Vicente de Paúl, Carta 0950: Julian Guerin, Sacerdote De La Mision, A San Vicente

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl .
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[Túnez, entre 1645 y mayo 1648]

Estamos esperando una gran cantidad de enfermos al regreso de las galeras. Si esas pobres gentes sufren grandes miserias en sus correrías por el mar, los que se quedan aquí no pasan menores apuros: les hacen trabajar en cortar mármol todos los días, expuestos a los ardores del sol, que son tan grandes que me atrevería a compararles con los de un horno encendido. Es admirable ver el trabajo y el calor excesivo que padecen, que sería capaz de hacer morir a los caballos, pero que no acaba de matar a estos pobres cristianos, sino que sólo les hace perder la piel, que tienen que pagar como tributo a ese sol devorador. Se les ve con la lengua fuera como a los pobres perros, debido al calor insoportable que tienen que respirar. Ayer mismo, un pobre esclavo, bastante anciano, al verse enfermo y sin poder resistir más, pidió permiso para retirarse; pero no obtuvo más respuesta, sino que tuvo que reventar sobre la piedra que estaba trabajando. Puede usted imaginarse cómo me conmueven estas crueldades y cómo llenan de aflicción mi corazón.

Sin embargo, estos pobres esclavos sufren sus males con una paciencia inconcebible y bendicen a Dios en medio de todas las crueldades que tienen con ellos; puedo decirle con toda verdad que nuestros franceses se distinguen por su bondad y su virtud entre todas las demás naciones. Tenemos dos enfermos de gravedad que, según todas las apariencias, no podrán salvarse, y les hemos administrado todos los sacramentos. La semana pasada murieron otros dos como verdaderos cristianos, se puede decir de ellos que pretiosa in conspectu Domini mors sanctorum ejus. La compasión que siento por estos pobres afligidos, que trabajan en cortar el mármol, me obliga a distribuir entre ellos parte de los pocos socorros que les distribuiría si estuvieran enfermos, etcétera. Hay otros esclavos que no son tan maltratados, sino que viven unos en casa de sus dueños sirviéndoles en todo de noche y de día, como en cocer el pan, hacer la colada, prepararle de comer y beber y los demás oficios caseros. Hay también otros empleados por sus dueños en los negocios de fuera. Finalmente, algunos gozan de libertad para trabajar por su cuenta, entregando a sus amos cierta cantidad mensual, que ellos procuran ganar y ahorrar a costa de sus pequeños gastos.

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