París, día de san Bartolomé 1646.
¡Bendito sea Dios, padre, que le ha hecho llegar felizmente su consulado de Argel! Ruego a su divina bondad que le dé su espíritu para que pueda servir allí a Su Majestad y al público con ese mismo espíritu, bajo la dirección de su Hijo y del ángel de la guarda que le ha dado.
No puedo expresarle el consuelo que ha recibido mi alma con su última carta. ¡Que Dios bendiga su estancia en ésa, lo mismo que ha bendecido su viaje, y todo cuanto pueda hacer allí!
Le escribo al señor Nouelly sobre lo que se ha hecho por esos pobres rescatados y cautivos, que todavía no es nada.
Su buena tía ha venido a vernos para saber noticias de usted. Ha quedado muy contenta con las que le he dado de su viaje, y yo muy satisfecho al ver la bondad de su alma. Se encomienda a sus oraciones. Y yo, padre, le encomiendo la mía, para que Dios la haga participar del bien que usted hace por allí. Espero sus noticias con devoción y entretanto le suplico a Nuestro Señor que bendiga cada vez más su querida alma y la santifique.
No tengo nada especial que escribirle, a no ser la bendición que Nuestro Señor se complace en derramar sobre los humildes trabajos de la Compañía El padre Gallais acaba de terminar una misión de tres o cuatro meses No puedo expresarle las bendiciones que Nuestro señor le ha dado, así como también a la que se ha celebrado en Génova.
Su divina bondad, que da la vida y la muerte, nos ha puesto en aprieto y confusión por la persecución que sufrimos en la fundación de Saint-Méen, o mejor dicho, a causa del señor obispo de Saint-Malo, que nos llevó allá. ¡Bendita sea su divina bondad, que así lo dispone!
Soy en el amor de Nuestro Señor su muy humilde servidor,
VICENTE DEPAUL,
i. s. d. l. m.
Dirección: Al señor Barreau, cónsul de Argel.







