Tullez, 1646
Hemos libertado a una de las pobres mujeres francesas que estaba en manos de un renegado francés. Todos los mercaderes han contribuido a ello con sus donativos; yo he puesto setenta escudos. Las otras dos mujeres están en una situación muy desgraciada; intentaré salvar a la que está en mayor peligro. Hay algunas más, jóvenes y hermosas, que también necesitan ser socorridas. Una de ellas se habría perdido ya si no hubiese obtenido, después de muchos esfuerzos, que me concedieran un plazo de tres meses para libertarla, y si no la hubiera puesto en un lugar donde su amo no puede violentarla. No hace mucho tiempo que, para obligarle a una a renegar de Jesucristo, esa gente cruel le dio más de quinientos bastonazos; y no contentos con ello, al caer medio muerta por tierra, dos hombres se pusieron a darle puntapiés en la espalda hasta llegar a reventarle los pechos; y así acabó gloriosamente su vida confesando a Jesucristo.







