París, 10 mayo 1647.
Padre:
La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros.
Le doy las gracias a Dios de que haya llegado usted con perfecta salud y le ruego que le dé su espíritu de gobierno para el de la Compañía de ese lugar. ¡Ay, padre! ¡Cuánto deseo que esté lejos de las máximas del mundo y totalmente abandonado en manos de la providencia de Dios! Cuando a veces pienso en el gobierno de esta humilde Compañía, siento un consuelo muy sensible al ver que ha procurado seguir a esa misma providencia en toda su humilde conducta, de forma que no se apoya ya en esos medios humanos, que no son más que cañas; puedo decirle, padre, que ése creo precisamente que es nuestro peligro; y si la Compañía me cree, nunca obrará de otra manera. ¡Ay, padre! ¡Qué felicidad no querer más que lo que Dios quiere, no hacer más que lo que la Providencia nos va señalando en cada ocasión, y no tener nada más que lo que nos dé su providencia!
El espíritu humano le dirá que las cosas no son en Roma lo mismo que en otras partes, que hay que intrigar, que hay que darse importancia, que hay que distinguirse, que hay que obrar humanamente con los humanos y servirse con ellos de los medios humanos. No lo crea así, padre; todas esas máximas no sirven para una Compañía que Nuestro Señor ha suscitado, a la que anima con sus máximas y que pretende obrar según su espíritu. Lo que le digo parece paradójico: pero esté seguro, padre, de que la experiencia se lo demostrará así.
Le escribo al padre Dehorgny y le ruego que se quede este verano con usted, para ayudarle con su asistencia. Le ruego, padre, que tenga confianza en él, como también en los buenos consejos que le deje el padre Portail. ¿Pero qué digo? Hago mal en hacerle este ruego, pues sé que, gracias a Dios, es ése su espíritu.
Me gustaría decirle más cosas; pero hace ya casi una hora que me está esperando abajo el señor obispo de Calcedonia; por eso acabaré encomendándome, postrado en espíritu a sus pies y a los de la Compañía, a quien, como usted, su divina bondad me ha dado la dicha de ser humilde y obediente servidor,
VICENTE DEPAUL,
Indigno sacerdote de la Misión.
Dirección: Al padre Alméras, superior de los sacerdotes de la Misión. en Roma







