Marsella, 1647.
Acabamos de salir de una misión que hemos tenido durante cinco semanas dedicados al confesionario, al púlpito y a las avenencias entre los vecinos, con tanto éxito y tan gran fruto que puedo decir sin exageración que no es posible desear más. Se han rehabilitado nueve o diez matrimonios clandestinos se han hecho veinticinco o treinta arreglos de procesos, donde se trataba a veces de sumas muy importantes y a veces de cuestiones de honra y hasta de vida; y casi todas se han hecho de buena gana, sin que interviniera un tercero, y hasta algunas en la iglesia públicamente y durante la predicación, con tantos sentimientos y lágrimas que tenía que interrumpirse el predicador. También sucedió que un hombre de condición mediana, llevado de la cólera, respondió con poca discreción a uno de los nuestros acompañando su respuesta con una blasfemia públicamente en la puerta de la iglesia; quince días más tarde, se sintió tan arrepentido que espontáneamente, para satisfacer aquel pecado, se impuso él mismo la penitencia de pagar cien escudos para reparar la iglesia ante la que había proferido aquella blasfemia.







