Padre:
Ya que tengo el honor de ser vecino cercano y especial amigo del señor obispo de Mirepoix (1), acepte que una mis suplicas a las suyas para pedir su intercesión, si es necesaria, en el asunto que le obliga a ir a París por segunda vez. Estoy seguro de que, al verle, se alegrará usted de reconocer en su persona todas las buenas cualidades que Dios le ha dado para utilidad de su Iglesia, y lamentará mucho, como yo lo hago, que por culpa de ese proceso, que dura ya varios años, se vea impedido de actuar en su diócesis y demostrar allí sus talentos con toda la libertad que a él le gustaría. Esto es, padre, lo que me obliga a suplicarle con toda humildad que procure que su causa tenga rápida y feliz solución, mirándola como causa común a toda la Iglesia en sus principales circunstancias. Y aun me atrevería a decirle, porque es verdad, que consideraría como hechas a mí mismo y a mi diócesis todas las atenciones que ese buen señor recibirá de usted en esta ocasión, y que esto será para mí un nuevo motivo para reconocer las grandísimas obligaciones que tengo con usted desde hace tanto tiempo, y para llamarme, como realmente soy, con un afecto sincerísimo y cordial, en el amor del Salvador y de su santísima Madre, su muy humilde, obediente y reconocido servidor.
NICOLAS o[bispo] de Alet
Alet, último de julio de 1645
Dirección: Al padre Vicente, superior general de la congregación de la Misión, en San Lázaro.







