[Diciembre 1649]
Padre:
Le ruego muy humildemente que encomiende a Dios nuestro asunto, He encontrado a los señores de Marillac muy dispuestos a atendernos; pero la religiosa cree conveniente que vea a la señorita de Atri para recordarle los servicios que le hizo el difunto señor Le Gras a su difunta madre, e intentar que tenga alguna consideración con mi hijo, lo mismo que el señor conde de Maur; por eso le ruego que me permita ir a Port-Royal con su señora esposa, que desea venir a buscarme mañana o pasado mañana.
Tengo miedo de que la señora de Herse haya apartado a las damas de ir a la reunión con la propuesta que ha hecho de aportar dinero. Me parece que sería necesario que diera a entender que no se trata de que den de su bolsa, y que no se desea obligar a nadie.
Cuanto más pienso en lo que se debe, más miedo tengo de que las cosas se vengan abajo. Las nodrizas empiezan a amenazarnos y a traernos a los niños, y las deudas se multiplicarán hasta tal punto que no queda ya esperanza de pagarlas; y luego la gente huirá de la-compañía más que de la moneda falsa.
Estoy pensando en esa pobre mujer embarazada. Creo que podría ser recibida ahora; si le parece bien que hable de parte suya con la reverenda madre priora y con la señora Le Vacher, lo haré con mucho gusto.
No tengo tiempo para ir a ver al señor Desbordes, como me había propuesto. El señor de Marillac me dice que es urgente. Si no fuera porque este asunto está en manos de la divina providencia, tendría mucho miedo.
Ya sabe usted cuánto necesito las gracias de Dios para ejecutar sus deseos. El desea que ponga toda mi voluntad y todo lo que puedo en manos de usted para que se lo ofrezca todo; así lo hago especialmente en este asunto, como en todos los demás, para que cumpla sus santos designios sobre aquella que es, por su gracia, su muy obediente servidora y obligada hija,
LUISA DE MARILLAC







