[Octubre 1646]
Cuando pienso en la forma y en la benevolencia con que acepté la vocación de mi hijo, sin que los cariños naturales me impidieran ponerlo en manos de usted, y en que durante casi diez años no he exigido ninguna visita suya ni los demás deberes que los hijos deben a sus padres, y que jamás le hablé de su vocación más que para aprobarla y alegrarme de que siguiera tan firme en ella, le aseguro delante de Dios, que escudriña todas las cosas, que nada tengo que replicar en contra de los planes que usted tiene sobre la persona de mi hijo, sobre los encargos y ocupaciones que le da, ni sobre los viajes que le manda hacer, aunque fueran hasta las Indias, estando seguro de que en ello busca usted solamente la gloria de Dios. Si en cierta ocasión, que fue la primera en que se lo entregué a usted, puse en las manos de Dios y en las suyas la autoridad paternal que tenía sobre él, para hacerle su dueño absoluto, no puedo ni debo revocar la ofrenda que de él hice con toda mi voluntad. Por eso sólo me queda rogar a Dios que bendiga sus acciones, que haga prosperar sus viajes y a usted, padre, que me conceda alguna parte en sus oraciones.







