[Por agosto de 1648]
Es justo, padre, que le escriba para agradecerle con todo mi corazón el favor que de usted he recibido por sus sacerdotes y que le exponga la gran necesidad que de ellos tenemos en este país. Puedo asegurarle con confianza que sus trabajos han hecho más fruto y han convertido más almas que el de todos los demás eclesiásticos; además, por su ejemplo y su buena conducta, la mayor parte de la nobleza de uno y otro sexo se han convertido en modelos de virtud y devoción, tal como no se vio nunca entre nosotros hasta la llegada de sus misioneros por estos lugares. Es cierto que las agitaciones y las luchas de este reino han sido un gran impedimento para sus funciones; sin embargo, la memoria de las cosas que se refieren a Dios y a la salvación se ha grabado tanto, por su medio, en el espíritu de los habitantes de las ciudades y de la gente del campo que todos bendicen a Dios igualmente en sus adversidades como en su prosperidad. Yo mismo espero salvarme con su asistencia.







