Recibí su carta con alegría, al ver la fidelidad con que usted me ha descubierto los pensamientos que agitan su corazón. No es extraño que sufra usted tentaciones; al contrario, lo raro sería que no las sufriera, ya que la vida de los hombres no es más que tentación y nadie está exento de ellas, especialmente los que se han entregado a Dios; su propio Hijo tuvo que pasar por esta prueba. Pero si se trata de una necesidad para todos es también una ocasión de mérito para las personas a quienes
Dios ha concedido convertirlo todo en bien, como usted ha hecho. Ya sabe, padre, que sin los desórdenes no habría reglamentos; pero nuestras inclinaciones nos llevan al mal de tantas maneras que corresponde a la prudencia divina y humana oponerles remedios específicos. Por eso el Antiguo y el Nuevo Testamento están llenos de mandamientos, de consejos y de reglas de salvación; por eso la Iglesia ha dado tantas normas y decretos; por eso los jurisconsultos han establecido leyes para los asuntos civiles. Las reglas que ustedes tienen son máximas evangélicas y medios para guardarlas, poco más o menos los mismos que aquí, en donde gracias a Dios, nunca se ha quejado nadie de ellas. Y si el número le parece excesivo, le ruego considere cuán grande es el de los preceptos divinos, los cánones, decretos, leyes y admoniciones de los que acabo de hablar, que no pueden contener varios gruesos volúmenes. Pudiera ser, sin embargo, que le costase a usted la diversidad de cosas que se le recomiendan y que le urgiesen demasiado para observarlas. Por eso me alegra mucho que me haya escrito, ya que así les pediré a los visitadores que pongan mucha atención en no ordenar en adelante nada que no venga muy a propósito; también le ruego a su superior que le trate a usted amablemente, si es que hasta ahora no lo ha hecho así, y que incluso le cambie de lugar, si usted lo desea.
La Compañía siempre ha estado muy contenta de su comportamiento; los que aquí le conocieron están muy edificados de usted y, por lo que sé, también lo están los que ahora viven con usted. Esto me hace creer que la pequeña repugnancia que usted siente es producto del espíritu maligno que desea molestarle en el buen camino. Le ruego, padre, que no lo escuche; pues si hay dos o tres reglas que le disgustan porque las cree superfluas respecto a usted, algún otro las apreciará porque le convienen. Los hijos de Nuestro Señor caminan tranquilamente por sus caminos; tienen confianza en él; cuando caen, él los levanta; y si en vez de pararse para refunfuñar contra la piedra en que han tropezado, se humillan en su caída, él les hace avanzar a grandes pasos en su amor. Así lo espero de usted, que es totalmente suyo, por su misericordia, y que no respira más que su santa voluntad.
Hay mucha diferencia entre la vida apostólica y la soledad de los cartujos. Esta realmente es muy santa, pero no les conviene a los que Dios ha llamado a la primera, que es de suyo más excelente; si no, Juan Bautista y Jesucristo no la hubieran preferido a la otra, como hicieron, dejando el desierto para ir a predicar a los pueblos; además, la vida apostólica no excluye la contemplación, sino que la abraza y se sirve de ella para conocer mejor las verdades eternas que tiene que anunciar; por otra parte, es más útil para el prójimo, al que tenemos obligación de amar como a nosotros mismos, ayudándole de una manera distinta de como lo hacen los solitarios. Y aunque le parezca que cumpliría usted de mejor gana los deberes de esa santa religión que los de nuestro pequeño instituto, sin duda está usted engañado, lo mismo que otros muchos que han dejado su verdadera vocación para entrar en una manera de vida diferente, en la que han encontrado menos satisfacción. ¿Por qué? Porque las dificultades de las que pensaron huir no estaban en la cosa que dejaron, sino en su propia imaginación ya que]as cualidades del espíritu son las mismas en todas partes, si no se las corrige por medio de una continua mortificación. Por lo demás, padre, ya sabe que no somos religiosos ni tenemos intención de serlo; Dios no nos ha juzgado aptos para ese estado. Pidámosle que nos haga dignos de aquel en que nos ha puesto.







