Padre:
Le devuelvo al señor Féret, a quien usted ha tenido la bondad de prestarnos durante algunos años. Se lo agradezco humildemente, reconociendo con sinceridad que le quedo por ello especialmente obligado. Ha hecho grandes servicios a Dios en esta diócesis y ha esparcido, con sus instrucciones y con el ejemplo de sus virtudes, el buen olor de la edificación por todas partes. Por eso le quieren todos y lamentan su marcha. Va a arrojarse en brazos de usted con espíritu de indiferencia, decidido a seguir su consejo y resolución en lo que le parezca a usted emplearle. Seguramente seguirá dando fruto y procurando con ventaja la gloria de Dios y el servicio de la Iglesia. Espero que usted reconocerá su experiencia muy por encima de cuanto yo pueda indicarle. Aunque nos entristece la pérdida que con él sufre esta pobre diócesis, la aceptamos con mansedumbre y con paciencia, como venida de la mano paternal de Dios, que nos da y nos quita las cosas según su beneplácito. El le expondrá todas nuestras pequeñas necesidades, a las que le suplico humildemente que preste su asistencia. Espero que así lo hará usted, sobre todo porque se refieren al restablecimiento del servicio de Dios y de la disciplina de su Iglesia. El señor Féret le hablará con mayor claridad de todos estos asuntos y de los remedios que podrían emplearse para solucionarlos. No dudo, padre, que su celo y sus consejos, junto con el crédito que Dios le ha concedido, contribuirán mucho a ello. Esto es también lo que me obliga en esta ocasión a implorar sus oraciones y sacrificios por nuestras grandes necesidades espirituales. En compensación, suplicaré a Nuestro Señor que le llene de sus más santas bendiciones, y a usted que me conceda el honor de considerarme cada vez más, en su amor, su muy humilde y obediente servidor,
NICOLAS, o[bispo] de Alet.
Alet, 25 octubre 1646.
Dirección: Al padre Vicente, superior general de la Misión de la congregación de sacerdotes de la Misión.







