23 abril 1647.
Le agradezco muy humildemente la confianza que me demuestra, al pedir mi consejo sobre la idea que usted tiene de entrar en los Cartujos. Le diré con toda sencillez lo que me gustaría haberle aconsejado en la hora de mi muerte, que es que camine usted en la vocación a la que Dios ha querido llamarle, sin escuchar en adelante las sugestiones del espíritu enemigo en contra de la perseverancia final en el bien comenzado, ya que su plan es apartarle de donde Dios le ha puesto, con el pretexto de una mayor seguridad en su salvación, para que usted caiga en un peligro mayor de conseguirla, ya que, si le saca del sitio en que está, le impedirá luego entrar en donde usted pretende, o bien hará que usted salga después de haber entrado. Me han dicho que hay cien jesuitas en París, que han salido del seno de su santa madre, con el pretexto de obrar maravillas en otra parte, y la mayor parte de ellos son un escándalo y están en grave peligro de perderse.
En nombre de Dios, padre, manténgase firme en el estado en que le ha puesto Nuestro Señor y rechace el pensamiento contrario como enemigo de los designios eternos de Dios sobre usted y sobre tantas almas como su divina Majestad desea salvar por su medio. Y si no le agrada seguir en Saintes y continuar con ese cargo, haga el favor de decírmelo y le destinaremos a otra parte.
Le digo expresamente, padre, que me pongo en manos de Dios para responder a su divina Majestad, por usted y por mí, del consejo que le doy. Entretanto ruego a Nuestro Señor que le haga ver la malicia de esta tentación, tal como a mí me parece verla, pues tiende ciertamente a hacerle perder lo cierto por lo incierto y le hace tomar la opinión por la inspiración y el cansancio por solicitud.







