8 septiembre 1647
…Generalmente el santo desconfiaba de las nuevas comunidades. Así se ve por una carta que escribió aquel mismo año de 1647 al señor arzobispo de París, en la que une un profundo respeto a una firmeza verdaderamente sacerdotal. Un hombre, que tenía un priorato dependiente de la abadía de Saint-Florent-les-Saumur, deseaba desde hacía años unirlo al seminario de Bons-Enfants, que andaba muy cargado por la manutención de cuarenta sacerdotes externos, que sólo pagaban siete sueldos al día. Al arzobispo no le gustó aquella idea. Dio a entender a los que se la proponían que estaba descontento de Vicente de Paúl, que sabía de buena fuente que era él el que, en el consejo del rey, había impedido que cierta religiosa fundase en Lagny; que si deseaba seguir siendo amigo suyo, tenía que cambiar de estilo e inducir a la reina a cambiar de sentimientos.
Con esta ocasión el santo le escribió al prelado una carta, que dice en substancia: es verdad que la reina, al regresar de Amiens, le habló de aquella fundación, también es verdad que él no la protegió, pero porque tenía buenas razones para ello; que hacía tiempo se había decidido en el consejo eclesiástico no permitir nuevas fundaciones de religiosas, pues se reconocía que había demasiadas; que a su majestad llegaban quejas con frecuencia- que muchas fundaciones se deshacían por sí mismas, pues en poco tiempo se habían visto desaparecer seis o siete de estas congregaciones; finalmente, que no se conocía bastante el espíritu de la reina. Cuando se la creía capaz de cambiar de lo blanco a lo negro, y que, por lo que a él concernía, no podía ni arrepentirse ni desdecirse de un consejo que sólo había dado pensando en Dios.
La firmeza de estas palabras iba templada con testimonios de gratitud, de sumisión y respeto, que aquí suprimo, ya que no se trata ahora de exponer el respeto que el santo les tenía a los obispos, sino de manifestar cómo no le seducía la apariencia del bien y que solamente daba su aprobación a las nuevas fundaciones de mujeres cuando el Espíritu de Dios, la naturaleza y el principio de sus institutos, y la experiencia sobre todo, le permitían juzgar que no había en ellas nada que temer, sino mucho que esperar.







