Me he enterado de la preocupación que le ha causado una carta que le ha escrito su padre para obligarle a ir a socorrerle. Entonces he creído que debería decirle lo que pienso:
1.° Que no es un mal de poca importancia romper los vínculos con los que está usted unido a Dios en la compañía;
2.° Que, si pierde su vocación, privará a Dios de los buenos servicios que aguarda de usted;
3.° Que será usted responsable ante el trono de su justicia del bien que deje de hacer y que hubiera hecho permaneciendo en la situación en que está;
4.° Que correrá peligro su salvación al lado de sus padres, y que quizás no pueda aliviarles, lo mismo que tampoco han podido otros que se salieron con ese pretexto, ya que Dios no lo permitió; porque si él quisiera que estuviesen mejor, dispone de otros caminos para ello;
5.° Que nuestro Señor, conociendo los peligros que hay en la obsesión por los padres para quienes los dejaron a fin de seguirle a él, no quiso, como dice el evangelio, que uno de sus discípulos se marchase a sepultar a su padre, ni que otro fuera a vender sus bienes para dárselo a los pobres;
6.° Que daría usted un mal ejemplo a sus compañeros y un motivo de dolor a la compañía por la pérdida de uno de sus hijos, a quien ama y a quien ha educado con tanto esmero.
Esto es, padre, lo que le pido que considere delante de Dios.
El motivo que tiene usted para salirse consiste en la necesidad de su padre. Pero hay que ver en qué casos obligan los casuístas a que los hijos se salgan de una comunidad. Por lo que a mí se refiere, creo que es solamente cuando los padres o las madres sufren por causas naturales y no por su condición, como cuando son demasiado ancianos o cuando, por alguna otra incomodidad natural no pueden ganarse la vida. Pero no es ese el caso de su padre, ya que sólo tiene 40 ó 45 años todo lo más y está bien de salud, puede trabajar y efectivamente trabaja; si no, no hubiera vuelto a casarse, como lo ha hecho hace poco, con una joven de 18 años, de las más guapas de la ciudad; él mismo me lo ha dicho, a fin de que se la presentara a la señora princesa de Longueville para nodriza de su hijo. Me parece ciertamente que no dispone de muchos medios. Pero quién no se resiente con la miseria de estos tiempos! Y tampoco son sus dificultades presentes las que le obligan a recurrir a usted, ya que no son tan grandes; es solamente el temor que tiene, por carecer de la debida confianza en Dios, a pesar de que no le ha faltado nada hasta ahora y tiene motivos para esperar que su bondad no lo abandonará en el futuro.
Quizás pudiera creer usted que Dios quiere efectivamente socorrer sus necesidades por medio de usted, ya que para eso su Providencia le presenta una parroquia de 600 libras por la intervención de esa persona. Pero verá usted cómo esto no puede ser, si considera estas dos cosas: 1.° que, habiéndole llamado Dios a un estado de vida que honra el de su Hijo en la tierra y que es tan útil para el prójimo, no le gustaría quitarle ahora de ese estado para reducirle al servicio de una sola familia en el mundo, que sólo busca su propio provecho y que estará continuamente sobre usted para pedirle todo lo que tenga y lo que no tenga, y que le llenará de preocupaciones y de enojos, si no puede usted aliviarla a gusto de ellos; y en segundo lugar, que cuesta un poco creer que le hayan prometido a su padre para usted una parroquia de 600 libras de renta, ya que las de la diócesis de Bourges son de las más pequeñas del reino. Pero, aunque así fuera, si se quita lo necesario para mantenerse usted, qué le quedará?
No digo todo esto por miedo a que le venza la tentación; no, conozco su fidelidad para con Dios. Lo hago para que le escriba por fin a su padre, indicándole las razones que tiene usted para seguir la voluntad de Dios por encima de la suya. Créame, padre, por el carácter que él tiene no le dejará a usted tranquilo, si está a su lado, lo mismo que tampoco le ha dejado en paz estando lejos.
No puede usted imaginarse la lata que le da a su pobre hermana, que está con la señorita Le Gras. Quiere obligarla a que abandone el servicio de Dios y de los pobres, como si tuviera que recibir de ella mucha ayuda. Sabe usted muy bien que es naturalmente inquieto, hasta el punto que le disgusta todo lo que tiene y apetece violentamente todo lo que no tiene. En fin, creo que el mayor bien que podría usted hacerle es pedir a Dios por él, conservando para usted aquello que es lo único necesario y que será algún día su recompensa, y que, por medio de usted, extenderá además su bendición sobre sus familiares. Así se lo pido con todo mi corazón.







