2 de mayo 1647
Como puede usted imaginarse, no busco más que la voluntad de Dios en el asunto de Persia. Ya le dije por escrito todos los detalles. He hecho todo lo que he podido por tener algún externo para el obispado de Babilonia, que nos han ofrecido, pero nadie quiere aceptar o no puede hacerlo, por sus disposiciones, o por su condición, o por la situación de sus asuntos. Esta obra me parece muy importante para la gloria de Dios. Nos llama para allá el Papa, que es el único que puede enviar ad gentes, y al que es obligatorio obedecer. Yo me siento interiormente inclinado a hacerlo, ante la idea de que sería en vano ese poder que Dios le ha dado a su Iglesia de enviar a anunciar el evangelio por toda la tierra, y que reside en la persona de su jefe, si sus miembros no estuvieran obligados por su parte a ir adonde se les envíe a trabajar por la extensión del imperio de Jesucristo. Además (puede ser que me engañe) tengo mucho miedo de que Dios permita la aniquilación de la Iglesia en Europa, por culpa de nuestras costumbres corrompidas, de tantas y tan diversas opiniones que vemos surgir por todas partes y del escaso progreso que realizan los que se esfuerzan por remediar todos estos males. Las nuevas opiniones causan tal estrago que parece como si la mitad del mundo estuviera metido en ellas; y es de temer que, si se elevase algún partido en el reino, emprendería la protección de las mismas. ¡Qué no hemos de temer ante ello, padre, Y qué no hemos de hacer por salvar a la esposa de Jesucristo dé este naufragio! Si no podemos hacer todo lo que hizo Noé por la salvación del género humano en el diluvio universal, contribuiremos al menos con los medios que Dios quiera emplear para la conservación de su Iglesia, poniendo nuestro óbolo en el cepillo, lo mismo que la pobre viuda del evangelio. Y aunque estuviera engañado, como deseo esperar por la misericordia de Dios, que parece como si fuera a destruir para salvar luego mejor, haremos un sacrificio a Dios, como Abrahán que, en lugar de Isaac, sacrificó un carnero, ignorante del fin que le estaba destinado al primero para tener el último.
Estos motivos y muchos otros me han resuelto a emprender esta santa empresa, pasando por encima de la consideración de los pocos obreros que somos y de la necesidad que aquí tenemos de la persona a la que destinamos para aquel lugar. Y lo que más me decide a pesar de esta dificultad es el pensamiento del sacrificio que Abrahán se proponía hacer de su hijo, aunque no tuviera ningún otro y supiera que Dios lo había destinado para que fuera el tronco de las bendiciones de su pueblo.
También he pasado por encima del peligro que hay en que este ejemplo dé pie a algunas personas de la Compañía para ambicionar prelaturas, creyendo que la distancia del lugar de que se trata, los peligros que se corren al ir y al residir allí, y la humildad apostólica con que podrá comportarse el destinado para esto, que será como la de los obispos de Irlanda, quitarán las ganas de ambicionar estos cargos, aparte de otros inconvenientes.
Se dirá quizás que, si el obispo no se va a aquel país in magnis, la corte de aquel monarca, los cristianos y los religiosos no le apreciarán mucho y que no alcanzará la autoridad que Su Santidad desea para poder negociar con las facultades requeridas la alianza entre el rey de Francia y aquel príncipe contra el enemigo común de los cristianos. A esto respondo que suplirá con su virtud la falta de ese boato y de ese estado pomposo, y que los obispos armenos que hay allí y que no aparentan ser, como tampoco su patriarca, más que como los simples sacerdotes de aquí, no sentirán tanta aversión contra nuestro obispo, como si lo vieran majestuoso, tanto porque Nuestro Señor y los santos apóstoles renunciaron e hicieron renunciar a los cristianos a la pompa, como porque es casi natural que los cristianos comparen ese estado pomposo con el de Jesucristo, humillado, y se escandalicen.
Es verdad que he pensado en el padre Lamberto para este cargo; pero todavía no me he decidido; y aunque le he hablado de este plan en general y le he pedido su consejo para esto y él se ha ofrecido muchas veces a ir hasta el fin del mundo, nunca le he dicho que pensaba enviarlo allá y no sabe nada todavía.
Para sus gastos, este obispado tiene novecientos escudos de renta. Y para que el antiguo obispo, que goza de ella sin residir en su sede, ceda la mitad a su sucesor, se le darán por otra parte 1.300 ó 1.400 libras de beneficio como pensión vitalicia, para privarle de esa mitad.
Así están las cosas. Sin embargo, suspenderé la decisión hasta saber lo que usted me escribe sobre ello, a fin de [atender] a sus razones, si son mejores que las mías.







