Vicente de Paúl, Carta 1083: Juan Barreau, Cónsul En Argel, A San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl .
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[Argel, mayo 1648]

He aquí una historia que le parecerá no menos hermosa que la del año pasado, por la cual podrá usted conocer la ayuda que he recibido de la mano todopoderosa de Dios, que una vez más me ha curado del mal contagioso, que va aumentando cada día. No puedo penetrar en las deliberaciones de sus consejos, pero temo con justas razones que está arrojando la paja al fuego después de haber recogido el buen trigo.

Parecía que los grandes e importantes servicios que el difunto padre Lesage, mi queridísimo y amado padre y maestro, le hacía a Dios en la persona de los pobres esclavos cristianos, en esta ciudad de Argel, deberían darle un siglo de vida, mientras que mis cobardías tendrían que acabar pronto dando fin a la mía. Pero ha pasado todo lo contrario, para mi mayor confusión.

Brilló solamente en esta ciudad como un relámpago, pero su esplendor dejó huellas muy sensibles de sus efectos y que son muy dignas de ser consideradas. Su misión no fue tan larga como la del difunto padre Nouelly; pero su trabajo no ha sido menor, dadas las muchas ocasiones que le presentó Nuestro Señor desde el último miércoles de ceniza, que entró en esta ciudad, hasta el 12 de este mes, que entró en la gloria, ya que durante todo este tiempo fue una serie continua de preocupaciones y cuidados por socorrer espiritual y temporalmente a los pobres enfermos, tanto de la peste como de otras enfermedades.

Su primera preocupación al llegar fue la de informarse exactamente de la manera con que el difunto padre Nouelly se portaba con los pobres esclavos cristianos y su método para socorrerlos, y luego para llevarlos a hacer frutos dignos de penitencia con las saludables exhortaciones que les dirigía a los baños de Cheleby y de Collorgli, que son dos personas poderosas de la ciudad, tanto al final de misa como en vísperas, al acabar las cuales les hacía decir a veces las oraciones de la tarde, lo mismo que había hecho al comienzo de la misa con las oraciones de la mañana. Esto no se había practicado hasta entonces en esta ciudad. Y para obligarles a todos a adoptar esta santa práctica, mandó traducir estas oraciones al español, que es la lengua más ordinaria en esta ciudad, en esto estábamos trabajando cuando la violencia de su enfermedad le obligó a guardar cama.

Al final de sus exhortaciones, les rogaba a todos los asistentes que le comunicasen si alguno de ellos o de sus conocidos había caído enfermo, bien de peste o bien de otro mal, y que les asistiría incluso a costa de su vida. Esta súplica la hacía con tantos sentimientos de amor que arrancaba lágrimas de los ojos de todos. Pero esto no era nada en comparación con el celo con que ejecutaba lo que les había prometido. Todo aquello le dio tal crédito entre los pobres cristianos que corrían a su lado de todas partes para ser socorridos espiritual o corporalmente, según sus necesidades. Y como temiese que sus palabras no tuviesen bastante eficacia en sus espíritus, les prometía recompensar con alguna cantidad de dinero a los que le hiciesen ese favor; incluso llegó a tener algunos cristianos a sueldo, que no hacían otra cosa más que ir por la ciudad para informarse de dónde había algún enfermo, de modo que lo que no le permitía hacer personalmente su debilidad, lo hacía con ayuda de otros. Y lo que dependía de su ministerio, lo cumplía Con un ardor muy grande, tanto en la administración de los sacramentos como en las demás cosas.

Sabía acompañar su celo con una discreción y prudencia tan grande que enviaba primero al señor Claudio Didier, boticario a quien había traído consigo desde Francia, para encontrar algunos medios de hablar con los enfermos. Y si, en efecto, había alguna dificultad para entrar, el boticario le hacía comprender al patrono que no podría ofrecer remedio a su esclavo si el médico no le visitaba primero, y que para ello le enviaría uno. De esta forma podía entrar donde había peligro de muerte.

Con esta estratagema entraron los dos en la casa de un turco, que al principio los rechazó de mala manera; pero, cuando le dijeron que uno de ellos era médico y otro cirujano que venían a visitar a su cristiano enfermo, se lo permitió y quiso entrar con ellos. El señor Didier, al ver que su presencia podría ser un obstáculo, se puso a discurrir en su interior y logró sacarle del agujero en donde yacía aquel pobre enfermo, mientras que nuestro médico cumplía sus piadosos oficios. El turco creía buenamente lo que le decían de la persona que estaba con su esclavo. Pero acudieron las mujeres y se dieron cuenta de que era un papas (así es como llaman a los sacerdotes); pero nuestro buen Dios, que veía complacido toda esta artimaña, les dio la suficiente sensatez para que no lo revelasen. Así se pudo evitar el peligro para los dos, salió bien la cosa y el pobre cristiano pudo ser atendido gracias a Dios.

Otra vez se sirvió de esta misma estratagema para entrar en casa de un turco importante, donde había un pobre cristiano y un renegado español, ambos apestados, y a pesar del peligro aparente de contagio y de que le reconocieran, se decidió a entrar, a costa de su vida. Y en efecto, de esta forma consiguió que el renegado, que estaba acostado al lado del cristiano, al oír las exhortaciones que le dirigía y el arrepentimiento de éste, se viera tocado de una pena muy sensible de haber dejado nuestra santa fe y pidió insistentemente el sacramento de la penitencia; nuestro buen médico creyó oportuno retrasarlo hasta la tarde para pensar un poco en lo que debería hacer en estas circunstancias. Entretanto le hizo hacer algunos actos de contrición, con la esperanza de que podría volver al atardecer; no dejó de hacerlo, aunque le indicaron que corría peligro de ser quemado, ya que si el renegado, al morir, se negaba a decir ciertas palabras que ellos suelen decir entonces, se atribuiría esto a su visita; y aunque se pusiera bien, siempre había peligro. Todo esto no impide que vuelva aquella misma tarde. Pero los juicios de Dios son siempre justos y resultó que, cuando volvió, ya Nuestro Señor había dispuesto de él y estaba muerto.

No menos peligro había por parte del cristiano, dado que el patrono tenía pensado hacerlo turco. El señor Didier volvió allá varias veces, sin que nunca le permitieran volver a verlo. Nuestro buen médico quiso intentarlo una vez más, para exhortar a aquel pobre cristiano a mantenerse firme en su fe. Pero el mismo día en que iba a ejecutar este plan, cayó enfermo, desde entonces, no hemos oído hablar de él. Lo que nos da cierto temor es que algunas mujeres cuidaban mucho de él en su enfermedad y quizás lo pervirtieron, abusando de su debilidad.

Creo, padre, que todo esto basta para hacer de él un mártir desiderio. Y no fue ésta la única ocasión en que se expuso a la muerte. Hay otras muchas que su humildad nos ocultó. Poco antes de caer enfermo, su celo le llevó a entrar en una casa donde había algunos apestados, para ir a socorrer a un cristiano moribundo. Este mismo celo le hizo entrar en otra casa de donde había huido todo el mundo y, al encontrar ya muerto al que buscaba, sin asustarse, se arrodilló a sus pies, rezó un De profundis por su alma y se fue en busca de aventuras por otra parte. ¡Ay Padre qué aventuras tan maravillosas!

Si sus fuerzas hubieran sido iguales a su coraje, nos hubiera dado materia abundante para hablar de él, aunque no dejo de hacerlo, gracias a Dios. Si quisiese ir detallando todas sus acciones heroicas, creo que no encontraría ningún día en que no le aconteciera nada digno de mención; si resucitaran todos los cristianos que murieron de peste en el hospital de Cheleby o en los baños de la Aduana, nos descubrirían muchas cosas que nos ha tenido ocultas. En fin, creo que no ha habido ningún cristiano, de cualquier nación que sea, que no haya implorado su ayuda en la enfermedad o en la peste que no se haya visto asistido por él con una caridad increíble.

Entre sus muchas ocupaciones siempre se acordaba de sus baños, en los que predicaba con tanta bendición que hemos visto cómo algunos esclavos que, llevaban 10, 12 y 14 años sin confesarse, iban a arrojarse en Pascua a sus pies para cumplir con todos sus deberes, con resoluciones generosas de romper con sus malas costumbres.

Al llegar la semana santa redobló sus exhortaciones, que hacía después de las tinieblas que cantamos en los días acostumbrados. El jueves santo tuvo la ceremonia del lavatorio de los pies con tanta devoción que arrancó lágrimas de los ojos de todos. Yo estuve presente y también derramé algunas.

El día siguiente predicó la pasión, teniendo el crucifijo en la mano, pidiendo al final justicia para todos aquellos que no cumpliesen con su deber. Luego hizo hacer a todos los oyentes una promesa general de vivir como buenos cristianos; la mayor parte ha sabido mantenerla hasta ahora. y para facilitar los medios para ello, como no eran más que dos sacerdotes, se decidió a pasar la noche en los baños para oír las confesiones de los que se presentasen. Al día siguiente celebró el oficio con todas las ceremonias y devoción que permitían el tiempo y el lugar.

Después de haber hablado lo mejor que he podido, pero no con la importancia que el asunto merece, de la manera como trató con lo extraños, creo que no estará fuera de propósito decir cuatro palabras de su prudencia en el arreglo de las cosas domésticas, por medio de la cual logró hacer de mí todo lo que quiso, así como con todos los de la casa.

Me tomé el honor de escribirle anteriormente sobre las disposiciones que adopté para recibirle y sobre la gran tranquilidad que su presencia me trajo. Por eso no hablaré aquí de esto. Jamás se le vio contradecir a nadie. Aprobaba con cariño todo lo que se hacía; había entre nosotros tal simpatía que, cuando él estaba fuera, yo estaba preocupado, y cuando él no me veía, se sentía intranquilo. Estábamos tan unidos que no formábamos más que un solo corazón, aunque con la diferencia de que el mío estaba muy lejos de la perfección del suyo. ¡Qué pena que no haya durado esta dicha! Me parece que todo ha sido un sueño.

Por todo lo dicho es fácil deducir que su enfermedad no provino más que de su empeño en socorrer a los pobres enfermos de la peste y de otras enfermedades, que le obligaran a guardar cama el viernes, cinco de este mes. La noche anterior había sentido cierto dolor en la ingle derecha que nos obligó a llamar al señor Didier para que lo visitara; le aconsejó que guardara cama; pero, como prefería la salvación de las almas a la de su cuerpo, no pudo impedirle que fuera a decir misa a los baños de la Aduana y que pasase a la vuelta por los baños de Cheleby, adonde había ido el padre prefecto de los capuchinos para celebrar una misa cantada en honor de san Roque, a instancias de los mayordomos de dichos baños, en la que él tenía que hacer de diácono. Acabada la santa misa, con mucha fatiga para él, volvimos a casa, donde me declaró su mal; después de trabajar con él un buen rato en la traducción de las oraciones que antes dije, se vio obligado a acostarse, a eso de las dos de la tarde, con cierto gozo y alegría de verse impedido por un motivo tan hermoso; no tuve más remedio que derramar lágrimas de dulce consuelo, acordándome de que también el padre Nouelly había caído enfermo en el mismo día del viernes.

Luego le visitamos y vimos que la peste le había atacado. Casi una hora más tarde, el carbunclo apareció por encima, a una pulgada de distancia; esto nos dio al principio algunas buenas esperanzas.

En seguida le aplicó los remedios el señor Didier, para ayudar a la naturaleza, que parecía obrar ella misma su efecto. Le hicimos tomar algunas bebidas estimulantes y caldo; pero la debilidad de su estómago le hizo vomitarlo todo. Esto obligó al señor Didier a aplicarle un epitema de triaca sobre el estómago, etcétera. Tenía muy poca fiebre, sin dolor en el corazón ni en la cabeza; esto nos hacía esperar que no sería nada y que pronto se curaría. Pero no dejamos de confesarle por la tarde y de darle el santo viático a la mañana siguiente. No obstante, al ver que dormía poco y con grandes sobresaltos, creíamos que su mal se había ya apoderado del corazón. Por eso creímos conveniente darle el domingo por la mañana la extremaunción, mientras estaba en su juicio, después de la cual me pidió la fórmula de los votos que los de la compañía hacen en manos de usted, me mandó que la fuera leyendo poco a poco y él la repetía palabra a palabra con gran ardor; puedo asegurarle que moría con todos los sentimientos que la Compañía les pide a sus miembros; y aunque Dios hubiera querido devolverle la salud, él aseguraba que la emplearía en la salvación de las almas hasta el último suspiro de su vida. Le aseguro que todo esto me hacía derramar lágrimas copiosas. Después de pedirle de rodillas la bendición, me la dio; le fui repitiendo luego la misma fórmula de los votos y le rogué que, cuando llegase a la presencia de Dios, diese ante su Divina Majestad el mismo testimonio de mí que el que me ordenaba que yo diese de él ante los hombres. Le abracé con toda la cordialidad posible, prometiéndole morir a sus pies antes que abandonarle. Y acordándose de cierta crucecita de plata que llevaba al cuello, en la que había algunas reliquias, se la arrancó él mismo, diciendo que sentía escrúpulos de morir con aquel tesoro, y me la entregó para que usted dispusiera de ella a su gusto. Le pregunté si acaso la llevaba sin permiso y me dijo que se la había dado usted, pero que usted no creía que fuera tan valiosa. Hasta allí, padre, llegaba su desprendimiento.

La debilidad de su estómago le había devolver todos los calmantes que le dábamos y ni siquiera podía soportar los caldos; finalmente, el martes, 12 del presente mes, le sobrevino un pequeño sudor, que le duró un cuarto de hora, y que creímos que era una crisis, después del cual se quedó frío en las extremidades. Le preguntamos cómo se encontraba y nos contestó que le parecía estar descansando. Así lo creímos, y un cuarto de hora más tarde entró en agonía. Tomé en seguida su crucifijo y se lo hice besar, haciendo un acto de contrición, que él fue repitiendo literalmente. Luego le hice decir el María, mater gratiae y diez o doce veces el sagrado nombre de Jesús y de María. Después el reverendo padre Sebastián, religioso de Nuestra Señora de la Merced, le concedió la indulgencia plenaria, en virtud de su Orden, con la absolución general; y un momento después se murió, con las manos juntas, sin ninguna violencia ni pérdida de lucro.

He aquí, padre una muerte tan deseable como ejemplar y digna de imitación fue su vida. Es preciso reconocer que in brevi explevit tempora multa, ya que murió a la edad de 36 años, tal como el me dijo poco antes de morir.

Si se sintió mucho la muerte del padre Nouelly, no menos lo fue ésta, buen testigo de ello son las lágrimas de los pobres cristianos, que dicen en alta voz que han perdido a su padre.

Al día siguiente, lo llevamos a Bab-Azoun, al lado del padre Nouelly, en compañía de 400 ó 500 cristianos, que lloraban al verse abandonados en medio de los peligros que corrían, dado que los demás sacerdotes no quieren atreverse a tanto; y si no hay corazones parecidos a los de aquellos dos padres, difícilmente podrán ser socorridos.

Aquel mismo día se dijo la primera misa de cuerpo presente en nuestra capilla, que yo había hecho poner en otro lugar, ya que era demasiado pequeña. Celebró la misa un religioso bencdictino, que es el único sacerdote que tenemos de los tres que se decían observantes y que han sido cogidos hace poco. Nuestro difunto tuvo sobre los demás la ventaja de esta misa, ya que los demás cristianos son enterrados inmediatamente después de morir.

Esta mañana se cantó un oficio solemne en los baños del rey, con asistencia de numerosos cristianos, que apenas cabían allí. El padre capuchino comentó en breves palabras alguna de sus acciones más importantes; pero, como hace poco tiempo que está en esta ciudad, no podía conocer todo lo que había hecho. Esto es poco más o menos lo que pude recoger de sus palabras: que cuanto más perfectas son las cosas, más hemos de sentir su pérdida. Probó su perfección por la mortificación, muriendo a sí mismo, ya que sin preocuparse por su salud se expuso por la salvación de sus hermanos; y alegó el pasaje del Apocalipsis Beati mortui con la aplicación de san Ambrosio. También la probó por su sencillez y su mansedumbre, comparándolo con aquel joven del evangelio que cuando decía los mandamientos de Dios, recibió de Nuestro Señor esta respuesta: Hac hora, etcétera; cuando llegue el día del juicio, nuestro difunto podrá decirle lo mismo. También la probó por su caridad, al exponerse tan generosamente al venir a esta ciudad, sabiendo que aquí era tan grande el mal; Majorem caritatem, etcétera. Y concluyó finalmente que había hecho lo bastante para ser considerado como un mártir. Pero (qué hubiera dicho si hubiera sabido todo lo anterior!

El padre Sebastián le dio todos los socorros que le fue posible. Puedo decir que fue grande su caridad, ya que, apenas supo su enfermedad, vino a ofrecerse personalmente y no lo abandonó hasta que lo enterramos.

El señor Didier, que sentía una admiración especial a sus virtudes hizo humanamente todo lo que le fue posible para devolverle la salud, durmiendo siempre en su habitación para estar más pronto para ayudarle en cualquier momento de peligro.

Los pobres Renato Duchesne y Juan Benoît, que no esperan más libertad que la de su ayuda, han puesto también todo su afecto.

En fin, padre, todos han cumplido con su deber. Yo he sido el único que me he portado mal, por lo que le pido humildemente perdón. Con estos sentimientos me veo obligado a terminar la presente, que irá por el camino del Bastión, asegurándole que me sentiría feliz, si después de una vida tan hermosa como la suya, gozase de su misma muerte; así le ruego que me lo obtenga de Dios, en cuyo amor soy con todo mi corazón su muy humilde y obediente servidor,

BARREAU

Le pido perdón por la precipitación con que he acabado la presente. Creíamos que la galera no tendría que partir para mañana. Pero acaba de recibir órdenes de partir inmediatamente. El reverendo padre capuchino está muy enfermo; no se sabe lo que le pasa. El otro sacerdote está en galeras, adonde han ido también Renato Duchesne y Juan Benoît. Me encuentro solo en estos momentos.

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