La congregación va creciendo en número y en virtud, gracias a Dios, tal como me parece por las visitas que he hecho y por lo que todos piensan. Sólo yo soy el que va mal, pobre de mí, cargándome continuamente de nuevas iniquidades y abominaciones. ¡Ay, padre! ¡Qué misericordioso es Dios al soportarme con tanta paciencia y longanimidad! ¡Y qué ruin y miserable soy al abusar tanto de su misericordia! Le ruego, padre, que me ofrezca con frecuencia a su divina Majestad.
Vicente de Paúl, Carta 1190: A Un Sacerdote De La Misión De La Casa De Roma

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