Túnez, mayo 1648.
Me es imposible expresarle cuán grandes han sido los gemidos y las lágrimas de los pobres esclavos, de todos los mercaderes y del señor cónsul y cuánto consuelo hemos recibido de ellos. Los mismos turcos venían a visitarnos en nuestra aflicción y los principales de la ciudad de Túnez mandaron ofrecerme de su parte socorros y servicio. En fin, padre, veo evidentemente que es útil servir a Dios con fidelidad, ya que en la tribulación mueve a sus mismos enemigos a socorrer y asistir a sus pobres servidores. Estamos apurados por la guerra, la peste y el hambre, y no poco, y para postre estamos sin dinero; pero en lo que se refiere a nuestros ánimos, siguen decididos, gracias a Dios; la peste es como si no existiera para nosotros. La alegría que tenemos, nuestro hermano y yo, por la salud del buen padre Le Vacher, nos ha hecho fuertes como los leones de nuestras montañas.







