a su alrededor. En la primera vuelta le echan encima arena del mar; en la segunda, hierba arrancada de la orilla del mar; y en la tercera, agua del mar. Luego los degüellan con presteza y recogen la sangre en cuencos de madera, presentándoselos a los jefes, que se signan en el pecho y en la frente, rezando para que esto les proporcione felicidad y larga vida. Hecho esto, inicia la procesión el dueño de la casa, con un gran cuchillo en la mano, seguido de los jefes, dando tres vueltas en torno a la sangre de los animales, y entran todos en la casa, donde dan otras tres vueltas con gritos de alegría, dando fuertes golpes con los pies sobre el suelo para demostrar que la casa es sólida y bien construida y que puede habitarse con seguridad.

Después vienen los Ombiasses, trayendo antorchas de cera y llevando con solemnidad sus soratra, esto es, sus libros, de los que ya he hablado. Al pasar, van apartando al pueblo y abriéndose camino, amenazando con calamidades a los que no se retiran demasiado a prisa. Yo estaba presente en esta ceremonia y riéndome de ella. Me quisieron apartar, como a los demás, y les dije: «No, yo no tengo miedo de vuestros libros, que no son más que de tinta y papel; no pueden hacer daño a nadie, lo mismo que el polvo que pisáis+. Se extrañan de mi discurso y de mi poca consideración a sus ceremonias, pero sin replicarme, lo mismo que ha pasado en otras ocasiones en que reproché sus engaños, con los que se aprovechan del pobre pueblo. Los asistentes decían que el Ombiasse de Vazaha, esto es, el sacerdote de los franceses, superaba tanto en ciencia y en doctrina a sus escribanos como los franceses superan generalmente en capacidad a los negros. Cuando llegaron a la casa estos portadores de libros, dieron tres vueltas alrededor asperjándola con sangre, para que durase muchos años y no les sucediera nada malo a sus moradores. Luego vino a presentarse en la puerta el Roandria y, sentado en el suelo, dirigió una alocución al pueblo para animarlo a su servicio, y les repartió unos cuatrocientos o quinientos bueyes para unas cuatro o cinco mil personas. Se comen la piel del animal con la carne, lo mismo que hacemos en Europa con el cerdo. Y así se pasa toda la mañana, yendo luego cada uno a cocinar su trozo de carne.

Entretanto las mujeres de los Roandrias preparan el banquete para la casa del jefe y mandan traer a los esclavos trescientas o cuatrocientas raciones de arroz y de carne en hojas que sostienen con la mano; otros manjares de más volumen los traen en hojas grandes de diversas formas, esas hojas están hechas de corteza rojiza.

Finalmente, a eso de las dos de la tarde, la gente se reúne de nuevo ante la puerta del jefe y allí, el sonido de tambores hechos con el tronco hueco de un árbol, cubierto de piel, golpeándolos con un palo por un lado y con la mano por otro, se ponen a danzar con posturas grotescas, cantando las historias del país. Traen una gran cantidad de vino de miel y se lo distribuyen a la gente; en medio de gran confusión y de una general borrachera terminan la jornada y la ceremonia; y al día siguiente, cada uno se vuelve a su casa.

Le pregunté a un Ombiasse las razones de cada una de estas ceremonias, pero sólo supo responderme que era una costumbre de los antepasados. Hay entre ellos varias fiestas o reuniones, en las que también celebran estos banquetes, como por ejemplo antes y después de la cosecha de arroz.

Añadiré a la ceremonia anterior los ritos que observan para librar a los energúmenos. Hace algún tiempo salí a unas 30 ó 32 millas de aquí para instruir a los de alrededor y n?e dijeron que había allí dos mujeres endemoniadas. Yo no vi en ellas ninguna señal de posesión, sino sólo un rostro melancólico. Me dijeron también que no podían hablar. Quise ver qué es lo que hacían; buscaron a un Ombiasse, que mandó a todos los presentes a aquellas dos mujeres que tomasen cada uno una lanza en la mano; luego el exorcista inició una danza, que hacían como si quisieran pisar con los pies y deshacer con las manos alguna cosa de la que sentían horror. Cuando estaban todos enardecidos en la danza, el viejo Ombiasse hizo como si lanzase su lanza contra una vasija llena de agua, les dio de beber a las mujeres de aquel agua y les dio con la rodilla un golpe, como si quisiera echar de ellas al demonio; a mi juicio, no estaban endemoniadas, sino que se trataba sólo de un humor melancólico, que aquel bribón logró disipar con el bullicio de la danza.

Así es como hacen sus milagros, para hacerse r espetar, sin olvidarse de que les paguen, sobre todo cuando se trata de un enfermo rico. Los curan de este modo. Primero se ponen meditabundos y se recogen en silencio; toman luego una tabla esparcen sobre ella arena, sobre la que hacen luego unas líneas y marcan unos puntos; a esto lo llaman Sakilo; lo repiten varias veces para saber el resultado de la enfermedad. Una parte de esa arena la meten en un trozo de cera y la venden, mandándola llevar al cuello para obtener la salud; hacen traer un gran número de bueyes y de capones y dicen que hay que retirar éste más bien que aquél. Lo importante es que siempre escogen los mejores, con ganas de coger la mejor parte. Luego se ponen a escribir sobre unas hojas, las meten en una vasija y hacen beber ese agua al enfermo. Si el enfermo recobra naturalmente la salud, atribuyen su curación a estas tonterías. ¿Quién no sentirá compasión de la simplicidad de esta gente, que se deja engañar de este modo, y quién podrá contener su justa indignación contra estos bribones, que saben perfectamente que estas cosas son ridículas e impertinentes?

Lo que va más directamente contra el honor de Dios y lo que nos costará más trabajo superar es una especie de culto igualmente ridículo y condenable que los nobles y sus súbditos rinden a ciertos ídolos, a los que llaman olis, algo así como ungidos. Los hacen y los venden los Ombiasses. Estos idolillos están hechos de un trozo de madera o de raíz hueca, que se ponen a la cintura; allí meten polvo y aceite; algunos tienen figura de hombres, imaginándose que están vivos y que 5011 capaces de darles todo lo que les pidan, como el buen tiempo o la lluvia, que les preserven de enfermedades o de enemigos. Les dan de comer, unas veces miel y otras el corazón de ciertas aves. Y como muchas veces les he dicho que estos olis eran cosas muertas, que no pueden comer ni tienen virtud alguna, lo mismo que una piedra cualquiera, ellos se enfadan conmigo y, al no poder impedir que les demuestre su abuso, se esfuerzan en desviar la conversación; si se les urge, confiesan en privado que es verdad, pero que si son cosas muertas, su alma está con Dios. Cada uno tiene un ídolo de esos en su casa y se los llevan consigo al campo; recurren a él en sus necesidades, lo mismo que hacemos nosotros con Dios; en la duda no hacen nada sin pedirle consejo, y luego, al primer pensamiento que se les ocurra, se imaginan que se lo ha sugerido su olis. Cuando siembran el arroz y otras legumbres, llevan sus olis al campo, les sacrifican un animal, asperjan el campo con la sangre de aquella victima y rezan a sus olis que les den arroz bueno y abundante.

Cuando quieren pasar un río, recurren primero a sus olis, pidiéndoles que los protejan de los cocodrilos que hay allí; luego se dirigen a los mismos cocodrilos, les dirigen un discurso y les dicen en voz alta: «Mira, tú sabes bien que nunca los míos le han hecho daño a tu padre ni a tu madre, ni a ti mismo; te ruego que no me lo hagas tú a mí». Luego se acusan del mal que hayan hecho: «Es verdad que he robado esto y aquello, pero lo devolveré». Arrojan luego un poco de agua y de arena a las cuatro partes y atraviesan el río tranquilos, cuando los cocodrilos atrapan a alguno, dicen que sus olis no eran buenos. Yo les he dicho que abandonen esa abominable superstición y que se encomienden solamente a Dios, que es omnipotente, y que atribuyan a su bondad lo que atribuyen a aquellos ídolos.

La mayor parte de la gente de nuestros alrededores, gracias a Dios, ya han dejado estos abusos. El mismo Dios, que siempre se ha mostrado celoso de su honor, no deja sin castigo estas abominaciones, pues les envía, como hizo antiguamente en Egipto, una cantidad tan enorme de langostas que llegan a oscurecer el cielo y llenarlo todo, lo mismo que esos copos de nieve muy espesa que se ven en invierno en los países del norte; en estos momentos en que estoy escribiendo, la tierra está cubierta de langostas, et comedunt fructus terrae eorum et omne faenum; y luego la tierra queda como si hubiera pasado el fuego sobre ella. Los Ombiasses y algunos de los jefes, lejos de reconocer que se trata de un castigo de Dios por su idolatría. hacen creer al pueblo que ellos tienen poder para hacer venir a esas langostas y para hacer que se marchen; y cuando no les dan lo que piden, como arroz y otras cosas, amenazan con hacerlas venir; si luego vienen, dicen a esta pobre gente: «¿No os lo había dicho?». Y cuando se lo han comido todo y se van a otra parte, se jactan de haberlas echado ellos. Hemos de esperar de la bondad de Dios que libre a estas gentes de tan terrible azote, si se someten al yugo de la fe y a la práctica de sus mandamientos.

7. De las costumbres civiles del país.

Entre ellos se hacen la guerra para quitarse unos los bueyes de los otros.

Los jefes tienen sus esclavos y los consideran como perros; venden los hombres al mismo precio que los bueyes, y a los niños como terneros.

Los blancos, en todos los sitios en que son los amos, se reservan el derecho de degollar a los animales que se matan para comer, de forma que a un negro no se le permite matar a sus propios animales. Estos matarifes son ordinariamente los Ombiasses, que se quedan con una parte del animal sacrificado, ordinariamente con la mejor. Los sitios en que siguen mandando los negros no toleran que los blancos gocen de ese privilegio. Esta costumbre es una invención para impedir el robo de ganado y para hacer que los jefes tengan más animales después de la muerte de sus súbditos, ya que entonces se quedan ellos con todo, sin dejarles nada a los hijos de quien trabajó toda su vida para reunir alguna cosa.

El recurso que utilizan para tener siempre sujetos a sus súbditos es que se han apoderado de las mejores tierras, donde siembran arroz, legumbres y otros productos, quitándoles las posesiones que les quedan, para empobrecerlos y obligarles a acudir a sus almacenes, que están bien provistos.

A los ladrones se les castiga de diversas maneras. Si son jefes o dueños de alguna aldea, pueden redimirse pagando bueyes; si son pobres, los matan o, si les indultan, el que fue robado se queda con la mujer y los hijos del ladrón como esclavos.

El vicio general del país es la lujuria. Ninguna de sus especies resulta deshonroso, a no ser que, cuando se encuentra a Un hombre en adulterio, se le castiga lo mismo que al ladrón: si es jefe o rico, se le rescata; si es pobre, se le mata o se le hace esclavo.

Al que mata a otro se le puede también rescatar; y si es pobre y no tiene amigos, lo hacen esclavo o lo matan, pero si el hijo de un jefe mata a su padre, entonces no se le hace morir.

El matrimonio se contrae entre parientes, excepto en el primer grado. No es estable; está permitido separarse y casarse con otro, como sucede con frecuencia. Está permitida la poligamia, aunque no es general, sino que se da sólo en gran parte de los jefes, que tiene medios para alimentar muchas mujeres.

Entre los negros no hay ceremonias especiales para el matrimonio, sino que la elección depende de las partes y no de los parientes. De ordinario el marido compra a su mujer, dando por ella a los padres unos cuantos bueyes o alguna otra cosa. Pero entre los nobles se tiene una reunión de parientes, amigos y sujetos de una parte y de otra; y muchas veces el acuerdo y la promesa de matrimonio la hacen los padres desde el nacimiento del niño o de la niña. Se casan muy jóvenes. El día de la boda se matan unos bueyes, como en sus Missanats; y en presencia de los parientes, los Ombiasses les desean muchas felicidades temporales. Se atan los cabellos de los esposos y, tomándose de la mano, el marido pone su rodilla sobre la de su esposa. Sigue después el banquete y la ceremonia termina con una danza.

Los franceses antiguos me han asegurado que las madres, cuando les nace un hijo en sábado, entre la puesta del sol y el canto del gallo lo dejan abandonado, así mueren esos pobres expósitos, si no los encuentra alguien por casualidad, como pasa a veces aquí. Esas madres desnaturalizadas dan como razón de este hecho inhumano que es una hora maldita y que, si esos niños viviesen, matarían algún día a sus propios padres. Sin embargo, les dejan vivir a veces, aunque como esclavos de sus hermanos.

Se dice también que en la isla de Santa María, que está en un extremo de ésta, las madres abandonan a los hijos que nacen en ciertos días que creen malditos, que son tres o cuatro cada semana. Pero de esto no tengo noticia exacta, ya que se hace en secreto, lo mismo que hacen en Europa las madres desnaturalizadas para cubrir su honor. También se dice que es esto común en este país, cuando la madre es de la raza de los jefes y concibe de un esclavo.

No se les da nombre a los recién nacidos hasta los siete u ocho años; entretanto se les llama amboa o lambo a los niños, esto es, perrito o cerdito, ya que tienen más de animal que de hombre. Cuando son mayorcitos, un Ombiasse observa el planeta bajo el que ha nacido el niño y les da a los niños el nombre de Radama, que significa Adán, o Raby, Ramose, Elías, Moisés, u otros nombres de profetas. A las niñas las llaman Rahona, que significa Eva, Ramary o María, y otros nombres que significa hermosa, muy rica o de larga vida.

Los funerales se celebran según la calidad de las personas. Si es un Roandrie, ilustre, lo sepultan con hermosos ropajes, con el rostro descubierto y adornado, según la moda del país, con un collar de coral y granos de oro y plata. Los amigos y parientes del difunto se reúnen y acuden a los funerales; en un determinado momento, empiezan a llorar y se quitan sus joyas, se acercan al cadáver doblando ante él la cabeza y llorando con lágrimas abundantes y muchos gemidos y cánticos lúgubres. Se queman perfumes y maderas olorosas y luego se lleva al muerto al lugar destinado para la sepultura; al llegar redoblan sus gritos y gemidos y lo entierran. Luego matan unos bueyes y se alegran más de lo que antes se había entristecido. Más tarde los carpinteros que son todos ellos jefes del país, le hacen una especie de casa sobre la fosa, y los esclavos en gran número acercan una piedra en forma de pirámide, que elevan por encima de la sepultura, poniendo en su cima un cuerno de buey.

Esta misma ceremonia se observa generalmente en los funerales de toda clase de personas, aunque la pompa de los funerales aumenta o disminuye según la clase del difunto. Tanto los pobres como los ricos llevan los primeros frutos que recogen a las tumbas de sus padres y plantan árboles frutales alrededor de las sepulturas, sin que nadie se atreva a coger sus frutos. Cuando tienen algún mal sueño, matan un animal en recuerdo de su padre difunto.

En el sitio en que estamos ignoran por completo qué es la que pasa con el alma después de la muerte y si se separa del cuerpo para siempre. Ahora que les decimos lo que nos enseña la fe, se quedan muy admirados, sobre todo cuando oyen hablar de una eternidad dichosa o desgraciada.

Esto es todo lo que hemos podido observar de sus costumbres y supersticiones, tanto por lo que hemos preguntado, como por lo que nosotros mismos hemos podido ver. Hay otros muchos lugares en el otro extremo de la isla, que no conocemos. Se dice que hay portugueses en un sitio y holandeses en otro. Cuando hayamos ido por toda la tierra y rodeado la isla con un barco, le comunicaremos todos los detalles. Pero aun cuando sólo estuvieran los hombres que nosotros conocemos, este gran número de ovejas sin pastor, expuestas a la furia y a la crueldad de los lobos, basta para conmovernos y llenarnos a todos de una cristiana compasión, sobre todo al pensar que tienen muy buenas disposiciones y que las redes de un pobre pescador y pecador como yo soy no son capaces de recoger tan gran multitud de peces, si no vienen en mi ayuda obreros celosos y expertos, como podrá deducirse de lo que diré a continuación.

8. En qué situación encontramos la cosas de la religión cristiana.

Después de hablar del país, de los habitantes, de sus costumbres y supersticiones, será conveniente señalar en qué situación encontramos las cosas referentes a nuestra religión, por cuya propagación hemos venido a esta isla. Cuando los señores de la compañía de Indias tuvieron conocimiento de estos lugares por medio de una persona hereje, que tenía los recursos necesarios para establecerse aquí, se vieron obligados al principio a confiarle la dirección y el gobierno de aquellos a quienes enviaban, que eran católicos, a excepción de unos nueve o diez herejes, que llevó aquel comandante. Esos señores han tenido siempre algún sacerdote para atender espiritualmente a los franceses, y nosotros nos hemos encontrado aquí con uno llamado señor de Bellebarbe. Ha trabajado según sus posibilidades, pero con poco fruto, ya que no se veía apoyado por el comandante que, aunque dejaba decir misa a los católicos, tenía la predicación en su casa; esto, junto con otros desórdenes domésticos, hacía que los infieles no fuesen ni a las oraciones de los católicos ni a las del comandante, extrañados de ver dos clases de religiones en las personas del mismo país. Estos señores han quitado este obstáculo para la mayor gloria de Dios, retirando al comandante y prohibiendo que fuera admitido ningún hereje en el barco para venir acá. Y el señor de Flacourt, que es de estos señores, al recibir esta orden, ha venido en ese viaje tanto por interés de la gloria de Dios como para servicio de la misma Compañía; es de esperar que el cielo le bendiga en ambas empresas. Y Dios, con su gran misericordia, nos ha escogido como obreros para cuidar de las almas de los franceses que están en este país y trabajar por la conversión de los infieles.

No hemos encontrado en este país más que cinco niños bautizados, a saber, una niña abandonada en el bosque, el hijo natural de un francés y tres esclavas pequeñas traídas de la guerra y apartadas de la matanza, que fueron bautizadas por un diácono, ya fallecido.

9. De nuestras ocupaciones en este país.

Procuramos ante todo edificar y ganarnos a todos con un amable y cariñoso trato. Dios ha querido servirse especialmente de este medio para la conversión de cinco herejes. Nuestra primera ocupación fue disponer a los franceses que encontramos aquí para ganar el jubileo por la paz. Luego nos dedicamos al estudio de la lengua del país, que nos cuesta mucho, ya que el diccionario que nos prestaron en el barco, además de contener Muy pocas palabras, no estaba en muy buen orden ni era seguro; hay mucha diferencia entre la pronunciación y la escritura; una cosa es saber el significado de una palabra separada y otra conocer su valor en la construcción y oírla en el discurso de los naturales del país. Por eso tuvimos que buscar con mucha dificultad intérpretes, que se veían muy apurados para encontrar palabras con que explicar nuestra fe en un país donde no se habla de religión. Hemos procurado formar dos de ellos, que se llaman Claudio Hastier y Francisco Grandchamp; este último se explica mejor.

Apenas pudimos balbucear un poco, empezamos a instruir a los infieles, entre los cuales son mucho más dóciles los negros que los blancos, que se juzgan personas de mucho talento y no quieren escuchar cuando se les habla de las cosas de la fe; o, si escuchan, es sólo por curiosidad y con indiferencia. Lo mismo hacen los Roandríes, cumpliéndose en ellos las palabras de nuestro Salvador: Vae vobis divites; y estas otras: Abscondisti haec a sapientibus et prudentibus et revelasti ea parvulis; porque estos buenos negros, después de haber escuchado con interés, se dicen unos a otros: entonces no hay que jurar, ni trabajar los domingos, ni robar.

Los nobles dicen que sus esclavos son incapaces de aprender a servir a Dios, y les gustaría que no les instruyésemos y los mantuviésemos en la ignorancia, por miedo a que llegasen a descubrir su malicia.

Pero como quizás desee usted, padre, que le exponga algunos casos particulares de donde pueda usted deducir con mayor claridad la forma que seguimos para instruir a estos pobres bárbaros y cómo corresponden por su parte a la gracia de Dios, le referiré algunos.

10. Algunos detalles sobre la instrucción a los isleños desde el 15 de diciembre de 1648 hasta después de Pascua de 1649.

Seis días después de llegar, habiendo oído decir que el principal de esta región, llamado Andian Ramach, había estado tres años en Goa, de donde lo trajeron los portugueses a la edad de diecisiete años, y tiene ahora cincuenta, f ui a verle con unos cuantos franceses a Fanshere, donde reside, a una jornada y media de aquí, de parte del señor de Flacourt. Nos acogió amablemente, y habiendo hecho tres signos de la cruz en la frente, la boca y el corazón, dijo: Per signum sanctae crucis de inimicis nostris libera nos, Domine, etcétera, y rezó el padrenuestro, el avemaría y el credo en portugués. Le pregunté por el intérprete por qué no había en el país ningún otro que supiera rezar a Dios y por qué- no se había preocupado él de instruir a sus vasallos. Me respondió que eran incapaces de ello y que no tenía ningún sacerdote para enseñarles. Le dije que yo había venido a servirle a él y a todos sus vasallos, que serían capaces de entender cuando se les hubiera enseñado como a él. Me dijo que se complacía en ello y que asistiría a las oraciones, cuando las hiciese en su aldea. Lo mismo me dijeron otros nobles que había en aquel lugar, y me rogaron que viniera a instruir a sus hijos. Aquel reyezuelo me dijo que lo bautizaron en Goa, en un colegio donde había muchos padres, y que estando enfermo el bautismo le devolvió la salud; después sólo se ha confesado y comulgado una vez; más tarde fue traído acá por un comerciante portugués, con el que vinieron dos sacerdotes que se quedaron en una isla a dos leguas de aquí, donde se pueden ver los muros de una casa construida por los portugueses hace más de cien años, como se deduce de una inscripción en una cruz de mármol. Uno de esos sacerdotes murió y el otro se volvió con el comerciante, después de haber bautizado solamente a un hombre, con el que yo he hablado y que lleva tres cruces sobre la piel en el estómago. Andian Ramach volvió a sus supersticiones ocho años más tarde.

Después de varios discursos por una parte y por otra, acaricié a los pequeños, tendiéndoles la mano al estilo del país y pronunciando algunas palabras en su lengua; luego les hice algunos regalos de piezas de vidrio, que les dejaron admirados, llamándome padre y yo a ellos hijos. Todos me miraban con mucho interés y, cuando me retiré a rezar el oficio divino, venían a verme rezar a Dios y se paraban junto a mí.

Aquel primer viaje me llenó de gozo y de esperanza. Al regresar, comuniqué a mi querido compañero todas estas buenas noticias. Las fiestas de Navidad transcurrieron ganando el jubileo, administrando los sacramentos y predicando a los franceses según costumbre. Al llegar el día de Reyes, para venerar el misterio de la vocación de los gentiles, empezamos a bautizar a los niños no adultos. El señor Flacourt llamó al primero Pedro. Aquella fue la primera piedra de nuestra iglesia espiritual.

Por aquellos días salió un barco con doce franceses, enviados a residir a Santa María, que es una pequeña isla a doscientas leguas de aquí, donde hay un Roandrie, que es el señor, y catorce aldeas con unas seiscientas o setecientas personas muy sociables. Tienen casi la misma lengua que aquí. Es un país poco sano y la tierra, aunque buena de cultivar, es difícil de roturar por la proximidad de la selva. El señor de Bellebarbe fue enviado allá para estar al cuidado de ellos, y le rogué que pusiera todo el cuidado que pudiera por el cristianismo; pero no se quedó allí mucho tiempo y actualmente regresa a Francia.

Poco después, conociendo ya un poco la lengua, les hablamos a los negros y les dijimos que aprendiesen a rezar a Dios. Tenían vergüenza de ello y se excusaban con su falta de capacidad, pero tomándoles de la mano se les enseñó a hacer la señal de la cruz y a pronunciar las palabras; más tarde estaban llenos de gozo al hacer y decir lo que creían antes que les iba a ser imposible. Lo mismo hicimos con la juventud; y el domingo les hacíamos explicar por un intérprete un trozo de la doctrina cristiana; al poco tiempo fueron abandonando la idea que tenían de que eran incapaces de aprender.

Varios Roandríes de los alrededores vinieron a visitar al señor comandante y le hicieron algunos regalos, con la esperanza de recibir ellos más, según la costumbre del país. Aprovechábamos la curiosidad de aquellas gentes para atraerlas, junto con los esclavos y los vasallos que les acompañaban, a que vinieran a ver nuestra capilla, donde por medio de un intérprete les hablábamos de nuestra fe. Decían que eran cosas muy bonitas y que les gustaría aprenderlas. Algunos, al presenciar la misa, preguntaban qué era aquello y por qué, al cantar el sacerdote, todos los franceses respondía de la misma manera. Les decíamos que estábamos todo de acuerdo en pedir a Dios por nuestras necesidades y uniformes en cantar sus alabanzas. Alguno nos dijo que antiguamente sus antepasados habían tenido casas grandes, donde se reunían como nosotros en nuestras iglesias, y que los viernes, después de cantar como nosotros, mataban bueyes, ovejas y cabras en un banquete público, pero que las guerras lo habían abolido todo esto hacía cien años.

Aproveché la ocasión para decirles que les enseñaríamos una manera de rezar a Dios más excelente que la de sus antepasados, que no era más que carnal, y la forma de servirle como él nos manda, sin que fuera necesario hacer festines.

El más sabio de los Ombiasses de aquel país, de cincuenta años, vino a vernos con los demás. Le preguntamos por medio del intérprete cómo servía él a Dios. Nos dijo que Ramofamade, o sea, Mahoma, era su profeta, y Moisés el nuestro; que hacíamos bien en seguir la ley de Moisés, y él la de Mahoma. Nos contó la historia de nuestro primer padre Adán poco mas o menos como está en el Génesis, excepto una circunstancia curiosa, o sea, que había un río de leche, otro de miel y el tercero de vino, y que el motivo de la cólera de Dios fue a causa del mal olor que se sintió cuando Adán y Eva purgaron su vientre en el jardín. Decía también que entre los hijos de Adán unos eran blancos y grandes señores, de los que descendían los franceses y los blancos de este país, los otros negros, y los esclavos, de quienes descendían los negros. Nosotros le hablamos de Jesucristo, Hijo de Dios encarnado. El respondió que sus libros mencionan a un profeta llamado Raissa, que había venido a la tierra inmediatamente de Dios, sin haber nacido de los hombres, y que era más grande que Mahoma, que le acataba. Cuando le dijimos que era Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, a quien adoramos, respondió que Dios no tenía hijos y que era solo; que por lo demás ellos esperaban como nosotros ir al cielo guardando sus ceremonias. Pero no había ninguno entre los intérpretes capaz de explicar el misterio de la Trinidad, como espero que lo habrá con el tiempo, acomodándose a las comparaciones y manera de hablar de este país. La conclusión de esta visita fue que él estaba contento de conocer nuestras creencias y encomendarnos a su hijo, de quince años, para enseñarle luego a él. Acepté con gusto su ofrecimiento, pero aquel pequeño libertino no se quiso quedar. Nos dijo que su padre no le dejaba beber vino hasta que hubiese aprendido sus supersticiones.

Esto es lo que me dijo el más sabio del país, que sin embargo no les decía nada de Dios a sus negros, contentándose con engañarles con sus olis y sus salis. El que pudiera convencer a un Ombiasse como éste, desinteresándole de las pequeñas ganancias que obtiene con sus engaños, pronto se haría con todos los demás; pero se necesitaban buenos intérpretes que sepan entender y decir las cosas de una y otra parte, y esto necesita una larga práctica, ya que la lengua no está sometida a leyes y hace poco tiempo que los franceses habitan en esta tierra. Espero que con el tiempo Dios nos concederá la gracia de vencer estas dificultades.

Las primeras visitas que he hecho por los alrededores fueron durante la cuaresma, con ocasión de unos franceses enfermos a tres o cuatro leguas de aquí. Al pasar por las aldeas, los negros se reunían por curiosidad para ver un pequeño reloj que había pedido prestado. Lo admirahan y creían que estaba animado, y decían que éramos dioses; esto nos obligaba, como a Pablo y Bernabé, a decirles que éramos hombres como ellos y de allí sacaba un pretexto para hablarles de Dios como podía. Aquellas pobres gentes decían también que eran incapaces de aprender y cuando quise enseñarles a hacer la señal de la cruz, escaparon. Uno más atrevido, que era el jefe de la aldea, consiguió hacerla y pronunciar las palabras, y luego todos vinieron a que les enseñáramos a hacerla.

11. De las visitas por los campos después de Pascua de 1649 hasta el mes de junio.

Pasadas las fiestas de Pascua, supe que Andian Ramach hacía un Nissanath en su casa, que había sido reparada. Creí conveniente acudir, tanto para ver lo que pasaba en aquella ceremomia, como para poder hablar de la fe en tan buena compañía, en presencia del rey y de los demás jefes que iban a asistir. Llevé conmigo un intérprete para hablarles más fácilmente. Le pedí al rey que les dijera él mismo lo que había aprendido, dado que tenían más fe en él que en mí. Me lo prometió en varias ocasiones, pero luego no hizo nada y tuvo por ello la culpa de que, por fiarnos de él, se perdiese la ocasión en la confusión de su banquete. Pero hablé con los jefes del país y con los Ombiasses que había en su casa y saqué de esta visita la ventaja de que, al verme siempre al lado de su rey, la gente creyó que yo era de su confianza; esto me ha servido de mucho, cuando les decía, como es verdad, que su rey me había rogado que los instruyera. Me insistió además en que viniera a vivir con él, que le diera las horas en portugués y que rezaría a Dios como antes. Al partir, me dijo que escribiese a Luis de Borbón para que le hiciera un buen regalo. Le dije que así lo haría si volvía a ser buen cristiano y contribuía con nosotros a la salvación de sus súbditos asegurándole que, cuando fuéramos a vivir con él, no le seríamos una carga. Porque estas gentes son tan mezquinas que es más conveniente darles que recibir de ellos.

Al volver, el jefe de una aldea llamado Ramanore, de raza blanca y uno de los más ricos y distinguidos del país, que a veces había asistido a nuestras instrucciones en nuestra casa, después de haber probado todas las supersticiones de los Ombiasses sin ningún efecto, me rogó que entrase en su casa y que pidiese a Dios por su salud. Cuando le dije que Dios permite a veces las enfermedades del cuerpo para salvar nuestras almas, y que él era omnipotente y lo podía curar, si dejaba la superstición del país y se ponía a servir a Dios como nosotros, pidió en seguida que le enseñáramos. Mandé reunir a los de la aldea para que vinieran a oírnos. Les expuse, por medio del intérprete que llevaba, las cosas más substanciales de la fe y más necesarias a la salvación. El enfermo, después de haberlo escuchado todo, dijo que sentía el corazón aliviado y que creía todo lo que acababa de oír, que sentía mucha compasión por el Hijo de Dios muerto por nosotros, y que se lo agradecería y no lo olvidaría. Preguntó si Jesucristo era lo bastante poderoso para devolverle la salud. «Sí, le dije, si crees con todo tu corazón y tu alma es lavada de sus pecados por medio del santo bautismo». Mandó traer agua y me urgió para que lo bautizara. Pero temiendo, como luego se vio que buscaba más la salud corporal que la espiritual, lo retrasé, diciéndole que había que probar si era sincero su deseo de servir a Dios, y que lo demostraría si, después de recibir la salud, como esperaba que le concedería Nuestro Señor, mandaba instruir a toda su familia junto con él.

Su mujer, al oír la explicación de los mandamientos, me dijo que hacía mucho tiempo que recurrían a Dios y que siempre, sobre todo al plantar y al recoger el arroz, elevando los ojos al cielo, le decían a Dios: «Tú eres quien nos manda lo que cosechamos; si tú lo necesitas, te lo daré y les daré también a quienes lo necesiten, como a los franceses que pasen por mi casa, y a los pobres esclavos». Pensé entonces en Cornelio, pero yo no había tenido ninguna visión para bautizarlo.

Todos los asistentes estaban impresionados por lo que se les había dicho, y decían que estas cosas valían más que el oro y la plata, que hay que dar a los que se les debe; pero esto, ¿quién nos lo podrá quitar? Lo encontraremos siempre en nuestro corazón después del sueño. Por estos discursos reconocí que, aunque el Espíritu Santo no había bajado visiblemente sobre ellos, se daba a conocer sensiblemente por las luces que derramaba sobre sus almas. Me despedí, dejando al enfermo con la esperanza de su curación y a todos con la de que volvería a instruirlos. Poco después, supe que había sanado aquel hombre, pero no ha vuelto a pedirme que lo instruya, tal como me lo había prometido, a pesar de que sigue diciendo que se mantiene en la misma idea. Creo que el respeto humano y el temor de enemistarse con los jefes a quienes sirve, le hacen retrasar las cosas Vive moralmente bien, y luego he bautizado a dos de sus hijos. Más tarde algunos me dijeron que debería haberlo bautizado y que su salud habría dado crédito al bautismo, pero creía que sería mejor que lo pidiese más tarde, una vez restablecido.

12. De algunas visitas que hicimos en junio y julio y de la muerte del padre Gondrée.

Por los días de rogativas, el señor de Flacourt tuvo que ir Fanshere y quiso que lo acompañáramos uno de nosotros. Fue el padre Gondrée y padeció mucho, pues el calor, el viaje a pie y la abstinencia, ya que no comía más que un poco de arroz cocido con agua, lo debilitaron y volvió a casa con fiebre y con unos dolores intolerables en todas las articulaciones; en medio de todos sus males, demostró una gran constancia y unos sentimientos verdaderamente cristianos.

Durante las fiestas de Pentecostés, aunque estaba sumamente afligido por la enfermedad de este buen siervo de Dios, Nuestro Señor me dio fuerzas para atender a la devoción de los franceses y de nuestros catecúmenos, confesando, predicando y cantando la misa por la mañana, y por la tarde las vísperas e instrucción de los isleños.

Administré el bautismo a dos muchachas adultas, que se casaron con d os negros, bautizad o el uno en París por el señor nuncio y el otro en Nantes; esto consoló a nuestro enfermo, que recibió la extremaunción con mucha devoción. Decía que su mayor disgusto era abandonar a estos pobres infieles. Recomendó luego con gran fervor a los franceses el temor de Dios y la devoción a la santísima Virgen, de la que era muy devoto. Me pidió que le escribiera a usted, agradeciéndole muy humildemente en su nombre la gracia que le había concedido el admitirle y soportarle entre sus hijos, y sobre todo de haberle escogido entre otros muchos más capaces que él, para enviarlo acá, y que pedía a los de nuestra congregación que diesen gracias a Dios por él. Luego me dijo: «Le dejo en testamento este aviso, que sufrirá usted mucho en este país, no sólo un poco, sino mucho». Y, habiendo pasado parte de la noche en continuas aspiraciones a Dios, sonriendo le entregó su alma catorce días después de caer enfermo.

Lo enterramos al día siguiente con lágrimas de todos los franceses y de los infieles, que decían que no habían visto, hasta que llegáramos nosotros, ningún hombre que no fuera colérico y de mal genio, y que les enseñase las cosas del cielo con tanto afecto y dulzura como nosotros.

Le suplico aquí, padre, que haga una pausa en la lectura para imaginarse los sentimientos de mi pobre corazón al perder a quien amaba como a mí mismo, que era todo amabilidad, y que, después de Dios, era mi único consuelo en esta isla.

Le pedí a Nuestro Señor Jesucristo la parte de gracias del difunto para realizar solo la obra de los dos. Después de su muerte sentí el efecto de sus oraciones y una doble fuerza de cuerpo y de espíritu para trabajar por la gloria de Dios. Luego, el temor de morir antes de haber realizado la obra de Dios, me urgió a trabajar en lo más necesario, que era componer en esta lengua algunas instrucciones de lo que había que creer y practicar, a fin de aprendérmelas y dejárselas a los que vengan, en el caso de que Dios disponga de mí. Después de muchas fatigas por expresar las cosas de la religión en un país sin religión, acabé lo más necesario y envié una copia al señor de Bellebarbe, en Santa María, para que se sirviera de ella; pero no ha podido hacerlo, por falta de intérprete.

Después de poner estas instrucciones en orden, reunía a los infieles de nuestra congregación todos los domingos y fiestas, que se extrañaban de verme en tan poco tiempo hablar en su lengua, aunque no hacía más que balbucear lo más necesario que había aprendido. Los hijos de un jefe, llamado Andian Panole, que vivían muy lejos, a doscientas leguas de aquí, pero que habían venido por sus asuntos, venían a vernos 1′ asistían a nuestras instrucciones. Al marchar, dijeron que deseaban ser instruidos y que le dirían a su padre lo que habían aprendido de nuestra religión. Yo les di esperanzas de que con el tiempo iríamos a su país. Sería muy conveniente, ya que ese país es mejor y está más poblado que el sitio en que estamos y los habitantes se muestran muy curiosos al asistir a las oraciones de los franceses que van allá a negociar.

Aprovecho todas las ocasiones que puedo para anunciar a Jesucristo personalmente y por otros, como a los negros lejanos adonde van los franceses, a quienes, después de exhortarles a confesarse y comulgar antes de su viaje y de recomendarles a todos que temiesen a Dios y diesen buen ejemplo a los infieles, encargaba a los más inteligentes que aprovechasen la ocasión para hablar de nuestra fe y les daba por escrito las instrucciones necesarias para ello.

En el mes de junio fui al campo para ver si la semilla celestial que había sembrado por las aldeas empezaba a germinar, y supe que se iba a celebrar una reunión solemne en Fanshere para la entrada en casa de Andian Sero, sucesor de Andian Ramach. Habiendo oído que aquel jefe de una aldea llamado Ramanore, del que hablé anteriormente, había curado poco después de mi visita, me pidió que fuera a su casa para pedir por la salud de un nieto suyo. Le dije: «¿Qué quieres que haga? ¿Crees que Dios puede curarlo sin estos olis del país?» ¿Pues es uno de los más supersticiosos?. «Haz y di lo que quieras, con tal que el niño se cure». Elevando mi corazón a Dios con confianza, fui a buscar a Andian Ramach y le dije: «Sabes muy bien lo que es el bautismo y cómo tú has recibido con él la salud de alma y de cuerpo. Tu nieto está enfermo. Si quieres que lo bautice, haz venir a tu yerno, a tu hija y al niño; les explicaré lo que es el bautismo; dime qué nombre quieres que le ponga». Así lo hizo y le llamó Jerónimo; me dijo que pronunciara bien las palabras, para pronunciarlas él también. Le mandé decir por el intérprete que era preciso que el niño se educase y viviese como buen cristiano; y el padre me dijo: «Yo te lo doy y quiero que seas tú su padre y su madre, cuando sea mayor». La bauticé en seguida, dando a entender a los Roandríes asistentes que, aunque se bautizase a los niños sin ninguna disposición por su parte, a los adultos era necesario instruirlos previamente. Poco después el niño sanó y, gracias a Dios, no ha muerto aquí ninguno después del bautismo, como pasa en Canadá. Por eso los paganos no sienten repugnancia en que bauticen a sus hijos, creyendo que esto les conserva la salud, después de lo que le sucedió a un negro, cuando le dije que su hijo moriría si lo hacía circuncidar; así sucedió. Luego vino a verme con su mujer, diciéndome con lágrimas en los ojos: «Ya me lo habías dicho tú». Aquellas pobres gentes lloraban la pérdida del cuerpo de su hijo, y yo la de su alma. Andian Ramach, antes de mi partida, habló al pueblo de los mandamientos de Dios; yo confirme sus palabras, ofreciéndome a instruirles. Los Roandríes que habían venido a la fiesta dijeron que querían ser bautizados antes de partir. Entré en la nueva casa y la encontré llena de mujeres de los Roandríes. Les hablé de la fe, ellas me dijeron que los Ombiasses del país excusaban de aprender a las mujeres, por incapaces. Pero al decirles que también las mujeres en Francia aprendían a servir a Dios, lo mismo que los hombres, me dijeron que les gustaría aprender y que fuera a sus casas a instruirlas.

13. De otras visitas hechas en los meses de agosto, septiembre, octubre, noviembre y diciembre.

Al morir mi compañero, con el que contaba para que atendiese a los cuidados de nuestra residencia y de los alrededores, no podía ya marchar tan lejos como antes, pues tenía que estar los domingos y los días de fiesta en casa, para celebrar la santa misa y el oficio divino y dirigir exhortaciones a los franceses e instrucciones a los infieles de las cercanías. Por eso mis viajes eran sólo de seis días.

El mes de agosto estuve en las montañas más cercanas. De día instruía a los que estaban en las aldeas, y por la tarde, al claro de luna, a todos los que volvían de trabajar. Me sentí muy consolado al ver por una parte que creían de todo corazón, y decía con lágrimas en los ojos: «Quid prohibet eos baptizari?«. Pero, temiendo que abusasen del bautismo, al no tener ningún sacerdote que les mantuviese en la piedad cristiana, lo dejé todo en manos de la adorable providencia de Dios. Hubiera bautizado a los niños, pero temía que no se les pudiera distinguir de los otros, teniendo en cuenta sobre todo que los paganos cambian muchas veces de residencia. Me parece que sería conveniente hacerles alguna señal para distinguirlos.

Los que he bautizado de las aldeas cercanas se reconocen por llamarse en el país con su nombre de bautismo: Nicolás, Francisco, Juan, etcétera.

Sería demasiado largo y aburrido querer indicar los nombres, viajes, aldeas y gentes a las que he anunciado a Jesucristo, y los detalles que ocurrieron. Puedo decirle que no se puede desear mejor disposición para recibir el evangelio. Todos se quejan de que los franceses, desde que llegaron a su país, no les hayan hablado de la fe, y sienten una santa envidia de los que están cerca de nuestra residencia.

Referiré solamente lo que pasó en ciertas ocasiones especiales. A finales de noviembre fui a visitar las aldeas que hay más allá de Fanshere. Llevaba conmigo un cuadro del juicio final y del cielo y del infierno. En todas las aldeas les decía que había venido para que sus ojos vean y sus oídos escuchasen las cosas de su salvación. Después de explicarles lo que tenían que creer y los mandamientos de Dios, les enseñaba las moradas de la eternidad y les pedía que escogiesen arriba o abajo, el cielo o el infierno. Ellos gritaban: Tsiary aminy Rabilo; aminy Zanahary tiako andea (o sea, no quiero ir con el diablo; escojo a Dios para vivir con él).

Decían que sus Ombiasses no les hablaban de Dios ni les visitaban más que por interés y para engañarlos mientras que yo les enseñaba gratis. Se extrañaban de que hubieran podido hacer figuras sobre el papel. Al oír hablar del pecado de nuestros primeros padres, unos los maldecían y exclamaban: «¡Qué hermoso habría sido vivir como Dios nos había creado, sin tener que trabajar, ni estar sujetos a los males de esta vida, ni tener que morir!». Otros la tomaban con el diablo, diciendo que si pudieran cogerlo, lo quemarían. Si alguno llegaba tarde, cuando había doblado ya el cuadro, decían: «¡Ay, no has visto estas riquezas!». Y había que desdoblarlo de nuevo y volverlo a explicar.

De regreso pase por Fanshere y le enseñé mis cuadros al rey, que los conocía y explicaba, luego le pedí que permitiese bautizar a los niños de su aldea, y que prohibiese la circuncisión. Me dijo que no impediría el bautismo, pero que les dejase hacer la circuncisión. Hay que tener un poco de paciencia para que con el tiempo la vayan dejando. Si pudiéramos lograr que este reyezuelo volviera a su primera situación de cristiano, lo seguirían los demás reyes y se nos cansarían los brazos de bautizar. Como los menos dispuestos a recibir el evangelio son los blancos, y entre ellos los nobles y los Ombiasses, procuraba aprovechar todas las ocasiones para hablarles de la fe, si los ganásemos a ellos para Dios, lo demás resultaría fácil.

Por eso, yendo al extremo de la isla, a dos jornadas de aquí, y después de ver con alegría la buena disposición del pueblo, fui a casa de Andian Madamboro, hermano mayor del rey, que había sido suplantado por el menor. Este jefe es un Ombiasses muy supersticioso, que se atribuye el poder de hacer venir y echar a las langostas. Me pidió al principio que le diera algún remedio para la gota, que le molestaba por entonces; le dije que sólo Dios podría curarle o darle paciencia en su enfermedad, y luego le evangelicé a Jesucristo. Al decirle que había que creer en aquel cuya imagen llevaba, la tomó, la besó y la puso sobre su cabeza y sobre su corazón y me pidió que me quedara con él para instruirle. Sólo pude darle esperanzas. Le pedí que me dejara ver sus libros, que estaban todos ahumados. Todos los asistentes, cogiéndome por la sotana, me gritaban: «¿Qué vas a hacer?; nos vas a traer mala suerte; lávate las manos y la boca». Riéndome de su miedo, tomé aquellos libros, en los que no vi más que figuras mal trazadas. Y al preguntarle el significado de la escritura, me dijo que eran los nombres de los planetas. Le dije que había que quitar todas aquellas supersticiones y engaños, con los que abusaba del pueblo. Respondió que no sabía que fueran malos y que no tenía intención de servir al diablo, sino de seguir las costumbres de sus antepasados, que yo le instruyese mejor y que dejaría todo aquello, que fuera a verlo con frecuencia, con tal que no fuera en viernes, pues aquel día no hablaba con nadie, pues había observado que todos los que habían hablado en viernes habían sufrido luego algún accidente. Pero yo le dije que vendría precisamente aquel día, ya que en él nos había rescatado con su sangre Nuestro Señor Jesucristo. Le hice hacer la señal de la cruz y lo dejé en muy buena disposición.

Fui luego a visitar a Andian Machicore, yerno del rey, en otra aldea. A éste se le atribuye el poder de atraer la lluvia, de forma que, cuando llueve, le presentan bueyes en acción de gracias. Tratando con él en presencia de varios habitantes del lugar, me preguntó si llovería pronto, ya que el arroz estaba quemado por falta de agua. Yo vi la luna pálida y el cielo cubierto y le dije que creía que pronto caería agua, pero que no sabía nada como cierto, ya que esto pertenece únicamente a Dios, que es el que envía y retiene la lluvia como le place. «Pero tú, le dije, si tienes poder para hacer que llueva, ¿por qué permites que el arroz de tu pueblo y el tuyo se seque y se pierda?» El atribuyó este poder a sus olis, que llevan todos nombre; me acuerdo de uno, que llamaba Andian Valotomboko, esto es, señor de ocho pies. Yo estaba un poco acalorado e indignado justamente contra estas tonterías y le dije que eran diablos, a quienes adoraban en aquellas figuras ridículas, y que eran invenciones de magos, para transferir a los demonios los honores que se deben a Dios. Et loquebar de testimoniis tuis in conspectu regum et non confundebar. No es peligroso decirles la verdad, pues no se atreverían a hacer daño a ningún francés, y mucho menos a mí, que trataba amablemente con ellos, aunque sin adularles, ya que estaba en juego la gloria de Dios.

Lo más difícil será convertir a estos soberbios, que son incapaces de razonar, pues no hay ninguna ciencia en este país, sino que la costumbre y los intereses temporales imperan por encima de la razón; sin embargo, no hemos de extrañarnos de ello en unas personas que no tienen más que una chispa de conocimiento, dado que hay en Europa personas muy ilustradas que experimentan las mismas dificultades en apartarse de este vicio.

En cierta ocasión fui más allá de las montañas, a una región que se llama el valle de Ambule, donde hay un solo jefe. El y todos sus súbditos, en número de unos cuatro mil, son negros. No tienen Ombiasse, sino que van allá a vender sus olis. Estando en casa del rey, le enseñé el cuadro del juicio universal, diciéndole que Dios haría quemarse así a los polígamos, a él y a sus mujeres (pues tiene cinco). Cambió de rostro y me rogó que fuera a instruirlo, y que obligaría a sus vasallos a abrazar el evangelio.

Por Navidad visité el país de Anossi, donde hay unos diez mil hombres. No me quedan más que dos visitas que hacer para recorrer todos los caminos, in omnem locum in quem est ipse Dominus venturus. Iré cuanto antes, para que los que vengan encuentren al menos roturada esta tierra. Todo esto me ha supuesto muchas fatigas, pero el que les dio a los evangelistas nivem sicut lanam, ha hecho aquí que el calor parezca dulce rocío a aquellos que están metidos en el horno de la caridad.

Conclusión

El barco está a punto de levar anclas, después de haberme tomado el trabajo de escribir estas notas. Como conclusión le diré, padre, que todos estos pobres desgraciados no esperan más que el aquae motum. Y la mano de unos cuantos buenos obreros para que los sumerja en la piscina del bautismo. Muchas veces, al evangelizar por los campos, he oído con lágrimas gritar a esta pobre gente: «¿Dónde está ese agua que lava las almas, que nos has prometido? Hazla venir y enséñanos tus oraciones». Pero tengo que retrasarlo por temor a que la pidan todavía materialmente, como aquella samaritana que, para no tener que venir al pozo, le pedía a Nuestro Señor el agua que quita la sed, sin conocer todavía aquella que apaga el fuego de la concupiscencia y salta hasta la vida eterna.

Dije al principio que hemos encontrado a cinco niños bautizados. Nuestro Señor ha querido añadir otros cincuenta y dos. Aunque hay muchos adultos bien dispuestos lo aplazo hasta que puedan casarse inmediatamente después del bautismo para remediar el vicio del país como ya hemos hecho con los que fueron bautizados en Francia. Entretanto procuraré que ninguno de los debidamente dispuestos muera sin bautizar. Hace algún tiempo bauticé a una pobre anciana gravemente enferma en la que Dios manifestó los efectos de su gracia con los grandes sentimientos que expresó de su bondad. Ha sido la primera de este país que se ha marchado a la eternidad dichosa, y su cuerpo ha sido el primero enterrado en el cementerio de los franceses.

El día de la Purificación bendijimos y pusimos la primera piedra de la iglesia que se va a construir para nuestra residencia, después de haber dado gracias a Dios por habernos escogido para erigir un templo a divina Majestad en un reino tan grande, donde no hay ninguna huella de iglesia, a pesar de que hay más de cuatrocientas mil almas, que es posible tallar como piedras vivas del edificio espiritual que esperamos levantar para su gloria.

Espero ayuda junto con las órdenes de la Sagrada Congregación de Propaganda Fide y las suyas. Entretanto, si no puedo progresar más, procuraré que no se pierda lo conseguido. ¿Dónde están esos doctores, como decía hace tiempo san Francisco Javier, que pierden el tiempo en las academias, mientras que tantos pobres infieles petunt panem, et non est qui frangat eis?. ¿Que el dueño de la mies envíe operarios! Pues si no hay muchos sacerdotes para instruir y mantener el fruto, no se podrá avanzar, aunque el pueblo sea sencillo y fácil de conquistar para la iglesia, pero el apego que tienen a lo temporal que ahoga, lo mismo que las espinas, la semilla que se echa en sus corazones. Y aunque la reciban con gozo, cito arescit, quia non habet humorem. Estoy seguro, padre, de que todos los miembros de nuestra congregación saltarán de gozo ante noticias tan apetitosas para su celo y desearán cooperar con Dios en la conquista de este nuevo reino para Jesucristo, y que, al verme solo en un país tan lejano, administrando los sacramentos a los demás sin poder recibir más que el de la eucaristía, rezarán a la bondad de Dios para que me robustezca con su gracia.

Lo que más me podrá consolar después de Dios será conocer lo más importante que haya sucedido en nuestra congregación para bien de la santa iglesia y gloria de Dios. Seguiré, padre, rezando por usted, para que, antes de llemarle al cielo, le haga ver a sus hijos multiplicados como las estrellas del firmamento, y todos puedan ser padres de muchas generaciones para el cielo, donde espero verle por la gracia de Nuestro Señor Jesucristo y la ayuda de sus oraciones y las de todos nuestros hermanos. Soy, padre, su muy humilde y obediente servidor,

CARLOS NACQUART,

Sacerdote de la congregación de la Misión y misionero apostólico en esta isla.

En Madagascar, fuerte Dauphin, en Tholanghare, residencia de los franceses, el cinco de febrero de 1650.

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