¡Viva Jesús Crucificado!
Reverendo Padre:
¿Ha resuelto ante Dios dejar perecer a su obra por la indignidad de la que se encarga de ella? Si Dios se lo inspira y lo compromete en esto, quiero alegrarme con usted. Desde que su bondad me hizo la gracia de comenzarla, hice esta proposición a su reverencia de dejarla si usted me lo mandaba, no juzgó esto conveniente, sino que solamente me ordenasteis aportar algunas circunstancias trabajando en esta bendita obra que he seguido, por la gracia de Dios, al pie de la letra y que he acertado en su total dirección.
Heos ahí ante su perfección y cumplimiento. ¿Nos denegará la gracia de coronar la obra con su consejo como la había comenzado? No, no creo que tenga esa intención. Me ha socorrido siempre en aquello, tanto en las necesidades temporales como en las espirituales. Dios le ha hecho entrever el exceso de mis sufrimientos, como la voluntad de aliviarlos. Puede que en esta ocasión sea así. Venid a ver, querido padre, si es como pienso. ¿Es posible que nuestro buen Dios me haya dejado engañar por los sentidos y que no haya trabajado por su gloria hasta ahora? No, no puedo creerlo si no me lo dice con absoluta seguridad, después de habérselo recomendado mucho a Dios, en nombre de quien le suplico lo más pronto posible para cerciorarme de su santa voluntad y ayudarme a cumplirla, excluyendo a todo lo que no es el.
Es mi deseo inviolable, por la gracia de Dios, reverendo padre, de ser vuestra muy humilde, obligada y pequeña sierva e hija en nuestro Señor,
MARIA LHUILLIER, de la Sociedad de la Cruz.
París, 4 de febrero de 1648.
Dirección: Al padre Vicente, superior de los padres de la Misión, en San Lázaro.







