París, 3 de mayo de 1645
Padre:
¡La gracia de nuestro Señor sea siempre con nosotros!
Ya Le han escrito en general sobre la noticia de la muerte de nuestro querido padre Robiche, sacerdote de nuestra congregación de la casa de Marsella. Pero quizás no sepa usted todavía los detalles de su enfermedad, de su muerte y de sus virtudes, y le gustará seguramente saber algo para su consuelo y para la edificación de su pequeña compañía. Esto me ha obligado a ponerle algunas líneas, aunque sea un poco tarde, dado que no he dispuesto de tiempo para hacerlo antes.
He aquí, pues, una parte de lo que he sabido de nuestros misioneros, que han trabajado continuamente con él durante el último año de su vida, y que le han asistido hasta el último suspiro y hasta el sepulcro.
Mientras que este buen obrero de Jesucristo trabajaba con sus hermanos en catequizar, predicar, confesar y consolar en las galeras a los pobres forzados, especialmente a los que se encontraban enfermos Dios, queriendo que tuviera más méritos para recompensarle con mayor abundancia, le envió una fiebre maligna, que le atacó el último día de Reyes y le duró 21 días, de los que sólo estuvo cuatro libre de la fiebre, durante los cuales se le pudieron administrar los sacramentos con todo el conocimiento posible. Edificaba mucho a la compañía, pues, a pesar de estar casi siempre en delirio o adormecido, cuando se le decía que hiciera actos de fe, de amor, de contrición, etc., se recobraba unos minutos para hacerlos con mucha devoción. La resignación que tenía con la voluntad de Dios era admirable; decía que era conveniente que se viera en tal estado, y que era el mejor para él, puesto que Dios lo quería así. Se hacía con él todo lo que se quería y se ponía en la postura que se le decía, sin quejarse y sin rechazar nada de lo que se le presentaba. Casi nunca dejaba de hablar, aunque confusamente y entre dientes; pero su conversación era siempre de algunas cosas de Dios o por lo menos tendentes a Dios; y demostraba una maravillosa gratitud para con su divina bondad por morir dentro de la compañía, a la que protestaba que quería mantenerse siempre fiel. Finalmente entregó su hermosa alma a su Creador, en el momento en que se empezaba el Subvenite Sancti, a las palabras Occurrite Angeli, ya que se creía que había fallecido ya. Fue el último 27 de enero.
La caridad que había demostrado con los pobres galeotes enfermos había conquistado hasta tal punto el corazón de los marselleses que, aunque no se pensaba hacer grandes ceremonias para su entierro y se había invitado únicamente a los amigos de la casa, acudieron sin embargo en tan gran número que se temió que se hundiera el piso, de forma que hubo que bajar el cuerpo de la habitación donde había muerto, para ponerlo en la capilla del salón de abajo, para que todos tuvieran la satisfacción de verlo. Cuando lo veían, levantaban los ojos y las manos al cielo, diciendo: «¡Qué alma tan bella! ¡Qué bienaventurado!». Y aunque el salón era bastante grande y podían verlo más de cien personas a la vez, había muchos que se subían a las ventanas y otros se ponían sobre los escaños o trozos de madero que encontraban, para poder verlo. Pasó una cosa digna de atención entre otras varias, que un hombre de buena posición tomó un cojín y lo desgarró con los dientes para obtener la sangre que había caído encima. Otros raspaban la silla donde se había sentado, otros recogían la cera que caía de las velas; y si les hubiesen dejado hacer lo que querían, se hubieran llevado y hubieran destrozado todo lo que era de su uso, hasta romper las imágenes que allí había. En fin, todos procuraban tener algo suyo para guardarlo como reliquia. Al bajarlo de la habitación, todos se ponían de rodillas y se esforzaban en besarle los pies; y el rumor general de la ciudad era que había muerto un santo. Van a enterarse con mucha devoción del lugar donde lo han enterrado, para rezarle.
Estos son, padre, unos testimonios muy hermosos de su santidad; pero yo me fijo más en las virtudes que ha practicado, especialmente desde que entró en nuestra compañía. No recuerdo haber visto en él ningún vicio, ni he oído decir que lo tuviera. Por el contrario, mientras vivió en nuestro seminario de San Lázaro, nos dio siempre muy buenos ejemplos con su humildad, su bondad, su caridad su obediencia y su piedad. ¡Dios nos conceda la gracia de aprovecharnos de ellos! Tenía 35 años de edad, de una constitución muy fuerte, nada propenso a las enfermedades; esto nos invita a mantenernos dispuestos a comparecer delante de Dios, ya que no podemos fiarnos mucho de esta vida. Entretanto, trabajemos por hacer una gran cosecha de buenas obras que le podamos presentar aquel día. Tal es el fruto que me gustaría que sacáramos de esta muerte, indudablemente muy feliz para él, y también para nosotros, que experimentamos con mayor eficacia el efecto de sus oraciones. Y como no podemos saber con seguridad si él tiene necesidad de las nuestras (se trata de un secreto reservado únicamente a Dios), le ruego que procure que cada uno de nuestros sacerdotes ;(si todavía no lo han hecho) digan las tres misas prescritas en esta ocasión por el descanso de su alma, y que nuestros hermanos le apliquen una comunión y recen un rosario por esta misma intención. Aquí ya le hemos rendido todos este homenaje, aunque tengamos motivos para creer piadosamente que no tiene ninguna necesidad de ello, ya que la voz del pueblo (que es la voz de Dios) lo considera bienaventurado y ha muerto casi como un mártir, ya que expuso su vida y la perdió trabajando, por amor de Jesucristo, en la salvación corporal y espiritual de los pobres enfermos, con una enfermedad que produce ordinariamente la muerte y que él sabía muy bien que era contagiosa.
Si tuviera tiempo para señalar le detalladamente las mortificaciones y los demás actos heroicos de virtud que les he oído referir a los nuestros, en una conferencia que hemos tenido sobre este tema. Conocería usted el estado glorioso de su alma con mayor claridad todavía que con todo lo que acabo de decirle, ya que es seguro que la señal más cierta de una muerte santa es una vida santa, tal como ha sido la de este hombre apostólico, al menos desde los dos años que hemos tenido la dicha de tenerlo en nuestra compañía.
¡Ay, padre! ¡Cuántos motivos tenemos para amar nuestra vocación y hacernos dignos de ella, ya que en tan poco tiempo podemos en ella vivir y morir como santos! ¡Dios nos conceda esa gracia!
Soy, en el amor de nuestro Señor y de su santísima Madre, su muy humilde y obediente servidor.
VICENTE DEPAUL
Dirección: Al padre Chiroye superior de la Misión, en Luçon







