9 abril 1647.
Hace cinco o seis meses que recibí dos paquetes de cartas suyas y hace poco que he recibido otra. No contesté a las primeras porque no sabía qué decirle a tantas cosas como usted me proponía. El aprecio que siempre he sentido de su piedad me obliga a respetar todo lo que usted me dice y me escribe, de forma que leí esos dos paquetes de rodillas, en presencia del santísimo Sacramento, y pedí a Dios que me diera la gracia de reconocer si las cosas que usted me decía venían de él y, si así fuera, las fuerzas para abrazarlas. Pero le confieso, padre, que, si es así mis pecados me han hecho indigno de conocerlo; por el contrario, me parece que echaríamos a perder el poco bien que Dios quiere que hagamos con los eclesiásticos, siendo evidente que donde las cosas están de la forma que usted las propone, no hay ninguna diferencia entre tales eclesiásticos y los becarios de los colegios. Ya lo hemos intentado de varias maneras, pero la experiencia nos ha demostrado que la manera que hemos adoptado es la que da mejores resultados.
Tenemos sesenta sacerdotes en el colegio de Bons-Enfants, cuarenta seminaristas menores en el seminario de San Carlos treinta eclesiásticos en el seminario de Cahors, de los que me dice el señor obispo que está muy contento, gracias a Dios. Hay ocho en Annecy, que también empiezan bien, y otros tantos en Le Mans, más doce o quince en Saint-Méen. Estos pequeños ensayos nos hacen esperar que Nuestro Señor bendecirá su obra, si le parece bien a su misericordia no tener en cuenta las abominaciones de mi vida.
Me atrevo a decirle, padre, que lo que más me hace desconfiar de su opinión es el espíritu de crítica e injurioso que allí aparece y que me parece muy lejano de la verdadera caridad, de la que tenemos un cuadro tan maravilloso en el bienaventurado obispo de Ginebra.
No crea usted, padre, que me molesta lo que dice de mí, ni mucho menos; sino solamente lo que dice usted de los responsables de la Iglesia en general y de varios en particular, lo cual está directamente en contra de la segunda condición de la caridad, que es la benignidad. Además, padre, ¿es que le ha revelado Nuestro Señor esas ideas que usted propone?







