Desde la abadía de Chancelade, 31 de julio de 1646
Padre:
Apenas llegué a este lugar, le escribí al señor obispo de Périgueux para ofrecerle mis servicios, y habiéndome enterado, por medio de uno de sus parientes cercanos, que esperaba obtener gratis las bulas con la ayuda del señor cardenal, le conjuré a que se marchara cuanto antes a París para realizar todas las cosas requeridas para la expedición de las mismas, sin que dejara pasar por alto ninguna cosa que estuviera en su mano para procurar que se expidieran cuanto antes, ya que así era necesario para la gloria de Dios, la salvación de las almas y para su propio bien, asegurándole que, si él llegaba a hacerse cargo de esta necesidad, yo estaba seguro de que no dejaría pasar un solo minuto sin apresurar su expedición. El me respondió que deseaba ciertamente con todo interés obtenerlas lo antes posible, pero que no puede poner en este asunto más que la diligencia que desea su hermano, el cual se ha marchado a Holanda para los asuntos del rey y ha dejado cerrado su archivo con las cartas de recomendación; por eso mismo no puede hacer nada hasta que él regrese. Me ha dicho además que Su Eminencia le ha hecho esperar que lo obtendrá gratuitamente gracias al convenio que va a realizarse entre el papa y el rey, y que por consiguiente no podría acelerar la expedición de las bulas más que con la condición de que Su Eminencia lo creyera oportuno. Esta respuesta ha hecho mucha impresión en mi ánimo y me ha obligado, al ver la confianza que ha depositado en mí y el testimonio que me ha dado de que acepta con gusto mis consejos, a escribirle con mayor insistencia todavía una nueva carta sobre el mismo tema, en la que le indico que, después de haber considerado delante de Dios durante mi retiro (en el que ya sabía él que yo estaba) esa respuesta, me veía impulsado a decirle que, si retrasa la expedición de las bulas hasta que se haya llevado a cabo el convenio entre el papa y el rey, ese retraso será la causa de que se cometa una cantidad innumerable de pecados en su diócesis y de que se pierdan muchas almas; que él no puede dudar de este hecho, ni de que Dios le habrá de pedir cuentas de ello; que esto será un obstáculo para la confianza y el aprecio necesarios que han de tener en él sus diocesanos, cuando vean que prefiere un poco de dinero a la salvación de sus almas, y que esto impedirá que Dios le conceda mayores gracias, que infaliblemente le concedería, y que tanto necesita para el gobierno de su diócesis, y que incluso tengo miedo de que le quite las que le ha dado hasta ahora, si se retrasa en desempeñar cuanto antes su cargo.He creído que debería comunicarle todo esto, para que usted actúe en la forma que Dios le inspire, aunque sin decirle que yo le he escrito sobre este asunto, para obligarle a que no pierda ni un solo instante en dirigirse a esa diócesis, que se encuentra en una gran desolación, que no se puede ni siquiera imaginar, tanto espiritual como temporalmente. Yo le he dado algunos consejos que me parecían más urgentes, y le he prometido darle más, como pienso hacerlo y como le pido también a usted que le dé.
Quieren obligarle a que nombre vicario general al señor Alejandro du Fontpidoux, consejero de la presidencia, a quien vio usted este último invierno en París, que carece totalmente de experiencia para gobernar una diócesis y que no tiene la ciencia requerida para ello, aunque sea por otra parte un hombre de bien y una persona honrada. Fíjese usted entonces cómo va a ser gobernada esa diócesis: por un obispo joven que no sabe lo que se trae entre manos, y con un vicario general que no entiende de eso. Ese señor estaría más indicado para secretario, aunque también este cargo requiere un poco de experiencia, si pudiera ser.
Le han dicho también que tiene que llevarse a su madre a su diócesis; no creo que le convenga hacerlo. Yo la conozco y tengo motivos para pensar así.
Se dice que el señor abad de Vertueil, nombrado obispo de Lectoure, desea cambiar con él su diócesis; pero me parece que los ánimos no lo desean. Le ruego que actúe todo lo que usted pueda, bien sea ante la reina, si lo cree conveniente, o bien con el señor cardenal o con el obispo de Périgueux, para que se acelere su venida a su diócesis, que se encuentra muy desolada, y que le haga ver cómo se pierden las almas por no tener un obispo. Si quiere usted apelar a mí y decirle que se lo he dicho yo, obre como le parezca; pues es absolutamente cierto. Los ánimos no acaban de consolarse de la pérdida del señor Brandon y no pueden menos de proclamarlo en alta voz, incluso ante los amigos del señor obispo de Périgueux, que me lo han dicho, y que esto le hace gran daño.
Saldré mañana de aquí para volver a mi diócesis, después de haber hecho un retiro de veinte días, que me ha impedido regresar hasta ahora.
Le ruego que se acuerde de la reforma del convento de dominicos de Cahors y que se esfuerce mucho, como ya lo ha hecho, en proporcionar buenos obispos a la Iglesia, que es el mayor servicio que puede usted hacerle a nuestro Señor.
Haga el favor de cuidar de su salud, y créame siempre, etc.
ALAIN, o[bispo] de Cahors







