Padre:
Al haberle llamado la divina Providencia, para su mayor gloria, al cuidado de los asuntos eclesiásticos más importantes de este reino, y al haberle inspirado desde hace tanto tiempo un gran celo por intentar en todas las ocasiones la reforma de la limpieza y disciplina de la Iglesia, me he tomado la confianza de dirigirle este humilde memorial de los principales y más ordinarios desórdenes que la perturban y relajan especialmente en estos lugares. Hace ya muchos años que los conozco, y por eso he pensado dárselos a conocer. Lo que me ha obligado a retrasarlo hasta el presente ha sido que he visto que el tiempo más indicado para aplicar el remedio sería el de la celebración de la Asamblea del clero, una de cuyas ocupaciones más dignas y de mayor responsabilidad es la de establecer esta clase de reglamentos y adoptar los medios más eficaces para su ejecución. Así pues, haga el favor de examinarlo, y vea qué es lo que se puede hacer, pues ya sé que no todo lo que puede desearse es siempre factible. No he anotado otras muchas necesidades, aunque urgentes, tanto porque son bastante conocidas, como porque dudo de que el tiempo y la situación de los asuntos permita proponerlas. Incluso de las pocas cosas que señalo, quizás crea usted que no debe hablarse por ahora; por eso lo someto todo a su prudencia. En caso de que debiera proponerse algún artículo, no creo que convenga que se sepa que yo he tenido en ello parte alguna, por varias razones que usted podrá comprender, ya que en este tema no me he confiado a nadie más que a usted.
Le suplico, padre, que perdone esta libertad que me sigo tomando ante usted, sin violar jamás el respeto que le debo y siempre le tendré, ya que soy su muy humilde, muy obediente muy obligado servidor.
NICOLAS o[bispo] de Alet.
Alet, 12 de julio de 1645.
Dirección: Al padre Vicente, superior general de la congregación de sacerdotes de la Misión, en San Lázaro.







