1647.
La misión de Gémozac ha dado muy buenos resultados: siete u ocho herejes han abjurado de sus errores; otros les habrían imitado, si no hubieran tenido los impuestos de los principales del lugar, que son de la religión reformada. Los habitantes que no van a misa por respeto humano querrían que el rey les obligase a cumplir con este deber. «Uno de esos convertidos es un anciano, al que habíamos exhortado inútilmente en varias ocasiones; después de haber hecho el último esfuerzo, cuando ya estábamos para partir, al ver que no sacábamos nada de él, se nos ocurrió acudir a la Santísima Virgen y suplicarle que emplease su intercesión para obtener la conversión de aquel pobre descarriado. Con esta intención fuimos a postrarnos de rodillas ante ella y a rezar las letanías; y he aquí que al terminarlas vimos a aquel anciano que venía a confesarnos que reconocía la verdad y que deseaba abjurar de la herejía; así lo realizó ante nosotros y luego hizo confesión general, para comulgar a continuación. Al decirnos adiós, nos rogó insistentemente que lo encomendásemos a las oraciones de todos los católicos».







