Túnez. Junio 1647.
Con el dinero que usted me envió hemos conseguido rescatar a esa pobre mujer francesa, que durante tanto tiempo ha estado sufriendo la tiranía de su bárbaro dueño; es un verdadero milagro haberla sacado de las manos de aquel tigre, que no quería entregarla ni por oro ni por plata. Un día me avisó que fuera a visitarle; y cuando estuve en su casa, nos pusimos de acuerdo en trescientos escudos, que le entregué inmediatamente; él me dio su carta de libertad y en seguida la puse en sitio seguro. Dos horas más tarde, aquel miserable se arrepintió y pensó que iba a reventar de rabia; es realmente una obra de la mano de Dios.
También hemos rescatado a un muchacho de Sables-d’Olonne, que estaba a punto de renegar de su fe. Creo que le escribí cómo en dos o tres ocasiones logramos impedirlo. Cuesta ciento cincuenta escudos. Ya he entregado treinta y seis de mi cuenta; eI resto lo hemos mendigado donde hemos podido.
También he retirado a aquella joven siciliana que era esclava en Bizerta, y cuyo marido se había hecho turco. Durante tres años enteros ha estado padeciendo tormentos inenarrables, antes que imitar la apostasía de su marido. Ya le escribí durante las últimas fiestas de Navidad el lamentable estado en que la encontré, toda cubierta de llagas. Ha costado doscientos cincuenta escudos, que nos han dado de limosna, y yo he contribuido en parte.







