Vicente de Paúl, Carta 0837: A Guillermo Delattre, Superior De Cahors

Francisco Javier Fernández ChentoEscritos de Vicente de PaúlLeave a Comment

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Author: Vicente de Paúl .
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París, 19 de abril de 1646

Padre:

¡Bendito sea Dios por las noticias que me da de lo bien que marchan las cosas espirituales de esa casa y por el buen uso que hace usted de su admonitor! Le ruego que bendiga su gobierno cada vez más.

Ya se habrá enterado usted de la disposición que ha dado el señor obispo de Cahors para los eclesiásticos de su diócesis, de que vayan a pasar algún tiempo en su seminario, según estime usted conveniente. El señor obispo procura despachar sus asuntos lo antes posible, para poder regresar cuanto antes. Cuando vuelva, se encargará de la compra de esa casa.

Será conveniente que otras veces me exponga usted la substancia o, mejor dicho, la historia sucinta de las cosas principales que me refiere. Por ejemplo, me hace usted una pequeña apología de los habitantes de Saint-Barthélemy; hubiese sido oportuno decir cómo sucedieron las cosas, para referir a continuación las cosas que le pueden justificar; pero como no me explica usted bastante qué es lo que pasó, no puedo formarme un juicio de la equivocación que ha padecido usted. Le diré solamente que su forma de gobernar tiene que ser suave en los medios, pero firme para llegar a los fines buenos y justos, que son siempre tales cuando están bajo la regla o bajo la orden de los superiores; y en los demás, conviene aconsejarse de los consultores domésticos y, cuando son importantes, del superior general; y en los asuntos externos, del señor obispo o de sus oficiales. Así es como lo hago yo; y muy pocas veces se me ocurre hacer algo por mi cuenta. Y hemos de procurar más aún buscar las órdenes y los consejos exteriores, cuando se trata de una acción que se refiere a la diócesis o a algunas personas particulares; en ese caso, no sólo hemos de seguir las órdenes de los señores obispos y las de los párrocos en sus parroquias, sino también el permiso personal del prelado para las diferencias que podamos tener con sus pueblos y para los escándalos que advirtamos. Es distinto el caso de la disciplina y de las diferencias que puedan surgir con los de la compañía; entonces le toca decidir al superior general, y a él es a quien hay que recurrir. Hemos de tener mucho cuidado de gobernar a los pueblos con mansedumbre y con paciencia, apartándonos de toda terquedad en nuestras opiniones, tal como nos enseñó nuestro Señor en su trato con los pueblos; así es también como hemos de formar a los eclesiásticos, no sólo de palabra, sino sobre todo con el ejemplo, para que aprendan a gobernar a sus pueblos. Según esto, será conveniente que acate usted las órdenes del señor vicario general o de aquel a quien haya encargado el señor obispo de arreglar esas diferencias; si no le ha hablado él de ellas, quizás es porque no conoce ese espíritu humilde y dócil que usted tiene.

Le ruego, padre, que no se desanime usted por lo que le digo, ni que saque la conclusión de que no vale usted para gobernar. La naturaleza y el espíritu maligno son los que le sugieren esas ideas; pero la santa humildad y la confianza en Dios le harán esperar que todo lo puede usted con la gracia. Así es como pensamos el señor obispo de Cahors y yo. Por eso quiero poner un cuidado especial en advertirle, aconsejarle y confortarle, ya que, al tener ese buen espíritu que usted tiene, por la gracia de Dios, y tan buena intención, espero de la bondad de nuestro Señor que bendecirá su forma de gobernar.

Se me ocurre ahora darle otro consejo relacionado con éste, pero en breves palabras: que se habitúe usted a juzgar de las cosas y de las personas, siempre y en todas las ocasiones, en buen sentido. Si una acción tiene cien caras, decía el bienaventurado obispo de Ginebra, hay que mirarla siempre por la mejor. En nombre de Dios, padre, obremos de ese modo, aunque el espíritu y la prudencia humana nos digan lo contrario. Yo también tengo esa mala costumbre de juzgar de todas las cosas y de todas las personas según mi mala cabeza; pero la experiencia me hace ver la felicidad que hay en obrar de otra manera y cómo Dios bendice esta forma de actuar. Si el tiempo me lo permitiese, le diría muchas cosas sobre esto; pero he de dejar la pluma y tengo que terminar, diciéndole que mi corazón ama especialmente al suyo en el de nuestro Señor; y le pido esta misma correspondencia, por amor a este mismo Señor, aunque no me lo merezco, a no ser porque le quiero mucho más de cuanto podría expresarle, ya que soy…

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