Marzo 1647.
Dios le proporcionará otros obreros, cuando llegue la hora. La necesidad no le ha apremiado mucho hasta ahora, ya que no ha tenido usted ordenaciones y tenía usted los suficientes para las misiones, aunque deseara más. Hacemos aquí y en otras partes lo que podemos. ¿Sería razonable que tuviéramos tal abundancia de personal, que estuvieran inútiles parte del tiempo, mientras que Dios carece de gente en otros lugares adonde nos llama? ¿No hizo san Ignacio, antes de morir, cien fundaciones más que con dos o tres personas cada una? Y no le faltaban dificultades, ya que enviaba novicios, haciéndolos a veces superiores; pero todo se llevó a cabo con mucho fruto y bendición de Dios. Si nosotros hemos hecho algunas fundaciones, no ha sido, gracias a Dios, por el deseo de extendernos, sino sólo para corresponder a sus designios, como su divina bondad bien lo sabe. Tampoco ha sido porque lo hayamos escogido o solicitado nosotros, sino sólo porque lo ha dispuesto el cielo, y nuestra indiferencia así lo ha visto y reconocido.
¿Quién sería capaz de decir que Dios no nos llama ahora a Persia? No hay que deducirlo del hecho de que no estén llenas nuestras casas: no siempre las que están con más gente dan más fruto. ¿No hemos de creer más bien lo contrario, temiendo incluso que Dios abandone a Europa en manos de las herejías que combaten a la Iglesia desde hace un siglo y que han causado tales destrozos que la han dejado reducida a un pequeño rincón? Y para mayor desventura, todavía parece que vamos a caer en más divisiones por las nuevas opiniones que brotan cada día. ¿Sabemos acaso si no querrá Dios trasladar la Iglesia entre los mismos infieles, que quizás se muestran más inocentes en sus costumbres que la mayoría de los cristianos, que en tan poco estiman los santos misterios de nuestra santa religión? Puedo decirle que es éste un sentimiento que hace tiempo está haciendo mella en mi alma. Pero, aunque Dios no tuviera este designio, ¿no debemos acaso contribuir a la extensión de la Iglesia? Sí, sin duda alguna; así pues, ¿en quién reside el poder de enviar ad gentes? Tiene que residir en el papa, o en los concilios, o en los obispos. Pues bien, éstos sólo tienen jurisdicción en sus diócesis; concilios no hay en esta época; por tanto, tiene que residir en el primero. Por tanto, si tiene derecho para enviarnos, también nosotros tenemos obligación de ir; si no, su poder sería inútil.
Ya sabe usted, padre, cómo hace ya tiempo que la sagrada Congregación ha puesto en nosotros sus ojos, cuántas veces nos ha urgido, qué poca prisa nos hemos dado nosotros para que no se mezclara nada humano en la resolución de esta santa empresa; pero, como nos urge de nuevo por carta y por medio del señor nuncio, no dudo de que hay que obedecer. Había pensado en el señor Féret para Babilonia; pero como el señor arzobispo de París lo quiere tener para San Nicolás de Chardonnet, se me ha quejado de que quería quitárselo. Ya le dije que, al no saber a quién dirigirme fuera de la Compañía, había pensado en el padre Gilles; pero no se ha creído oportuno. He sondeado entre algunos de los señores de nuestra conferencia; pero no he encontrado ninguno lo bastante decidido y lo bastante adecuado para ello. Sólo me queda por ver al señor Brandon; si éste falla, me veré obligado a buscar alguno en la Compañía. Haga el favor de encomendar a Dios este asunto. Cuando acabe la elección dentro o fuera, le pasaré aviso. Entretanto esperaré la memoria que le ha prometido el señor de Montheron sobre este viaje.
Soy…







