Ayer tarde recibí la triste, pero feliz, noticia de la muerte del padre Nouelly, que me ha hecho derramar muchas lágrimas en varias ocasiones, pero lágrimas de gratitud a Dios por su bondad con la Compañía, al haberle dado un sacerdote que tan perfectamente amaba a Nuestro Señor y que ha tenido un fin tan hermoso.
¡Qué feliz es usted de que el buen Dios le haya escogido para una obra tan santa, excluyendo a tantas otras personas inútiles del mundo!
Ha sido usted casi prisionero por la caridad o, mejor dicho, por Jesucristo. Qué dicha sufrir por tan gran monarca y cuántas coronas le esperan, si persevera hasta el fin!







