Mercuès, 15 julio 1648
Padre:
Después de darle mis más rendidas gracias con la presente por el afecto con que nos ha prestado usted su ayuda en el pleito que nuestros religiosos de Chancelade tienen contra los de Santa Genoveva, y que espero nos siga prestando, acepte que le diga que tan lejos estoy de pensar en oponerme a que acepte usted en su congregación eclesiásticos de mi diócesis, que por el contrario, siempre he creído que era justo y necesario que usted los recibiese: justo, porque su congregación sirve bien a mi diócesis; necesario, porque los suyos que dirigen mi seminario no podrán hacer útilmente las misiones si no hay alguno de mi diócesis con ellos, debido a la lengua del país que ellos no conocen y que es preciso utilizar si se quiere sacar provecho de los misiones. Puede usted acordarse de que, entre las razones que le dije para que se encargara usted de nuestro seminario, estaba el que podría usted sacar de él muchos sujetos para dar misiones en todo este país y en el Languedoc, que tiene casi la misma lengua. Es verdad que yo creía que era necesario hacerlo con ciertas condiciones, una de ellas debido a la fundación de ochocientas libras que mi clero entrega anualmente para el mantenimiento de seis seminaristas, destinados al servicio de nuestra diócesis por encargo nuestro; juzgué necesario que se llenase ese número antes de que usted pudiera tomar otros y en esto estuvo usted de acuerdo conmigo, lo mismo que el padre Lamberto cuando estuvo por aquí. La otra, que es más bien un consejo que una condición, es que tuviera usted en cuenta la necesidad de sacerdotes que tenía esta diócesis, pues no puede usted imaginarse lo grande que era cuando yo vine. Actualmente casi se han llegado a cubrir todas las necesidades, y dentro de poco se habrá solucionado el problema, que ya estaría solucionado si otras diócesis no hubieran tomado sacerdotes de la nuestra.
Quedaría usted maravillado de mi clero y bendeciría mil veces a Dios, si supiera el bien que han hecho los suyos en nuestro seminario, cuya fama se ha extendido por toda la provincia. Le ruego, pues, que examine si es justa esta condición, de no recibir ninguno hasta que se haya cumplido el número de seis. Ahora sólo hay dos que, además, son forasteros, convertidos a nuestra religión y que quieren abrazar el estado eclesiástico. Yo no he querido que los suyos se preocupasen de que estuviera lleno este número, sino todo lo contrario, al menos mientras estuvieron de directores el padre Delattre y el padre Testacy.
En fin, sólo he de decirle dos cosas: una, que el cariño que tengo a su congregación, que no cederá nunca a la que ustedes mismos le tienen, me mueve a suplicarle que considere seriamente si no convendrá que ponga usted alguna condición en la facultad que usted les concede a los suyos de recibir eclesiásticos de las diócesis en que están establecidos, ya que siempre he creído, y me lo ha confirmado el comportamiento de los suyos en mi diócesis, que se trata de algo absolutamente necesario para vivir en buena inteligencia con los obispos que les llamen a sus diócesis. Por favor le ruego que no mida a los demás por su rasero, pues seguramente se engañaría. ¡Ojalá pudiera derramar mi propia sangre por enviar muchos a su Compañía, que tuvieran el mismo espíritu que usted! ¡Quiera Dios que todos tengan al menos una parte de él, si no todo! Creo que el padre Lamberto así lo procura y desearía que todos los demás hicieran lo mismo.
La otra cosa que tengo que decirle es que no habrá ninguna condición para usted; usted gozará siempre de la facultad de ordenarme cuanto de mí dependa; pero le ruego que esto quede solamente entre nosotros dos y que me crea, padre, etcétera,
ALANO, Obispo de Cahors.







