15 enero 1650.
Padre:
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
Ya sabe usted que todas las cosas de este mundo están sujetas a alteraciones, que el hombre no permanece siempre en el mismo estado y que Dios permite muchas veces que decaigan las compañías más santas, así ha sucedido en algunas de nuestras casas, tal como hemos venido observando desde hace algún tiempo en las visitas que se han hecho, sin que de momento hayamos conocido su origen. Para descubrirlo ha sido menester un poco de paciencia y de atención por nuestra parte; pero finalmente Dios nos ha hecho ver que la libertad de algunos para descansar más de lo que la regla indica ha producido malos efectos; en efecto, al no encontrarse en la oración con los demás, se veían privados de las ventajas que hay en hacerla en común, y muchas veces no la hacían o hacían muy poca oración en privado. De ahí que esas personas, al no estar tan atentas sobre sus acciones, se portaban con languidez y la comunidad no mantenía la igualdad en sus prácticas. Para remediar este desorden hay que quitar la causa del mismo, y para ello recomendar la exactitud en levantarse y exigirlo con seriedad, de forma que poco a poco todas las casas vayan cambiando de aspecto, haciéndose más cumplidoras del reglamento, y que cada uno en particular se muestre más cuidadoso de su bien espiritual. Esto nos ha dado pie para tener nuestra primera conferencia en este año nuevo sobre esta primera acción de la jornada, a fin de confirmarnos más en el propósito de levantarnos todos puntualmente a las cuatro y de este modo gozar luego de las consecuencias favorables de esta fidelidad, las cuales, junto con los inconvenientes que surgen de lo contrario, nos han dado motivos para nuestra conferencia. He creído conveniente hacerle a usted participar de estas ideas, junto con las objeciones y respuestas que se pueden hacer y los medios que se pueden emplear, para que lo exponga usted todo a su familia, a fin de mantenerla en esta práctica o para adoptarla, si no lo hacía, y de esta manera participe de las mismas ventajas que nosotros.
La primera ventaja que se obtiene de levantarse en el momento en que se oye la campana es que se cumple la regla y, por consiguiente, la voluntad de Dios.
2.° La obediencia que se manifiesta en aquel momento es más agradable a Dios precisamente por su prontitud y porque atrae las bendiciones de Dios sobre las demás acciones del día, como se ve por la prontitud de Samuel que, por haberse levantado tres veces en una noche, se vio alabado por el cielo y la tierra y muy favorecido por Dios.
3.° Las primicias de las buenas obras son las más apreciadas. Y como a Dios se le debe todo honor, es razonable darle también éste; si se lo negamos, le damos la primera parte al.demonio y lo preferimos a Dios. Por eso ronda todas las mañanas ese león alrededor de la cama para atrapar la primera acción a fin de que, si no puede sacar de nosotros nada durante el día, pueda al menos gloriarse de haber conseguido la primera de nuestras acciones.
4.° Cuando uno se acostumbra a la hora, contrae dicho hábito. Esto hace que esté pronto para despertarse, pudiendo incluso servir de reloj donde no lo hay, y que no le cuesta saltar de la cama. Por el contrario, la naturaleza se aprovecha de las ventajas que se le dan: si un día se queda en la cama, al siguiente pide la misma satisfacción y la seguirá esperando hasta que no le quitemos todas las esperanzas.
5.° Si Nuestro Señor dejó el paraíso por nosotros y aceptó en esta vida una pobreza tan grande que no tenía donde descansar la cabeza, mucho más debemos nosotros dejar la cama por él.
6.° Un sueño moderado sirve para la buena disposición del cuerpo y del espíritu; el que duerme mucho se afemina; por eso las tentaciones sobrevienen en esos momentos.
7.° Si la vida del hombre es demasiado corta para servir a Dios dignamente y para reparar el mal uso que hemos hecho de ella durante la noche, es muy digno de lástima querer recortar un poco más el tiempo que tenemos para vivir. El comerciante madruga para hacerse rico; todos los instantes son de oro para él. Los ladrones hacen lo mismo y pasan la noche en vela para asaltar a los viandantes. ¿Tendremos nosotros menos diligencia para el bien que ellos para el mal? La gente de mundo hace sus visitas desde muy temprano y acude con gran cuidado a la hora de despertarse los grandes. ¡Dios mío! ¡Qué vergüenza para nosotros, si la pereza nos hace perder la llora asignada para conversar con el Señor y los señores, nuestro apoyo y nuestro todo!
8º Cuando se asiste a la oración y a las repeticiones, se participa de las bendiciones de Nuestro Señor, que se comunica abundantemente en ellas, encontrándose, como él nos dice, en medio de los que están reunidos en su nombre. La mañana es el tiempo más adecuado para esta acción y el más tranquilo de la jornada. Por eso los antiguos ermitaños y los santos, siguiendo el ejemplo del rey David, la ocupaban en rezar y en meditar. Los israelitas tenían que despertarse de madrugada para coger el maná; y nosotros, que carecemos de gracia y de virtud, ¿no haremos lo mismo para obtenerla? Dios no reparte igualmente sus favores en todas las horas.
La verdad es que, desde que Dios nos ha concedido la gracia de levantarnos todos juntos, notamos aquí más puntualidad. recogimiento y modestia. Esto nos hace esperar que, mientras dure este buen propósito, la virtud irá aumentando cada ve:z más y todos se afianzarán más en su vocación. La pereza ha hecho salir a muchos que, al no poder dormir a su gusto, no podían aficionarse a su estado. Es imposible ir con gusto a la oración, si uno se levanta de mala gana; es imposible meditar útilmente, si uno está en la iglesia solamente a medias y por cumplir. Por el contrario, los que madrugan de buena gana suelen perseverar, no caen en la desidia y progresan fácilmente. La gracia de la vocación depende de la oración, y la gracia de la oración depende del levantarse. Así pues, si somos fieles a esta primera acción, si nos encontramos todos juntos ante Nuestro Señor y nos presentamos a él al mismo tiempo, como hacían los primeros cristianos, él se nos dará juntamente a todos, nos iluminará con sus luces y realizará él mismo en nosotros y por nosotros los bienes que tenemos obligación de hacer en su iglesia; en fin, nos dará la gracia de llegar al grado de perfección que desea de nosotros para que le podamos poseer algún día plenamente en la eternidad de los siglos.
Vea pues, padre, la importancia que tiene el que toda la compañía se levante exactamente a las cuatro, ya que la oración saca su valor de esta primera acción y las demás acciones no valen más que lo que las hace valer la oración. Muy bien sabía todo esto el que decía que de su oración sabía deducir cuál sería el resto de su jornada.
Pero como la delicadeza de algunos tiene sus objeciones que hacer y se pondrá a buscar pretextos, preveo que me dirán que la regla de levantarse no debe obligar por igual a las personas de complexión débil y a las robustas, ya que aquéllas tienen más necesidad de descanso que éstas. A esto respondo con el consejo de los médicos, que afirman que todas las personas tienen bastante con siete horas, y con el ejemplo de todas las órdenes de la iglesia que tienen su descanso limitado a siete horas; ninguno duerme más, y hay órdenes que no duermen tanto, mientras que la mayor parte de ellas interrumpen además el sueño, ya que se levantan una o dos veces todas las noches para ir a coro. Y lo que más condena nuestra pereza es que las religiosas no gozan de mayor privilegio, aunque sean más débiles y hayan sido educadas con mayor delicadeza. Pero ¿no descansan ellas a veces más de lo ordinario? No, jamás se lo he oído decir, y puedo asegurarlo de las religiosas de Santa María, exceptuando a las enfermas que están en la enfermería.
Otro me dirá: ¡Cómo! ¿Habrá que levantarse cuando se encuentra uno mal? Me duele mucho la cabeza, tengo dolor de muelas, un acceso de fiebre me ha impedido dormir durante toda la noche. Sí, hermano mío, amigo mío, hay que levantarse, si no está usted en la enfermería o no tiene permiso para quedarse más tiempo en la cama. Porque si no le han aliviado siete horas de sueño, tampoco le curarán una o dos horas más que usted se tome por su cuenta. Y, aunque efectivamente le aliviasen, es conveniente que dé usted gloria a Dios, como los demás, acudiendo al lugar señalado para la oración, para exponer allí su necesidad al superior; si no, estaríamos siempre empezando de nuevo, ya que con frecuencia algunos sienten ciertas molestias y otros pueden fingirlas por pereza, con lo que habría una ocasión continua de desorden. Si se pasa una noche sin dormir, la naturaleza ya sabrá recuperarse con otra noche.
Alguno replicará: ¿Desea usted quitar toda clase de descanso extraordinario a los que llegan de viaje o vienen de algún trabajo largo? Sí, por la mañana; pero si el superior cree que su cansancio es tan grande que requiere más de siete horas de descanso, les mandará acostarse por la tarde antes que los demás.
Pero es que han llegado muy tarde y están muy cansados. En ese caso, no estará mal permitirles descansar por la mañana, ya que la necesidad sirve de regla.
¡Pero levantarse siempre a las cuatro va contra la costumbre de descansar hasta las seis un día a la semana, o al menos cada quince días, para rehacerse uno un poco! ¡Eso es muy molesto y todos podríamos caer enfermos! Así es como habla el amor propio y esto es lo que yo le respondo. Nuestro reglamento e incluso nuestras costumbres quieren que nos levantemos todos a la misma hora; si ha habido relajamiento en esto, ha sido sólo desde hace.algún tiempo y en algunas casas, por el abuso de los individuos y la tolerancia de los superiores; pero en otros sitios se ha observado siempre fielmente la práctica de levantarse a las cuatro, con gran bendición de Dios. Es pura imaginación creer que uno va a ponerse enfermo si no se toma de vez en cuando alguna hora más de reposo; la experiencia nos demuestra lo contrario. Desde que todos se levantan a las cuatro, no hemos tenido aquí ningún enfermo que no lo estuviera antes, ni sabemos que lo haya habido en otras partes; pero sí sabemos, y lo dicen los médicos, que el dormir demasiado perjudica a los flemáticos y a los decrépitos.
Finalmente, si me objetan que puede surgir algún asunto que les impida a algunos acostarse a las nueve, e incluso a las diez, y que es razonable que se tomen por la mañana el descanso que perdieron por la noche, respondo que hay que evitar en lo posible esos impedimentos y hacer lo posible por retirarse a la hora debida; si no se puede, esto pasa tan pocas veces que no vale la pena insistir en la privación de una o de dos horas de sueño en comparación con el escándalo que se da, quedándose uno en la cama mientras los demás hacen oración.
¿Acaso hago mal por haberme extendido tanto en su caso en demostrar la utilidad y la importancia del levantarse, ya que quizás su familia es de las más fervorosas y cumplidoras de la compañía? En ese caso, mi deseo no ha sido tanto el de convencerle de ello como el de agradecer cariñosa y humildemente a Dios la fidelidad que les da. Pero si han caído en el defecto que señalamos, creo que tengo razón en invitarle que lo eviten y en rogarle que exija seriamente lo que está prescrito.
He aquí brevemente los medios para ellos y para usted. Para todos son los siguientes:
1.° Convencerse de que la exactitud en levantarse es una de las prácticas más importantes de la Compañía, y que según sea el comienzo, así será el resto de la jornada; 2.° entregarse a Dios por la noche, al acostarse, pidiéndole fuerzas para vencerse por la mañana y obedecer su voz sin retraso, invocando para ello la protección de la santísima Virgen con un avemaría de rodillas, y encomendándose al ángel de la guarda; son muchos los que así lo hacen; 3.° imaginarse que la campana es la voz de Dios y, cuando la oigamos, echarse inmediatamente de la cama haciendo la señal de la cruz, postrarse en tierra y besarla adorando a Dios junto con el resto de la comunidad que está adorándole al mismo tiempo; y cuando se falta a ello, imponerse alguna penitencia. Algunos se han disciplinado algunas veces durante un tiempo igual al que perdieron disputando con la almohada. El último medio para cada uno es no faltar nunca a esta exactitud; pues cuanto más se retrasa uno, más le cuesta luego.
Los medios generales que le corresponden por su cargo a usted y a los directores de la casa son: en primer lugar, que haya siempre uno encargado de ir de cuarto en cuarto a llevar la luz a la hora debida, diciendo: Benedicamus Domino, repitiéndolo hasta que le respondan; luego otro haga una visita, y hasta dos visitas si la comunidad es grande, y que los designados para ello lo cumplan exactamente; en segundo y último lugar, que los directores lo exijan con seriedad y no le permitan a nadie descansar después de las cuatro de la mañana, bajo ningún pretexto, fuera de la enfermería, si hay, y si no, en caso de grave necesidad.
Y a propósito de esto, la exactitud al levantarse se ha juzgado tan útil y conveniente que hemos creído que los que no eran fieles en esto no deben ser nunca ocupados en cargos de la compañía, ya que su ejemplo en seguida lo seguirían los demás con el consiguiente relajamiento, y no estaría bien que ellos tomasen para sí lo que tienen que negar a los demás. ¡Quiera Dios perdonarnos las faltas pasadas y concedernos la gracia de corregirnos de ellas, de forma que seamos como esos bienaventurados siervos que el dueño encuentra velando, cuando vuelve a casa: «En verdad os digo, dice el Señor, que les hará sentar a la mesa y se pondrá a servirles; y si viene en la segunda vigilia, y lo mismo en la tercera, y los encuentra así, ¡dichosos aquellos siervos!; en verdad os digo que los pondrá al frente de cuanto tiene».
Y baste ya para una carta. Haga el favor de ofrecerme a Dios y a las oraciones de su pequeña compañía, de la que soy, y de usted en especial, el más humilde y devoto servidor,
VICENTE DEPAUL
i. s. d. l. M.







