Sábado, vigilia de Pentecostés
[3 de junio de 1645]
Padre:
Le ruego a Dios que la medicina que le envié le haya encontrado en la disposición más conveniente para que pueda servir a su salud; pero be tenido miedo de que llegara demasiado pronto. Hace algunos días pensaba en proponerle los caldos, pues creo que le harán mucho bien. ¿Querrá permitirnos que se lo enviemos a partir de mañana? Yo los he tomado esta semana y he sentido un gran alivio.
No puedo aguardar más tiempo, mi veneradísimo padre, sin decirle la situación de mi alma durante estos días de retiro. Creo que Dios no quiere que saboree plenamente esta suavidad. Desde ayer he estado totalmente distraída por una enferma nuestra que recibió la santa unción. Se trata de una buena hermana, que estaba en San Bartolomé, hija de un comerciante de Tours, llamada Catalina de Gesse. Otra enferma mental que tenemos no hace más que reprocharnos que ha pedido muchas veces hablar con usted, pero que no hemos querido avisarle. Procuraremos deshacernos de ella después de estas fiestas, si Dios quiere.
Y yo, mi queridísimo padre, ¿que haré mañana? ¿Dejaré de comulgar por no haberle dado a conocer las faltas que he observado en mi examen?
¡Dios mío! ¡cuántos motivos tengo para confesar y reconocer que no hago nada que valga la pena! Mi corazón, sin embargo, no se agría por ello, aunque tenga motivos para temer que la misericordia de Dios deje de ejercerse sobre una persona que no acaba de agradarle nunca.
Hoy es el aniversario de la caída de nuestro piso; mañana será el del día en que nuestro buen Dios me dio a conocer su voluntad y en el que desearía que su santo amor se diese a mi corazón por ley perpetua.
Mire, mi veneradísimo padre, lo que es necesario para ello y si su caridad pudiera decirrne algunas palabras de aliento, se lo agradeceré con toda mi alma, haga el favor de decirme si mañana, en algunas de mis meditaciones, he de tomar el evangelio del día, o la bajada del Espíritu Santo, o si durante toda la jornada mis meditaciones han de ser sobre este tema.
Le pido perdón por mi importunidad, aunque me parece que en esto cumplo la santísima voluntad de Dios, por la que soy, padre, su muy agradecida hija y muy obediente servidora.
L. DE MARILLAC
Sábado.
Le encomiendo a mi hijo, por amor de Dios. Se me ha ocurrido preguntarle si hay algún crucifijo grande en su habitación.
Dirección: Al padre Vicente.







