París, 19 mayo 1647.
Mi queridísima Madre:
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
He recibido dos cartas suyas con mucho consuelo, como puede usted imaginarse, y le doy gracias a Dios de que les haya dado su providencia un prelado de los más excelentes de la Iglesia y una ciudad de las más devotas que ve el sol, según he oído decir al señor obispo de Lisieux, que era obispo de Nantes, cuando estaba usted en aquella ciudad.
Así, pues, mi querida madre, ya está usted en nuestro país, o muy cerca de él. Le doy por ello gracias a Dios y le ruego que santifique cada vez más su querida alma y, por medio de usted, las de tantas buenas hijas que la misma providencia ha puesto en sus manos.
El asunto de que me habla su caridad, o sea, el del colegio de Maguelonne me parece imposible, dado que, al estar destinado para educar a eclesiásticos, no se consentirá que se dedique a otro empleo. Y no vale decir que hay allí un gran desorden, pues le dirán que quizás con el tiempo se logre reformarlo.
Puede usted creer, mi querida madre, que aunque el señor obispo de Toulouse haya pensado alguna vez en él para nosotros y aunque el superior del colegio me haya visitado varias veces para esto, prescindo de buena gana de todo ello y desearía que la cosa resultara tal como usted desea, y le ofrezco mis humildes servicios con todo el afecto posible, aunque, como le digo, la cosa me parece imposible, tal como lo colijo de las disposiciones del Consejo real y del resultado que han tenido otros asuntos del mismo estilo. No piense que obramos así porque tengamos nosotros interés en ello. Sabe usted muy bien, mi querida madre, que tenemos la norma y la práctica de no pedir ninguna fundación y que sólo Nuestro Señor es el que nos ha establecido en donde estamos. Si la Compañía me hace caso, siempre permanecerá en este criterio. El mismo señor arzobispo le podrá decir la indiferencia con que nos ha visto proceder en este asunto; quizás incluso le hayamos dado motivos para pensar que no agradecíamos lo bastante los favores que nos ofrecía, por no haberle dicho lo que le digo a usted, que procuramos seguir la adorable providencia de Dios en todas las cosas y no ir por delante de ella. Ayúdeme usted, madre, delante de Dios a establecernos sólidamente en esta práctica.
Es verdad, mi querida madre, que les pedí a nuestras queridas hermanas que me excusasen de no poder atenderles como padre espiritual, debido al ajetreo en que estoy metido, que me impide hacer las cosas a las que estoy obligado; hace ya siete u ocho meses que se lo pedí; Y Dios sabe que no ha sido por falta de afecto, ni porque me hayan dado alguna vez algún disgusto, sino que por el contrario, me han tratado siempre con mansedumbre, bondad y caridad. Sabe su divina bondad que soy yo el primero en sentir dejarlas; pero la conciencia me obliga a detenerme en lo que puedo y honrar la omnipotencia de Dios con el reconocimiento de mi impotencia. Todavía no han encontrado a nadie. Hasta ahora he procurado ir haciendo lo necesario sin ir a su casa, en espera de que tomen a alguien. Puede usted creer, mi querida madre, que no hay nadie que más pueda obligarme a pasar por encima de las dificultades que usted, a no ser la razón que le he indicado. Por eso le renuevo en esta ocasión el ofrecimiento de mis humildes servicios con todo el afecto y la humildad que me es posible. Soy en el amor de Nuestro Señor su muy humilde y obediente servidor,
VICENTE DEPAUL,
Indigno sacerdote de la Misión.
Dirección: A la reverenda madre Ana-Catalina de Beaumont, superiora de la Visitación de Santa María de Toulouse, en Toulouse.






