París, 28 agosto 1646.
¡La gracia de Nuestro Señor sea siempre con nosotros!
Le doy las gracias a Dios por los favores que usted nos hace esperar, cuando venga a descansar entre nosotros después de sus grandes trabajos. Será usted bienvenido y le abrazaré de corazón. Venga, pues, sin demora; le aseguro que cuidaremos especialmente de su salud y que será usted el dueño de la casa para decir y hacer cuanto guste, sobre todo conmigo, ya que siempre le he querido con más cariño que a mi propio padre.
Y si usted necesita las cuatro mil libras que entregó a los cistercienses en renta y que se aplicaron a la Misión, con gusto haremos la retrocesión, ya que es justo que un fundador, que se encuentra necesitado, goce de las rentas de la fundación que ha hecho. Más aún; si necesita los fondos para atender a su vejez, se los entregaremos, como hemos hecho ya con el señor párroco de Vernon que, después de darnos seiscientas libras de renta, nos las volvió a pedir, diciendo que las necesitaba, y le devolvimos la renta y el fondo. Pero si usted no lo necesita todo siga gozando al menos de las rentas, como ha hecho hasta ahora; nosotros seguiremos con las misiones que hemos comenzado y continuado con tanta bendición. Se nos han hecho algunas proposiciones para una fundación en esos lugares; y esto podría solucionar las cosas.
Nunca tendré, señor, mayor consuelo que el poder servirle y complacerle como a buen padre, a quien quiero más que a mí mismo. Soy, en el amor de Nuestro Señor, su muy humilde servidor,
VICENTE DEPAUL,
Indigno sacerdote de la Misión.







