Mercuès, 15 diciembre 1649.
Padre:
Después de darle mil gracias por el interés que ha puesto en hablar con el señor canciller para exponerle las razones que le pueden mover a concederme el favor que le he pedido, y después de suplicarle que siga intercediendo por el mismo asunto ante la reina, he de decirle que considero ya mi avocación tan segura como si la tuviera entre las manos, ya que sólo se necesita para ello un mandato de Su Majestad al señor canciller y no habiéndome negado jamás nada de cuanto le he pedido, cuando se trataba de favorecer a otras personas, ¿cómo podría dudar de que me va a negar esta gracia que le pido para mi querida Esposa, después de haber hecho y sufrido tanto por el servicio del rey y de Su Majestad, pudiendo decir con toda verdad que, desde el comienzo de estas agitaciones hasta ahora, no he dejado pasar ninguna ocasión sin esforzarme y trabajar por él? Ni siquiera he esperado a que se presentase la oportunidad, sino que yo mismo la he buscado y me he opuesto firme y constantemente a todo lo que veía que era contrario al servicio de sus majestades. Si después de todo esto, ella me negase su protección en esta situación tan apurada en la que me veo, no podría creerlo.
Recibirá usted de mano de mis delegados una copia de nuestra conferencia, que no he enviado todavía a ninguno de los prelados que asistieron a ella, más que al señor obispo de Périgueux, pues no he tenido tiempo de repasarla y examinarla; lo haré después de salir de los ejercicios que voy a empezar ahora mismo. He añadido, después de habérsela enviado, al comienzo del artículo sobre la visita, las frases que verá usted en la nota que acompaño, y que he creído conveniente insertar por estar en conformidad con los concilios y con los santos decretos. Verá usted cómo se ha decidido que se funden seminarios y que los que no puedan hacerlo, envíen a los eclesiásticos de su diócesis a la más cercana. Por lo que se refiere a su dirección, siempre hemos estado de acuerdo en que se les confíe a ustedes. Estuvimos también de acuerdo en que había que fundar un colegio o casa para recibir a las personas que se entreguen al servicio de Dios para ser educadas en la piedad y en el espíritu de la iglesia durante sus estudios; también yo dije entonces que había que confiar su dirección a los suyos, señalando varias razones para ello. Por eso toda la reunión aceptó esta propuesta, etcétera.
ALANO DE SOLMINIHAC, Obispo de Cahors







