Al padre Vicente de Paúl, fundador y superior general de la congregación de la Misión.
Padre:
Me apartaría de mi obligación si no le ofreciera esta Unión; he de acercarme al original para juzgar de la fidelidad de mi copia, pues la verdad es que he meditado esta obra con el deseo de retratarle a usted, por lo que el pueblo no me debe más que un poco de tela y de colores y no pocas sombras que le ocultan muchas más cosas hermosas de las que le descubro. Desde que su celo se unió a su piedad para dispensarla a todo el mundo cristiano, la ignorancia ha abandonado el altar, las cabañas tienen sus doctores lo mismo que los palacios y las bocas de oro se hacen escuchar en donde no se sacrificaba más que en plomo. Antes de que el más justo de nuestros monarcas pusiera su iglesia en manos de usted, se nacía con las mitras y el anillo; usted administra los bienes de este ilustre menor con una equitativa imparcialidad, ya que su elección recae más bien sobre una ciencia plebeya que sobre una noble ignorancia y la virtud que podía quejarse de una pobre cuna le debe a usted el trono al que se ha visto elevado en contra del favoritismo. su humildad, padre, es igual a su celo, ya que cubierta de esplendor se oculta en la oscuridad y cargada de grandeza no sale de su bajeza. Francia le mira como miraba la antigüedad a sus héroes, que sólo se reservaban de sus conquistas la gloria de poder ofrecerlas. Todas las virtudes que usted reúne justifican que le pida su protección para mi obra, que no se apartará de mis deseos si sirve para unirme a usted como el más humilde y obediente servidor,
DE LA PLACE







