Isla de San Vicente del Cabo Verde [25 junio 1648]
Padre:
Le pido su santa bendición.
Hemos desembarcado aquí y estaremos 3 ó 4 días para recoger agua. Partimos de La Rochelle el día de la Ascensión, en que levamos ancla. Gozamos de buena salud, gracias a Dios, después de algunos mareos y vómitos al principio. Hemos tenido el consuelo de ver la piedad de los de nuestro barco, que han cumplido con sus deberes para ganar el jubileo, que me enteré había concedido Su Santidad y que abrimos desde Pentecostés hasta el día del Corpus. Llegamos a esta isla el día antes de San Juan y hemos celebrado aquí misa todos los días, y en el barco siempre que el tiempo nos lo permitía.
Nos hemos encontrado aquí con portugueses, muy buenos cristianos, aunque esclavos, que han enviado acá para la caza de cabras. Esperamos confesarlos por intérprete y darles mañana la comunión para que hagan el jubileo, como lo hicimos ayer y hoy con unos doce de un barco que es de Dieppe y que se ha acercado a este sitio para recoger agua. Lo que hemos admirado en estos portugueses es que son muy músicos y han cantado los salmos con muy buena armonía.
Y estamos ya dispuestos a hacernos de nuevo a la mar por otros cuatro meses. Pida a Nuestro Señor que nos haga llegar al fin que nos tiene destinados su sabiduría. Esperamos mucho fruto de aquel país, con la gracia de Dios, teniendo en cuenta sobre todo que nuestro señor comandante (que le envía sus más respetuosos saludos) nos demuestra grandes deseos de ayudar en ello. Le escribiremos desde allí; y si usted desea escribirme y enviarme alguna cosa, puede hacerlo en algún barco que salga para dichos señores.
Celebramos de ordinario la misa en particular por usted y por la Compañía en general, por el padre Lamberto y demás conocidos, sin olvidar el seminario, para que lo aumente en número y en virtud y haga crecer las plantas para que vengan a poblar la isla de San Lorenzo y demás lugares que tienen tanta necesidad de obreros.
Entre otros, le ruego que hable, si es posible, con un tal señor Rozée, comerciante de Rouen, que vive en la calle del Oso y que tiene la dirección para los franceses de las islas de Senegal, en donde se dice que hay muchas almas que ganar para Jesucristo, como también en las islas de Cabo Verde y de Gambia, donde no hay sacerdotes, a no ser quizá un capellán para el barco que les envían. Todo esto depende de ese señor Rozée, que según dicen es muy virtuoso y buen cristiano. El capitán de nuestro barco dice que se puede predicar allí el evangelio con tanta seguridad y libertad como en París. Todas esas pobres gentes son mahometanos y buenos, muy dóciles. ¡Que Dios mire por ellos!
Adiós, padre. Estamos aprendiendo la lengua de Madagascar. Encomiéndenos en sus oraciones y en las de toda la Compañía, especialmente las del padre Lamberto y el padre Gautier, a quienes escribiría si me lo permitiese la ocasión.
El portador de la presente es un capitán de Dieppe.
Soy de todo corazón, en el amor de Nuestro Señor y de su santa Madre, su muy humilde y obediente hijo,
C. NACQUART,
Indigno sacerdote de la Misión de la isla de San Lorenzo.







