Vicente de Paúl, Carta 1157: Carlos Nacquart, Sacerdote De La Misión, A San Vicente

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Author: Vicente de Paúl .
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[Fuerte Dauphin, 27 mayo 1649]

Mi venerado padre:

Le pido humildemente su bendición.

Como el recuerdo del justo ha de ser eterno, siento la obligación de rendir mi tributo a la memoria de mi querido hermano y compañero el padre Gondrée, difunto, exponiéndole el final de su vida y las virtudes que practicó en la enfermedad que lo arrebató en la primavera de su vida y en medio de las esperanzas que yo tenía de ver trabajar a tan buen obrero.

Será ésta una muestra más que unir a la conferencia que tengan ustedes sobre él, para que no les falte el conocimiento de sus últimos momentos, que constituyen la corona de todos los precedentes.

No voy a repetir aquí las virtudes que practicó en el camino, cuando estaba en la Rochelle y en el viaje de nuestro barco durante seis meses y medio por el mar; pues practicó las virtudes de un buen misionero, la humildad, la mortificación, la caridad, la mansedumbre, la sencillez y el celo, aprovechando todas las ocasiones para ella; ni diré todo lo que ha hecho aquí en los seis meses que vivió en el barco, según puede usted ver por el diario que he llevado, en el que la mayor parte se debe a él.

Pero dejando aparte la piedad, la modestia, la amable conversación, la exactitud y el cuidado tanto de los franceses como de los negros en todas las ocasiones de servirles e instruirles, hablaré del primer viaje que hizo a Fanshere con el señor de Flacourt para ver a Andian Ramach, que es el rey de este lugar en donde se encuentra nuestra morada. Fue el viernes antes de las rogativas. Le dejé ir, porque yo ya había estado dos veces. Cuando estuvo allí, al no poder decir misa el domingo, hizo la oración pública con los franceses que habían acompañado al señor de Flacourt. Era delante de la casa de aquel rey, que asistía con muchos negros en medio de un gran silencio, reiterando la promesa que me había hecho de cumplir como buen cristiano cuando hubiese sacerdotes con él y una iglesia edificada en aquel sitio. Pero como aquel viaje se había hecho en tiempo de abstinencia de carne y no había pescado ni legumbres en aquel lugar, como en Francia, a pesar de haber dispensado a los franceses, él quiso guardar la abstinencia y no tomó más que un poco de arroz cocido; esto, unido al calor del camino, le causó la enfermedad que lo llevó a la muerte.

Miremos cómo Nuestro Señor purificó este oro en el crisol y cuánta paciencia demostró durante su enfermedad.

El miércoles, vigilia de la Ascensión de Nuestro Señor, aunque se encontraba muy indispuesto, quiso celebrar la misa, que apenas pudo acabar; a pesar de ello, no dejó de ir todavía a confesar a un francés moribundo que se lo había pedido; volvió con fiebre y se metió en la cama, diciéndome que había pasado una noche muy agitada con sueños y que se había imaginado que estaba haciendo un montón de cruces; me dijo que esto le parecía un presagio de que pronto tendría también él una.

Le pregunté la causa de su mal. Me dijo que era en parte aquel viaje, que le había causado estreñimiento, y que al volver a casa había sentido el hedor de un enfermo que habíamos tenido que sacar, por no haber allí ningún otro sitio para meterlo, y que le había producido un gran dolor en el corazón.

Se vio atacado de una fiebre tan molesta que perdió el juicio al atardecer, empezó a delirar y se levantó todo asustado, sin poder pronunciar palabra alguna, intentando salir fuera. Corrí hacia él y abrazándole volví a meterle en la cama, donde estuvo todavía un cuarto de hora sin poder hablar, a pesar de sus esfuerzos; de su boca salía una especie de espuma rojiza, señal de que estaba tuberculoso; respiraba con fatiga y le costaba cantar en la iglesia.

Cuando le volvió el habla, no se acordaba ya de lo que acababa de hacer. Lo primero que pidió fue confesarse.

El viernes la fiebre no fue tan alta. Pero fue recobrar nuevas fuerzas para derrumbarse más aún, ya que subió el doble por la tarde; después del estreñimiento se le aligeró tanto el vientre que se quedó muy débil, sin poder sostenerse; tenía un dolor tan agudo en todas las articulaciones que decía que ya no podía sufrir más; sin embargo, no hacía más que gritar: «¡Bendito sea Dios! ¡Gloria a Dios! Si tú quieres que sufra, también yo lo quiero; si aumentas mi dolor, aumenta también mi paciencia». Y cuando yo le dije: «¡Animo, hermano! Dios ve cómo está usted combatiendo. Le esta probando con el fuego de esa fiebre. ¿No vale más, como decimos en una oración de cuaresma (2), ut temporaliter maceremur in corpore quam supplicis deputemur aeternis?«, él me respondió: «Tiene usted razón, ¡qué bueno es Dios! ¡Cuánto me ama! No soy digno de su amor».

Los dolores que sufría me obligaron a buscar algún remedio y afortunadamente encontré un aceite de resina de drago, que hacen los negros, muy caliente. Le unté donde le dolía y quedó algo aliviado. Después de ello, no hacía más que dar gracias al Creador. Pero no duró mucho el alivio, pues volvió a comenzar el mismo dolor, que le impedía descansar un solo momento. Entonces le dije que podía decir: Deus meus, ad te de luce vigilo; y él me dijo: «También puedo decir: De nocte vigilo».

Al día siguiente de la Ascensión, le dije que había que ponerse in manu Domini y recibir los sacramentos, que son los remedios divinos, cuando los humanos no pueden hacer nada. «Con mucho gusto dijo; le dejo que haga usted lo que quiera». ¡Tanto apreciaba la obediencia!

Prefiriendo antes prevenir que llegar demasiado tarde, le llevé a Nuestro Señor; y en presencia de la mayor parte de los franceses, que tuvieron la devoción de acompañar al Santísimo Sacramento, le dije con el corazón emocionado y las palabras entrecortadas de cariño: «Bien, querido hermano, he aquí el gran médico de alma y cuerpo que viene a visitarle. Ha llegado la hora de que practique usted lo que tantas veces ha enseñado a los enfermos, esto es, actos de fe, de humildad, de contrición y de caridad». «Así lo deseo», dijo. Y cuando le dije que, ante el cariz que tomaba la enfermedad, se lo daba por viático y que él se entregase por entero a quien se daba a él, exclamó generosamente: «Yo ya no soy mío; que él haga de mí lo que quiera; soy totalmente suyo» y así lo recibió con gran devoción.

Poco a poco fueron fallándole las fuerzas, pero su espíritu seguía ocupándose en Dios medio de aspiraciones que sería muy largo repetir. No ahorramos ningún esfuerzo en buscar alivio a su salud y él por su parte tampoco rehusaba nada de lo que se le presentaba, por amor a nuestro buen Dios.

Al llegar el día de Pentecostés, expuse el Santísimo Sacramento para las preces de las cuarenta horas y les pedí a todos que, si deseaban su salud, urgiesen al corazón de Nuestro Señor para obtenerla, si él lo necesitaba. Por mi parte dije la oración de los apóstoles: Ne derelinquas nos orphanos, con doble intención, tanto para no vernos privados de las gracias del Espíritu Santo, como para no quedar huérfano de mi padre espiritual. ¿No dijiste tú, Señor, que era una desgracia quedarse solo, sin compañero que lo calentase en su frialdad o lo levantase en su caída? Pero después de haber dejado brotar los gemidos de mi corazón y haber pedido la conservación de un obrero tan necesario en un país que estaba tan necesitado, al volver a casa, no encontré más respuesta que la de la muerte, al ver que la enfermedad aumentaba, con tanta debilidad que ya no hacía más que delirar, aunque con cosas piadosas, como decir la misa, estar instruyendo a alguno, etcétera. Entonces aproveché la ocasión para ayudar a elevar su corazón a Dios con versículos de los salmos y otras jaculatorias, y pensaba dentro de mí que es verdad que el molino da la harina del trigo que se le echa y que el espíritu se ocupa naturalmente en las cosas y en los pensamientos que se han admitido de ordinario en la vida. Pero no estaba delirando cuando me dijo a mí y a los que venían a verle: «¡Qué bueno es servir a Dios, cuando uno está sano; pues creedme que cuesta mucho en la enfermedad, que abate al pobre espíritu». Y otras veces decía con sentimiento: «Parece uno miserable cuando el cuerpo sufre, pero sin embargo es una gran dicha sufrir por amor de Dios. Se compra la eternidad gloriosa con unos momentos de tribulación». Y demostraba que sabía cumplir bien con esta práctica de sufrir con alegría, pues a pesar de aquellos dolores que tenía en las articulaciones y de los que decía antes que ya no podía sufrir más y que ahora, sin embargo, aumentaban sin cesar, decía: «Ya no sufro tanto, pues siento una fuerza dentro de mí y una gracia que hace que todo este mal no sea casi nada». Y otras veces: «Se trata de comprobar lo que está escrito: Juxta est Dominus iis qui tribulato sunt corde; cum ipso sum in tribulatione«. Y casi siempre respondía con dulzura a estos versículos: «Tiene usted razón, mi querido padre; es verdad lo que usted dice».

Y volviendo a delirar hablaba en voz baja y decía: «¿Cómo se podrá convertir a estos hugonotes?» Y yo le respondía: «Tratándolos con mansedumbre». Y es curioso cómo efectivamente, poco después de su muerte, de los diez que había aquí, se convirtieron cinco que volvieron de sus errores después de haber tratado mansa y humildemente con ellos. Puede ser que yo esté equivocado al creer que estaba delirando cuando hablaba de la conversión de esos hugonotes, y que estuviese rezando expresamente por ellos y que su oración fuese escuchada y atendida después de su muerte.

Hacía diez días que había comulgado y le pregunté si deseaba volver a comulgar, para recibir a Aquel que había enviado el Espíritu Santo sobre sus apóstoles. «Con mucho gusto», me dijo. Pero habiendo estado ocupado todo el día de Pentecostés con el canto de maitines y de la misa solemne y la reconciliación de los que querían cumplir sus devociones, y después de comer, con las vísperas y la exhortación a los franceses e instrucción de los negros, sólo pudimos llevarle la comunión el día siguiente, y él lo recibió con la misma devoción que la primera vez. Y como estaban presentes casi todos los franceses, les recomendó con afecto de corazón la devoción a la santísima Virgen, aunque hablaba con fatiga, y recomendó que yo se la inculcase.

No puedo prescindir de decir aquí lo que creo que se señalará en la conferencia sobre su vida, que esa devoción hacia la santísima Virgen era en él tan ferviente que dejó por escrito un gran número de prácticas, que me parece que había recogido en los ejercicios; y me parece que se había asociado a tres o cuatro seminaristas de San Lázaro para animarse mutuamente y hablar de ella en los recreos y coloquios espirituales.

Después de haber comulgado, le vi tan postrado que le hablé de recibir la extremaunción, esperando más bien la salud por la virtud de los sacramentos que por las medicinas; apenas se la llevé, la recibió con mucha devoción, presentando lo que había que ungir y respondiendo a las palabras; yo estaba muy emocionado, con lágrimas en los ojos, lo mismo que todos los acompañantes. Al acabar, fui a celebrar la santa misa, y al final de la mismo recibí en el bautismo a una muchacha mayor, para que se casara con un negro bautizado en Francia, en Nantes, que era compañero de aquel que se bautizó en París, que se casó también más tarde con una negra de aquí, que yo bauticé.

Al volver de la iglesia y no tener nada con que consolar a mi pobre amigo moribundo, le dije lo que acababa de hacer en la iglesia: «Querido amigo, vengo de empezar la obra de Nuestro Señor bautizando a una adulta, y pronto bautizaremos a otra, cuando la hayamos acabado de instruir; ¿verdad que se alegra usted?». El rubricó mis palabras: «¡Qué alegría! ¿No es para esto para lo que hemos venido? Lo que más siento es tener que dejar a estas pobres gentes, que se encuentran en tan buena disposición. ¡Qué honor, Dios mío! ¿No me darás la gracia de servirte en esto?».

Estos sentimientos y este celo por la salvación de los habitantes de este país son más fáciles de concebir que de expresar; de ello es de lo que solía hablar mientras estaba sano y siempre me hablaba de nuestra misión en este país con términos de gratitud para con Dios, por el honor que nos había hecho; el mero recuerdo de la devoción con que hablaba me hace derramar todavía ahora, mientras escribo, lágrimas de los ojos y siento mucha confusión por portarme tan mal.

Vuelvo a nuestro enfermo que, después de haber dicho tan hermosas palabras en un intervalo de lucidez, forzando mucho su voz, cayo en seguida de nuevo en sus delirios, durante los que todavía mostraba su deseo de la conversión de estos pobres infieles. Y como se había puesto a estudiar la lengua del país, decía en sueños: «Sí, es una buena frase: Aka alino», que significa: «No te olvides». ¿No daba a conocer en estas solas palabras el interés que había puesto en sus instrucciones para inculcar bien la doctrina cristiana? Y luego decía entre sobresaltos: «Sí, padres, les pongo por testigos de que, si he dejado Francia y he hecho seis mil leguas por mar para llegar aquí con tantas fatigas, sólo ha sido por la conversión de estas pobres gentes». Yo le decía que habíamos empezado a cultivar la tierra y que después de sembrar, la cosecha vendría cuando Nuestro Señor quisiera. «Sí, pero tarda mucho, decía. ¿Acaso cree usted que los que se disponen según sus posibilidades y preparan las cosas para el futuro, como nosotros procuramos hacer, hacen menos que los que progresan más, después de encontrar el camino trillado?».

El último día de las fiestas vi que ya no resistiría más la violencia de una fiebre tan maligna, de la que hacía ya catorce días que estaba consumiéndose, pues el calor y el dolor excesivo de cabeza y de todos los miembros de su pobre cuerpo lo habían extenuado. Después de volver de los oficios de la iglesia le pregunté: «Si Nuestro Señor quiere sacarle de este destierro, ¿qué es lo que le gustaría decir a nuestro buen padre Vicente?» «Dígale que le agradezco con toda humildad que me haya admitido y tolerado en el número de sus misioneros, y sobre todo que me haya escogido para enviarme a este país, en vez de tantos otros que lo habrían hecho mucho mejor que yo». «¿Qué quiere usted para el padre Lamberto y para todo el seminario?» «Dígales que le den gracias a Dios por eso mismo». «¿Y a su madre y demás parientes?» – «Les ruego que hagan celebrar muchas misas por mí por esta misma intención». «Y si me deja usted aquí solo, ¿qué testamento me deja?». Me preguntó si diría muchas misas por él. «Sí, no lo dude; rece usted por mí allá arriba y yo rezaré por usted aquí abajo; aunque la muerte separe nuestros cuerpos, no dividirá nuestros corazones, que estaban tan unidos en el mismo deseo de servir a Dios y hacer que los demás le sirvieran. ¿Pero no tiene nada más que decirme?». Y después de haber pensado un poco, me dijo en presencia de dos o tres franceses: «Le digo en testamento que tendrá usted mucho que sufrir aquí (y repitió: sí, sufrir mucho), no sólo un poco; le digo que será mucho».

No le pregunté la razón de ello y me contenté con conservar en el corazón este querido testamento, pidiéndole a Nuestro Señor que se cumpliera en mí su voluntad y que todo fuera para la gloria del mismo Dios.

No diré si se ha demostrado cierto este testamento, pues en lo que se refiere a las fatigas corporales que hay que sufrir aquí por el calor y por la escasez de muchas cosas que abundan en Francia, esto es siempre muy poco. Pero bendigo a Dios por la gracia que me ha concedido de haber superado muchas penas del espíritu, al verme solo in terra aliena y privado de la compañía del difunto y de la esperanza de tener un compañero hasta dentro de mucho tiempo, para recibir los sacramentos, y al no poder progresar mucho (solo y teniendo que atender a los franceses) en una obra que pide muchos obreros.

En fin, al atardecer, después de las oraciones a las que todos vinieron para obligar con sus esfuerzos a Nuestro Señor a que devolviese la salud a aquel a quien amaba y armábamos todos, volví a decírselo. Como parecía estar sin conocimiento, le pregunté si me conocía: «Sí, usted se llama Nacquart». Y como si bromease, le pregunté si también sabía su nombre; él, sonriendo un poco, me dio una respuesta que da a conocer la costumbre que tenía de la humildad: «Yo me llamo una persona que no vale mucho». «Bendito sea Dios que le da esos sentimientos, le dije; usted vale mucho delante de él». Y aunque su espíritu se extraviaba en las cosas temporales, se ocupaba con acierto de las espirituales y de la profundidad de su humildad se elevaba a la confianza de la misericordia divina y apretando el crucifijo, decía balbuceando: «Sí, Dios me perdonará, porque si no, estoy perdido». Y cuando le toqué el crucifijo, él lo apretó más entre sus manos como si dijera: Inveni quem diligit anima mea; teneo et non dimittam. Al prever que no tardaría mucho en morir y que no podría tener en mucho tiempo ocasión de reconciliarme con Nuestro Señor, le pregunté si podría administrarme el sacramento de la penitencia, si podría dirigir su atención para escucharme y si podría pronunciar la absolución. «Sí, sí»; entonces se descubrió y recibí de él el sacramento, sin que vacilase en nada; me exhortó al arrepentimiento de mis pecados y recibí su última bendición.

Me quedé a su lado para animarle en aquel trance y él mismo lo hacía agarrándose al crucifijo; después de mirarlo, se quitaba el bonete con gran esfuerzo, dada su debilidad, y teniendo entre sus manos temblorosas la imagen de su Maestro se esforzaba en rezar las letanías de su santo nombre, pero al fallarle la memoria las decía yo y él respondía con devoción. Procuraba moderar sus ansias y le hacía descansar un poco, pues se le veía atormentado. A eso de las diez de la noche le di un poco de esperanzas, aunque temía por otra parte que aquella noche moriría; hice dos guardias para velarle y, como me sintiese un poco agotado por haber estado en pie casi todo el día, tanto en la iglesia durante las fiestas como por la tristeza que me había impedido tomar el alimento ordinario, me dijeron que fuera a descansar y que me conservase para el público. Así lo hice, rogándoles a los que velaban que tuvieran cuidado de avisarme a la primera señal, y me eché en cama después de despedirme del enfermo y de rogarle que hiciera lo posible por descansar.

Sobrevino entretanto un vendaval, que hacía mucho ruido soplando sobre las hojas que cubrían nuestra casa, lo mismo que las demás casas del país. Retirándose un poco los franceses que le velaban, le oían con frecuencia repetir estas palabras que él había puesto en su espíritu desde el principio de su enfermedad: Deus, Deus meus, ad te de luce vigilo; y cogía el crucifijo que estaba a su lado sobre una estera, apoyándose en una cuerda que estaba colgada para ayudarle a moverse, y decía muchas palabras que no se podían distinguir.

¡Qué perezoso fui al dejarme convencer cobardemente para ir a descansar mientras mi hermano repetía que velaba ante Nuestro Señor noche y día! No hay duda de que aquella mano tan débil, que dirigía trémula a la imagen del crucifijo, buscaba aquello que el apóstol santo Tomás quería tocar y decir con él: Deus meus et Deus meus, y que el corazón que había amado con tanto cariño y servido con tanta fidelidad al Señor, combatiendo por él tan generosamente, al verse al final de la carrera mientras esperaba comenzarla en este país, exclamaba: Cupio dissolvi et esse cum Christo.

Pero más vale que deje de pensar en lo que pudo decir y pensar en aquellos últimos momentos en que, al verse más cerca de su centro, esos movimientos eran sin duda más violentos cuando al preguntarle los que le velaban si deseaba alguna cosa, no recibieron ninguna respuesta. Me despertaron a eso de la una de la noche y ya no encontré más que el cuerpo de aquel cuya alteza había ido a recibir la recompensa, no sólo de los servicios que había hecho y de las virtudes que había practicado para con Dios, sino también para con su prójimo y para consigo mismo. Le dejo imaginarse en qué estado se vio mi pobre corazón, que todavía sigue temblando mientras escribo, y cómo aumentó mi aflicción al tener que sepultar aquel bendito cuerpo, que había servido no solamente para confesar a Nuestro Señor delante de los hombres, sino que además había sufrido el martirio de tantas mortificaciones como había libremente escogido y que había padecido con una paciencia admirable, sobre todo en esta ultima prueba en la que se había afinado y acabado de purificar lo mismo que el oro en el crisol.

Sé muy bien que no soy capaz de expresar la pena que sentí con sus recuerdos y el cariño que le tenía, cuando celebré sus funerales, cantando el oficio de los difuntos y celebrando la misa, y sobre todo cuando hubo que enterrar a aquel a quien me hubiera gustado rescatar con mi propia vida. Los sollozos interrumpían mis cánticos y finalmente no tuve más remedio que rogar a los asistentes, que no podían contener sus lágrimas, que perdonasen mi debilidad, ya que también se excusó Nuestro Señor cuando le dijeron, en la resurrección de su amigo Lázaro: Ecce quomodo amabas eum.

No eran solamente los franceses los que tenían el rostro cubierto de lágrimas, sino también los negros que apenas habían empezado a conocerlo y que asistían en gran número, sin poder menos de llorar la muerte de aquel de quien en vida decían que jamás habían visto unos hombres semejantes que no fuesen coléricos y de mal genio y que les hablasen con tanto afecto de las cosas de su salvación, como procurábamos hacer nosotros cuando los instruíamos.

Sé muy bien que mi muerte, que me llegará cuando Dios quiera, no me apenará tanto como la suya y que los motivos de tristeza han penetrado tanto en mi alma que me habrían anonadado si no hubiera pensado que él no había muerto, sino que dormía, y que había que cerrar la boca, ya que Dios lo había hecho para nuestro mayor bien, aunque pensase que se trataba de un castigo riguroso que me daba por no haberme aprovechado debidamente de su buen ejemplo durante su vida. Pero poco a poco fui absorbiendo mi tristeza en la resignación ante la voluntad de Dios y en el abandono en su santa providencia, pidiéndole las gracias que tenía preparadas para tan fiel servidor, del que ya no hablo más que para acabar de consolarme a mí mismo y a toda la compañía con las palabras que servirán de canonización al difunto: Beatus ille servus quem, cum venerit dominus ejus, invenerit vigilantem, etcétera.

Creo que todos cuantos lo conocieron en París y en otros sitios darán testimonio de que veló siempre in prima vigilia de su seminario in secunda vigilia, cuando estaba en Saintes; in tertia vigilia, cuando regresó de nuevo a París para recibir el sacerdocio; y ya ve usted cómo, mientras tuve la dicha de gozar de su compañía, he observado el cuidado que puso en guardar su cuerpo y su alma en una pureza incomparable y angelical, y su corazón en la práctica de todas las virtudes de un buen misionero. Y finalmente, después de haber hecho mucho bien y ninguna cosa mala que yo haya podido conocer, después de haber caminado rectamente hacia Dios y haber guiado a él a muchas almas, acabando sus días con la pena de no poder seguir trabajando en la conversión de este nuevo reino tan fácil de ganar para Jesucristo, y después de haber sufrido todo lo que un cuerpo puede sufrir durante la enfermedad y con una alegría bien manifiesta, lo cual es mucho más digno de elogio si se piensa en su carácter tan impetuoso que había logrado dominar perfectamente y reducir a una mansedumbre cordial, y finalmente después de haber velado noche y día, como repetía con frecuencia durante su enfermedad hasta el final de la misma, ¿quién puede dudar de que fue encontrado en vela por aquel Señor que, al canto del gallo, cuando él murió, después de medianoche, lo hizo entrar en seguida en la luz de la gloria y en la posesión de todos sus bienes? Y si no puedo decir que fue un santo, puedo asegurar después de todo lo dicho que es Beatus según las Escrituras.

No quiero olvidarme de una observación: que, inmediatamente después de su muerte, el astro que preside la noche se eclipsó durante el espacio de tres horas. Esto me hace pensar que el cielo, lo mismo que nosotros, contribuía al duelo por aquel que era tan necesario para ayudar a disipar la noche y las tinieblas de la ignorancia de estas tierras. De lo cual concluyo y deduzco que, si no hay un astro tan hermoso que no se eclipse, tampoco hay justo que no peque y que también él necesitará después de su muerte de las oraciones y sufragios de la iglesia; así pues, estoy seguro de que no se retrasarán en toda la Compañía y en todas nuestras casas, apenas sepan la noticia, en cumplir con las oraciones y deberes acostumbrados, pues creo que se lo comunicarán ustedes en una carta circular, en la que espero que hablarán del comienzo y del progreso que realizó, uniendo a ello todo lo que aquí les envío para este fin, deseando que este bendito testamento de sufrimientos que me ha dejado se ejecute en mí como señal segura de la elección que se ha hecho de mí para traer a este país o a cualquier otra parte el nombre de aquel en cuyo amor deseo acabar mi vida, como él lo ha hecho, y quedar para siempre, mi veneradísimo padre, su muy humilde y obediente servidor,

NACQUART,

Indigno sacerdote de la Misión.

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