Alet, 29 enero 1648.
Mi querido señor y venerado padre:
Aprecio y respeto tanto las cartas que me dirige, que siento como si salieran de la imprenta de sus santas e importantísimas ocupaciones por el servicio de Dios y de la Iglesia, que cada día van siendo mayores. Por eso, cuando me toca ese honor, las recibo como un regalo de su caridad paternal para conmigo y me veo obligado a agradecérselas especialmente con toda la humildad, afecto y reverencia que me es posible.
Si la situación de nuestra pobre y humilde familia y el estado de nuestras diversas tareas me permitiesen recibir a mi lado algunos eclesiásticos para ayudarme, aparte de los que necesito para la administración de la diócesis y de los asuntos pendientes, aceptaría de buena gana esa ocasión que usted ha querido ofrecerme y que, a mi juicio, serviría para la común edificación de todos nuestros familiares y de nuestro clero. Pero habiéndome visto obligado a excusarme por estas mismas razones con otros muchos de las familias más distinguidas y principales de este país, que se habían presentado para este mismo fin, creo que les daría motivos para disgustarse si recibiese a alguien de fuera y sentase un precedente para otras circunstancias que podrían presentarse. Haga el favor de examinar usted mismo el fundamento de esta dificultad.
No obstante, mi queridísimo y venerado padre, no puedo ocultarle que uno de los mayores deseos que podría tener en esta vida sería gozar del honor de volver a verle para disfrutar, al menos por algún tiempo, de su santa y amable conversación, lo cual sería indudablemente para mí un especial consuelo y un gran beneficio espiritual. Pero si la divina Providencia dispone de otro modo, como parece, al menos le ruego humildemente que no tenga en cuenta mi indignidad y que me conceda esta gracia en la eternidad. Queridísimo padre, alcánceme esta gracia con sus santas oraciones y sacrificios; se lo pido insistentemente. Y créame más que nunca, en el amor de nuestro querido Salvador y de su santa Madre, su muy humilde, muy obediente y muy obligado servidor e hijo,
NICOLAS, Indigno o [bispo] de Alet.
Dirección: Al padre Vicente, superior general de la congregación de sacerdotes de la Misión, en San Lázaro, París.







