Padre:
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
He de comunicarle una noticia muy triste, pero que está mezclada con un gran consuelo. Dios ha dispuesto del buen padre Guérin en Túnez y quizás del padre Lesage en Argel, contagiados ambos por la peste que desde hace tiempo azota aquellos lugares; el padre Le Vacher y el hermano Francisco también han experimentado su veneno, pero ha querido su divina bondad conservarlos casi de milagro.
Estábamos ya esperando la noticia de la muerte del padre Le Vacher, cuando él mismo nos la dio de la muerte del padre Guérin, que falleció el mes de mayo último. Su fin, como su vida, ha sido un verdadero testimonio de celo y de caridad, que nos ofrecen la seguridad moralmente infalible de que su alma ha entrado en la eternidad dichosa. Le ruego, sin embargo, que les apliquen los sufragios acostumbrados.
Lo que sabemos del padre Lesage es lo que nos ha dicho su compañero, el hermano Barreau, en carta del cuatro de mayo, que había caído enfermo de contagio dos días antes; y el padre Le Vacher, en carta del 20 de junio, habla en estos términos: «Creo que habrán recibido ya ustedes carta de Argel con la muerte del padre Lesage». Y aunque no hemos recibido nada más que la que nos habla de su enfermedad, tememos que haya fallecido y que sea desgraciadamente cierta la noticia que nos da en pocas palabras el padre Le Vacher, que pudo tener conocimiento de ello. Pudiera ser que se tratara sólo de un falso rumor, va que está a más de cien leguas de Argel.
En espera de esta última noticia, puedo decirle que el padre Le Vacher se encuentra bien, gracias a Dios. Sin embargo, ha estado tan mal que ya lo creían muerto, de forma que el buen padre Guérin, que todavía no había caído enfermo, ya había ordenado prepararle la sepultura y todos se habían ya retirado a su habitación, excepto el hermano Francisco que, al fijarse en él de vez en cuando, advirtió dos horas más tarde que daba algunas señales de vida; salió en seguida a avisar a los que lo habían dejado como muerto y que acudieron a asegurarse de la verdad, y viéndolo quedaron admirados y consolados.
Pocos días más tarde aquel buen hermano se vio aquejado de dos pestes y de fiebre continua. Luego cayó enfermo el padre Guérin, de forma que estaban los tres en cama; cuando lo supo el buen hermano Francisco, su caridad le movió tanto que en seguida se levantó para asistir a los otros dos y, cuando se lo quisieron impedir, ya que se encontraba tan mal, respondió: «Que Dios haga de mí lo que quiera; pero es preciso que en el estado en que se encuentran yo les haga todo el bien que pueda». En efecto, les atendió hasta el fallecimiento del uno y el restablecimiento del otro, dándoles caldos y remedios, yendo a la ciudad y a otros lugares; en fin, se desvivió por atenderles como si no hubiera estado él mismo enfermo.
Algunos días después, para recompensar su caridad, Dios quiso que se curara de una de sus pestes. Le volvió el apetito y poco a poco se disipó también la otra peste, sin haber tomado ningún remedio hasta que se puso bien el padre Le Vacher, que le hizo sangrar y purgar. El padre Le Vacher habla de este hermano como de una maravilla, y el buen padre Guérin me habló siempre de él con grandes alabanzas.
He aquí, padre, muchos motivos para alabar a Dios por la salud de los unos y la muerte de los otros: por aquella, ya que les da medios a esos dos buenos siervos de Dios para seguir sirviéndole en las personas de los esclavos enfermos y abandonados, que es el grado de caridad más elevado que puede alcanzarse en este mundo; y por ésta, ya que una muerte semejante es preciosa ante el cielo y la tierra y será, con la ayuda de Dios, semilla de misionero, lo mismo que la sangre de los mártires fue semilla de cristianos; en efecto, es un martirio de amor morir por asistir corporal y espiritualmente a los miembros vivos de Jesucristo.
El viernes por la tarde tratamos de las virtudes del difunto padre Guérin y seguiremos hablando de ellas en la próxima conferencia; hemos mandado recoger lo que se ha dicho para comunicárselo a todas nuestras casas. El tema lo merece: era una de las almas más puras, más despegadas y más de Dios y del prójimo que jamás he conocido. ¡Ay, padre! ¡Qué pérdida para los pobres y qué pérdida para nosotros al no tener ya este ejemplo de celo y de caridad! Muchas veces me he servido de él como de los más eficaces para animar a la compañía a la práctica de estas virtudes. Ya no lo tenemos; Dios nos lo ha quitado; quizás sea para castigarnos del mal uso que de él hemos hecho; pero, como lo cierto es que la mayor parte se han aprovechado de él, Dios nos quiere excitar a una mayor emulación para ir a establecer por doquier el imperio de su Hijo Nuestro Señor, lo mismo que ha hecho nuestro buen padre Guérin, que goza ahora de la recompensa debida a sus trabajos y que nos obtendrá la gracia de imitarlo si, en efecto, comenzamos desde ahora a aprovechar las ocasiones diarias que se nos ofrecen para ello. Ese buen siervo de Dios no aguardó a llegar a Berbería para animar y consolar a los pobres; lo hizo en Francia y en Lorena siempre que pudo; y eso es lo que le mereció la dicha de ir a morir en el servicio a los pobres esclavos, tal como varios observaron en nuestra conferencia.
Ruego a Nuestro Señor que sea él la vida de nuestros corazones y que me haga digno de la gracia que he recibido de su divina misericordia, de ser en ella, como soy, muy humilde y obediente servidor de su pequeña compañía, a la que abrazo espiritualmente con gran cariño,
VICENTE DEPAUL,
i. s. d. l. M.
Al pie de la primera página: Padre Gautier.







