15 junio 1647.
No puedo expresarle el consuelo que ha recibido mi alma con la última que usted me ha escrito y por la resolución que Nuestro Señor le ha inspirado. La verdad, padre, es que creo que hasta el cielo se alegra con ello; pues ¡ay!, la Iglesia tiene bastantes personas solitarias, gracias a Dios, y demasiadas inútiles, y otras muchas más que la desgarran. Lo que necesita es tener hombres evangélicos, que se esfuercen en purgarla, en iluminarla y en unirla a su divino esposo; y es lo que usted hace, por su divina bondad. Ultimamente me sentí muy emocionado cuando el re[verendo] prior de la cartuja de Mont-Dieu vino a pasar un día entero en casa durante la ordenación, para ver los ejercicios que entonces se hacen, y se conmovió tanto que me dijo palabras tan elogiosas de la felicidad de esta tarea, que la modestia no me permite repetir; y no puedo expresarle los suspiros que daba durante el pontifical, al oír lo que se decía de los deberes del diácono. Le aseguro que aquel buen padre tiene un espíritu misionero mayor que el mío y que, si se lo permitieran, se saldría de la celda para ir a anunciar a Jesucristo al pobre pueblo y a trabajar por la formación de los sacerdotes.
Trabajemos en ello, padre, con todas nuestras fuerzas, confiando en que Nuestro Señor, que nos ha llamado a su manera de vivir, nos hará partícipes de su espíritu y finalmente de su gloria. Así pues, rechace por completo todos esos pensamientos y, cuando se canse de residir en el lugar en que está, dígamelo; yo contribuiré a su consuelo en todo lo que me sea posible. Ya sabe la estima y el afecto que Nuestro Señor me ha dado por usted, y que le quiero más que a mí mismo.







